Ofendidos y exigentes

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

Sucedió en una reunión de comunidad de vecinos de segunda residencia en la costa. Como de costumbre, uno de los vecinos se aprovechó de la buena fe de los demás y se extralimitó incumpliendo por enésima vez las normas aprobadas por la mayoría y expuestas para todos.

También como de costumbre, la Junta no transcurrió por un lecho de rosas y, sin llegar a ser grosera, sí es cierto que las palabras fueron secas. Tanto como que el presidente de la Comunidad dijo al transgresor: “No puedes hacer lo que has hecho, no tienes ese derecho. Lo sabías antes y cuando lo hiciste”. El vecino aprovechado compuso una cara de asco infinito y, actuando como un sacerdote fariseo, entonó una frase que me quedó grabada: “Tus palabras me han ofendido profundamente y exijo que las retires inmediatamente”.

Todavía sigo pensando exactamente cuáles debieron ser las palabras supuestamente ofensivas. Todavía me sigo enervando con esa clase de “exigencias”.

La perversión del lenguaje políticamente correcto está obligando a la sociedad a un terrible mecanismo interno de autocensura. Sin embargo, normalmente no es recíproco. Me refiero a los permanente y fácilmente ofendidos, de uno y otro lado. A los que exigen corrección, “inclusividad”, permisividad, tolerancia y comprensión hacia todas sus cuitas, miserias y minorías como pueda ser ese gran colectivo minoritario de la comunidad inuit y esquimales migrantes en el desierto de Tabernas.

Paradójicamente, esta clase de ofendidos profesionales tienen derecho –o creen tenerlo- a llamar nazi o facha a quien no opina como ellos; a quien no viste como ellos; a quien usa un lenguaje no inclusivo (según su criterio, claro); a quien exige a los ciclistas que usen el carril bici; a quien se queja de la inoperancia de políticos como Rufián o Colau (en el fondo no difieren tanto entre sí); a quien exige que se cumpla la ley para todos y no a ratos y para unos sí y otros no. Bien está evitar lenguaje ofensivo, pero hemos llegado a la paranoia.

Pongamos ejemplos. ¿Quién no recuerda la condena que hizo la mayoría de la burguesía bienpensante sobre la película “La vida de Brian”. El que fue a verla en su estreno cinematográfico en España era tildado de rojo impío y peligroso izquierdista. Yo debí de ser uno de ellos, porque fui al cine y me reí mucho.

¿La herejía que supuso “Ubú rey” dels Joglars al retratar a Pujol? Pero ahora sus deudos se mondan de risa por mucho menos con “Polonia” en TV3.

¿Se acuerdan del show que montó en televisión un tal Carod-Rovira porque el presentador le llamó José Luis en lugar de Josep Lluis? El señor Carod-Rovira tenía todo el derecho a exigir que se le llamara Josep Lluis, faltaría más. Pero según esa regla de tres, los presentadores de TV3 deberían decir London y no “Londra” o Milano en lugar de “Milà”, como suele suceder ya que catalanizan los nombres aunque nadie se lo haya permitido.

Es decir, el mismo error del presentador de TVE1 lo cometen en TV3, pero a la inversa. Quien lo ponga de manifiesto, será tildado de fascista, ogro carpetovetónico y enemigo de la república (¿?) catalana. Solución: callar.

Otro ejemplo. Un señor, de la mano de su hija de 8 años, caminan por la parte alta del Paseo Sant Joan de Barcelona. Hay carriles bicis protegidos tanto en la calzada de subida como en la de bajada. Las islas centrales del Paseo están dedicadas únicamente a transeúntes. En esto que avanzan en bici por la parte peatonal un padre, embutido cual morcilla de Burgos humana en un maillot que vivió mejores épocas y que se cree un escapado del Tourmalet, perseguido por dos zangolotinos que parecen presuntamente sus hijos.

Los tres despliegan un abanico remedando el de cualquier gran vuelta ciclista. Los peatones esquivan como pueden a los tres idiotas mientras se oye al “escapado” mascullando insultos contra los peatones convertidos en obstáculos. El padre de la niña iza en volandas a su hija para evitar el atropello e increpa al ciclista con un clásico “A ver si tienes más cuidado. ¡Atontado!” El de la bici se para en seco y a grandes voces le dice al peatón que no es tolerante, que no es ecologista, que no tiene respeto por la convivencia en Barcelona mientras lo amenaza con el puño debajo de la nariz.

El padre de la niña, que dobla en tamaño al ciclista, pone a su hija detrás suyo, aprieta los puños a su espalda, se prepara para recibir un golpe y se tensa para evitar propinarlo él. Los adolescentes tardíos de la bici se llevan a su presunto padre. ¿Cuál ha sido la solución? El padre peatón ha callado.

Otro ejemplo. Noche tórrida en la costa. No hay quien duerma. Sensación térmica de 30 grados y 76% de humedad. Todo el mundo con las ventanas abiertas, el volumen de todas las televisiones mezclado entre el vecindario y el humo del tabaco y el de la marihuana de una fumadora, van entrando en el domicilio de su vecino colindante. Éste, que padece de hipertensión crónica y antecedentes vasculares, no puede más: cierra todas las puertas y ventanas y pone en marcha el aire acondicionado.

Al día siguiente, la fumeta, muy airada, “exige” al vecino que apague el aire acondicionado porque el ruido del comprensor le molesta mientras fuma sus hierbas en la terraza y no puede escuchar la televisión desde tan magnifica y fresca ubicación.Es decir, la culpa de tener que subir el volumen al máximo es del aparato de aire acondicionado.

