Oro puro entre la miseria y la droga

Un barrio de drogadictos y partidas ilegales, corrupción y violencia, chicas peligrosas y tipos duros, El hombre del brazo de oro propone todo eso y mucho más en un glorioso decorado teatral que subraya lo artificial de estas vidas oscuras que merecen ser iluminadas por el cine.

Oro puro entre la miseria y la droga

Frank Sinatra nos dejó a finales del siglo pasado y me da la sensación de que su nombre se va difuminando en la vorágine del siglo XXI. Es obvio que su momento ya pasó y que esta no es su época, pero cuando hablamos de un icono tan trascendental no hay momentos ni épocas, porque Sinatra es eterno. La mayoría recordarán su voz (“La Voz”) y sus canciones, pero aquí toca reivindicar su excelente filmografía con docenas de películas, que no eran solo comedias ligeras con música, y que incluyeron un Óscar (De aquí a la eternidad), varios Globos de Oro y, sobre todo, el reconocimiento de la crítica y de los aficionados como excelente actor.

En El hombre del brazo de oro (The Man With the Golden Arm, Otto Preminger, 1955) Sinatra hace una de sus mejores interpretaciones y, si no ganó el Óscar, fue porque ese año compartió nominación con Spencer Tracy, James Cagney, James Dean o Ernest Borgnine, que ganaría por Marty… (¡como para no ser nostálgico!). El caso es que a Sinatra le iba lo de romper esquemas y, cuando vio que le ofrecían el papel de Frankie Machine a Brando y este dudó, Sinatra se tiró a la piscina para interpretar, con crudeza y sordidez, a un heroinómano.

Pues sí, el ídolo de adolescentes da vida a un tipo que acaba de salir de la cárcel y cree haber dejado su adicción allí. Intenta rehacer su vida porque ha aprendido a tocar la batería y buscará trabajo en orquestas. Sin embargo, pronto conocemos su entorno y su barrio. El mafioso local se está burlando de un borrachín (Darren McGavin) a quien hace bailar por una moneda, como el espectador intuye que pasó en su momento con Frankie… y volverá a pasar. La esposa de Machine (una demasiado joven Eleanor Parker) está en silla de ruedas por un accidente en el que él iba borracho y ella se aprovecha de él obsesivamente. Abusos, culpa, miseria… y la droga.

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Machine no tardará en recaer y es precisamente el mafioso Louis quien proporciona los picos a los yonquis del barrio. La escena en la que Frankie vuelve a pincharse es terrible por lo siniestro, por la música jazz desquiciada de Elmer Bernstein y por la dirección de Preminger que termina con un primer plano de los ojos azules de Sinatra, que parecen tornarse grises. Como su vida.

No hace falta decir que la película tuvo problemas con la censura americana y no recibió el “sello” de la MPAA (la Asociación Americana), por lo que se estrenó casi de tapadillo. Su rotundo éxito hizo que se cambiara el Código censor y, al año siguiente, ya permitiera hablar de “drogas, aborto y prostitución” en las películas. Gracias, Preminger, por hacer al mundo un poco más adulto.

Sinatra brilla en la escena más memorable, pero también la más obvia. Cuando trata de desengancharse le vemos sufrir un mono brutal con tiritonas, golpes a la pared, gritos y desgarros, que le llevan casi al suicidio. Es imposible no sobreactuar en una escena así (a saber la que hubiera preparado Brando con su “Método”), pero es que la actuación de Sinatra brilla también en el resto de escenas. Con un tono siempre apagado y cansado, Machine deambula por los bares y por su casa, se resigna en las timbas en las que le obligan a jugar, pero le brillan los ojos y se ilusiona de verdad con su batería y con su amante… Kim Novak.

Y es que Molly ilumina cada plano y Novak es capaz de aportar esa belleza hipnotizante que no oculta cierta sensación de obscenidad voluptuosa, tal vez vinculada a su ¿trabajo? en una barra americana y a sus diálogos. Excusándose cuando ve a Frankie fuera de la cárcel (pocas veces les veremos sonreír), le explica qué hace con un tipo al lado: “Me sentía sola y necesitaba a alguien. Es un pobre hombre que también necesitaba a alguien…” “Todo el mundo necesita a alguien”.

Frankie y Molly sueñan con un futuro juntos, futuro imposible por el lastre de la droga (buf, cuando ella le acerca una cerilla a sus ojos y lee la recaída) y la culpa de la mujer lisiada, pero que merece la pena imaginar. Frankie se cambiará el nombre: “Jack Duvall. Suena bien, ¿eh?” y la mejor escena llega ante un escaparate que muestra una cocina con dos maniquíes y ambos “juegan” a imaginar lo que se dicen, lo que se dirían. “¿Qué habría para cenar?” “Filete”. Sueños mundanos y verosímiles. Los mejores, pero también los más tristes cuando no se pueden cumplir.

Y es que si El hombre del brazo de oro aparece en esta sección es porque el crimen y la muerte hacen acto de presencia. El último giro de la trama hace reaparecer a la policía, también rutinaria y cansada, por cierto, y los secretos salen a la luz. La novela original de Nelson Algren tenía un final mucho más cruel, el cine lo suavizó considerablemente.

Un barrio de drogadictos y partidas ilegales, corrupción y violencia, chicas peligrosas y tipos duros, El hombre del brazo de oro propone todo eso y mucho más en un glorioso decorado teatral que subraya lo artificial de estas vidas oscuras que merecen ser iluminadas por el cine. Y, encima, Frank Sinatra y Kim Novak. En efecto, oro puro, como el brazo de Frankie Machine dando cartas.

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