Operación Macedonia: ¿caso judicial o película en la cabeza de alguien?

Luis Artigue escritor

Marilyn Monroe, aquella mujer capaz de arrastrarte al inefable gozo de la flaqueza porque bien parecía que en su carnalidad y maneras se aunaban la lencería y la poesía, o la felación y el ave maría, en 1952, y durante el rodaje de la película Niebla en el alma, acentuando su lado de femme fatale de cine negro le dijo a un periodista gacetillero lo siguiente: “una ha de conservar sus lunares sin obsesionarse por el dermatólogo, pues pertenecemos a un mundo en el que un lunar todavía no es una patología sino un arma… A muchos les parecerá un criterio machista, pero las cosas hay que verlas en su ambiente natural”.

Igualmente al juzgar el trabajo de los policías (nos referimos especialmente a los policías expertos en comerciar con delincuentes chivatos), como al juzgar el trabajo de los periodistas de investigación policial-judicial, las cosas hay que verlas en su ambiente natural.

Hoy vamos a contarles la historia casi de cine negro sin Humphrey Bogart del mozo de escuadra José Ranea.

José Ranea, 44 años, greñas, chupa de cuero y botas de satán del rock and roll, no tiene apariencia de policía pero es un mozo de escuadra experto en bajar a las cloacas, en fidelizar confidentes y experto también en el doble juego de la infiltración en bandas latinas (llegó a estar de incógnito en una banda ecuatoriana en Guayaquil).

José Ranea ostenta pues por las mañanas pinta de santo de la ley y por las noches modos de malo con éxito, lo cual quiere decir que José Ranea es uno de esos policías capaces de pasar por agente secreto en los dos bandos porque, como Marilyn Monroe, tiene no poco de actor del método (es gracias a este tipo de policías “anfibios”, los que en nuestro nombre se deslizan con talento entre la luz legal y las sombras del lumpen, sí, estos policías que al moverse entre bambalinas son como la medicina preventiva del crimen, la sociedad es mejor).

Por otro lado, en una escena paralela, en segundo grado de ficción, en esta película hay un juez de instrucción investigando, con escuchas y demás, a un hombre rudo, rico y sospechoso aún sin pruebas como Al Capone, Manuel Gutiérrez Carbajo, confidente de la autoridad y, a la vez, narcotraficante (es muy del cine negro y de la condición humana esto de poner una vela a dios y otra al diablo).

Parece que, por fin, el juez va a lograr enchironar al Al capone del hampa barcelonés por algo más que un delito fiscal. Y es que ese es el anhelo del juez, su ilusión, su gran logro profesional ansiado con el que podría lograr por fin la condición de juez estrella. Pero, ¿de verdad hay pruebas contra este Al Capone solo con las escuchas?…

Y es que, como diría Villarejo, las escuchas las carga el diablo: nada hay más confuso que escuchar en secreto a los actores en plena actuación y creernos lo que dicen así, como olvidando que los actores son, por definición, gente a los que pagamos para que nos engañen.

De hecho nada hay más confuso que escuchar lo que cuenta cuando está infiltrado entre los malos el mozo de escuadra José Ranea (sobre todo si se extractan tales escuchas y no se atiende al contexto; un contexto en el que al parecer se oye a José Ranea pedir permiso a sus superiores para dar cada paso).

La película prosigue y, al final, sí: en pleno aquelarre obsesivo de imputaciones de otros mozos de escuadra acusados de obstrucción a la justicia, omisión del deber de perseguir delitos, ocultación de secretos y demás familia, al fin es encarcelado José Ranea de forma preventiva acusado de alternar con delincuentes en palacios de alterne (¿y no en conventos?), sin darse cuenta el juez de que se trata de un policía precisamente experto en camelar confidentes…

De la cárcel José Ranea sale pronto pero con la vida destrozada y con el dinero justo en el bolsillo para escoger a cara o cruz la sien para un disparo. Pero es acogido por sus compañeros y superiores, y ascendido.

Y, en el bar que, para José Ranea, sustituye a la consulta del loquero, no deja de preguntarle al camarero, tras cuatro copas en las que no cabe ni una sola lágrima, si lo suyo se trató de una subjetivísima percepción de un juez, o del síntoma de una frustración psiquiátricamente preocupante, o de la falta de empatía profesional de quien no sabe lo que significa ser el actor legal que trabaja con el mal a pie de obra no para revertirlo sino para que no se convierta en algo peor (pues eso viene a ser el trabajo del policía con confidentes a su vera e infiltraciones en bandas latinas a sus espaldas; un trabajo imprescindible para que la criminalidad no se extienda, y la ilegalidad no nos haga más daño social, pero un trabajo que hay que saber entender más allá de las apariencias, entender en su medio natural como decía Marilyn Monroe, mediante una mirada atenta a lo sutil)…

-¿Si un juez de instrucción se equivoca gravemente y te jode la vida qué le pasa a él? –le pregunta José Ranea al camarero.
-Nada de nada.
-Ahora es el momento de que los otros jueces vean esto y se decanten no por el corporativismo sino por la independencia –afirma con quejosa rotundidad Ranea.
Y el camarero replica:
-No, ahora es el momento de que me pagues la cuenta de los cuatro whiskys…

No hay moraleja.

Luis Artigue, escritor.

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Luis Artigue (León, 1974) es licenciado en filología hispánica, y amplió estudios en la Universidad de Toronto. Como escritor ha publicado cinco poemarios (entre ellos TRES DOS UNO... ¡JAZZ!, Premio Ojo Crítico, LOS LUGARES INTACTOS, Premio Arciprete de Hita y LA NOCHE DEL ECLIPSE TÚ, Premio Fray Luis de León), y cinco novelas (entre ellas CLUB LA SORBONA, Premio Miguel Delibes, y DONDE SIEMPRE ES MEDIANOCHE, Premio Celsius). Asimismo ha publicado más de mil artículos(El País, ABC, Leonoticias, La Crónica-El Mundo, Diario de León, Asturias Diario, Infobierzo, Latra Internacional), y, en febrero de 2020, verá la luz su nueva novela, un biopic pulp sobre el trompetista Miles Davis que llevará por título CAFÉ JAZZ EL DESTRIPADOR (https://twitter.com/cafejazzed)

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