El enfermo, intenta explicarle lo que le sucede pero la mujer lo acusa de “agente contaminador acústico” no queriendo saber nada de las colillas que aparecen cada día debajo de su terraza, el humo de droga o del simple tabaco que todos tienen que respirar, etc… Para evitar elevar de tono la discusión, al del aire acondicionado no le queda más remedio que callar.

Otro ejemplo. Un lector me recriminó que citara a la Guardia Civil en mi primer artículo sobre venenos. Ni siquiera para intentar, jocosamente, establecer un paralelismo entre Catalina de Medici y lo que se cuenta como uno de los lemas no escritos de la Benemérita (“paso corto, vista larga, paciencia y mala leche”).

El razonamiento del lector airado fue que la Guardia Civil es un cuerpo muy señalado con el franquismo y que hizo mucho daño a Cataluña. Por toda respuesta le envié la foto de un Guardia Civil llevando en brazos el cuerpo de una niña en el atentado de Hipercor.

Aún insistió alegando que en la balanza de las actuaciones recientes de la Guardia Civil “la losa franquista era tan pesada que obligaba a suprimir ese Cuerpo de Seguridad del Estado y mandarlos a todos fuera de Cataluña, si pudiera ser con algún ajusticiado”. Tímidamente alegué que en 175 años de historia, algo bueno habría hecho y que como todas las policías del mundo, tienen episodios positivos y negativos; que hasta Companys tenía las manos teñidas de sangre. La réplica fue que solo los Mossos podían ser la policía catalana y el resto de policías “o bien fusilados o bien fuera de Cataluña”. Y no es el único que piensa así. ¿Lo adivinan? Efectivamente, me callé. Lo que la naturaleza no da, ni Salamanca ni la Universitat Pompeu Fabra lo prestan.

Se exige la retirada de cualquier anuncio en el que se cosifique el cuerpo femenino pero no se dice nada cuando sale un chulazo mulato (perdón, persona de atractivo color chocolate con leche) anunciando con el torso desnudo una colonia que tiene más caspa que años; y la colonia tiene todos los años del mundo. Para acabar de arreglarlo, el spot es absolutamente delirante con un colofón digno de los Hermanos Marx: la cámara abre plano, aparece el tío cachas montado sobre un caballo blanco y, tras una breve pausa escénica, termina su monólogo diciendo “Voy a caballo” o en otra versión “Monto a caballo del revés”

Todos estos comportamientos tienen un nexo en común: el proceder o lenguaje que no contemplen a las minorías más ínfimas como si fuera una mayoría abrumadora, es tachado de fascista, excluyente, etc… En muchas ocasiones, quien “exige” un lenguaje inclusivo, más allá de lo políticamente correcto, lo hace con una especie de superioridad moral, torciendo la cabeza, entrecerrando los ojos, con un rictus de desagrado asqueado y un chasqueo despreciativo en sus labios. Vamos, que te afea tu actitud o tus palabras porque es taaaaaan bueno que hasta “tolera” lo que no es políticamente correcto/está de moda. Uno de sus Santos, Patrón del Buenismo, es Josep Guardiola

Hemos llegado a tal punto de cursilería, no solo en el lenguaje sino en la actitud frente a la vida, que estamos en un auténtico retroceso cultural. Colau edita, con cargo a las arcas públicas, una “Guía de Comunicación Inclusiva”. Gracias a este bestseller imprescindible en cualquier biblioteca que se precie, cuando Vd. se rompa un tobillo ya no irá cojo. Se habrá convertido en una “persona-con-movilidad-reducida-temporalmente-por-la-parte-inferior-de-una-de-las-dos-extremidades”.

Dicha expresión, quedará nuevamente superada porque aquellas personas que no gocen de ambas extremidades de forma permanente se verán ofendidas por la comparación y exigirán una nueva expresión que recoja sus derechos. Se podrá usar algo así como “persona-de-movilidad-reducida-temporalmente-por-la-parte-inferior-de-una-de-las-dos-extremidades-y-que-respeta-en-lo-más-profundo-de-su-ser-a-aquellos-que-no-están-en-igualdad-de oportunidades”

Lo que no gusta se elimina porque ofende. Se exige su eliminación. Así, actualmente serían inimaginables canciones de Loquilllo, Gabinete Caligari, Rolling Stones, James Brown; programas televisivos como “La bola de cristal” (aunque en esta última se ejerció censura), “La edad de oro”; pinturas como “Saturno devorando a sus hijos” o “La maja desnuda” de Goya, “Retrato de un sordo” de Reynolds, los grabados de Toulouse Lautrec sobre “Le Moulin Rouge”; películas como “Pink Flamingos” de John Waters con Divine o “Priscilla, reina del desierto”.

Los ofendidos impostados atacarían esas osadías y los humoristas de turno harían (¿hacen?) sangre a propósito de esa parte de transgresión que no pertenece al ”main stream”. Sin embargo y a pesar del principio universal de economía del lenguaje, los cursis perseveran y muchos nos obligamos a callar.

Sin que signifique emplear expresiones hirientes o despreciativas ¿de verdad es el silencio la mejor respuesta? ¿Tendremos que vivir realmente ese viejo chiste de abogados?

Pregunta el fiscal:
– ¿Es cierto que usted, el día de los hechos, se cagó en todos los muertos del denunciante, en toda su familia, en la perra de su madre y en el hijo de puta de su padre, al igual que en toda la corte celestial?
Respuesta del acusado:
– No, es falso… Yo estaba tranquilamente trabajando en la fundición y entonces le dije: «Antonio por Dios, ¿no te das cuenta de que me has echado todo el acero fundido por la espalda y que es una sensación muy desagradable?»

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