NOSTALGIA

Los grandes éxitos de Boney M y Camilo Sesto, sin olvidar a Pimpinela, que entonces denostaba y ahora canto como si me fuera la vida en ello en cuanto suenan en cualquier lado.

Ricardo Gómez de Olarte

De acuerdo con el diccionario de la RAE, esa obra que todo el mundo cita, pocos consultan y nadie lee, el vocablo “nostalgia” tiene dos acepciones. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos. Y también puede significar “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Es curioso cómo, con el correr de los años, algunos asociamos situaciones, olores, luces, canciones a personas que ya no están con nosotros.

Ese olor especial a limpio y acogedor de casa de mis abuelos en Madrid y los nervios que pasaba cada noche de viernes esperando a ver a mi padre… El abrazo que le daba al verlo corriendo como un poseso en cuanto lo oía entrar…

Luces intensas de agosto, jugando a carreras de ciclistas con canicas en la arena fina de un circuito hecho con pala y cubo mientras mi padre se tostaba como un lagarto durante horas y mi hermana y yo esperábamos que se hartase y se bañase con nosotros para jugar a la galerna del Cantábrico en una barquita hinchable…

El sol, ya bajo, filtrado entre algunas nubes del atardecer de ese mismo agosto resaltando las pecas de mi madre en la terraza de La Jijonenca…

El olor de mi propia casa al llegar del colegio, con el frío húmedo de aquellos inviernos barceloneses y darle un beso a mi madre, notando la suavidad y el olor de su piel. Yo dejaba los libros en mi cuarto y antes de empezar con los deberes, mi madre hacía té en una tetera de barro marrón para darme un poco acompañado de galletas…

Aquella habitación de hotel en Logroño pagada solo para dormir la siesta mientras no salía mi tren hacia Barcelona. Apenas pude cerrar los ojos porque me pasó lo mismo que cuando era más pequeño: intenté acompasar mi respiración a la de mi padre sin conseguirlo, pero me pude acurrucar a él como un cachorro a su madre.

El abrazo rompecuellos de mi hija cuando tenía 3 años y de repente se daba cuenta de que necesitaba sentirme muy cerca aunque nos hubiéramos pasado la mañana juntos…

Algunos sitios o poblaciones donde ya nunca más quiero volver y evito como sea con tal de no recordar y no volverme a autocastigar…

No añoro las noches locas y aquellas juergas interminables. Fueron épocas divertidas e irresponsables. Lo que me ahoga el corazón y el alma es el ansia por recuperar esas sensaciones con gente que o ya no está o con la que no puedo repetirlas.

Las canciones de Los Secretos o de Antonio Vega, algunas de cuyas letras se me hacen más cercanas, e incluso dolorosas, porque parecen escritas para definir a dos personas a las que sigo echando de menos cada día y cuya ausencia, en ocasiones, duele como una puñalada sin que pueda evitar el llanto.

Muchas de estas nostalgias las procuro pasar a solas -supongo que como todos- bien por la necesidad de ocultar mi tristeza, bien porque no es lo que habitualmente se espera de mí, bien porque no me pasa por el entrepuente. En fin, dejemos la lágrima, que es lo fácil (pero lo que nadie quiere saber de mí) y pasemos a la sonrisa, que es lo esperable. “The show must go on”; el payaso debe hacer reír y todo lo demás…

Los grandes éxitos de Boney M y Camilo Sesto, que entonces denostaba y ahora canto como si me fuera la vida en ello en cuanto suenan en cualquier lado. Sin olvidar a Pimpinela, ese dúo de hermanos del que siempre me he burlado pero con el que me sorprendí a mí mismo en una anécdota simpática.

El caso es que hace ya años acudimos con mi mujer a un restaurante espectáculo protagonizado por transexuales y drag queens. Quien presentaba los diferentes números, y lo hacía con mucha gracia, era una persona rotundamente oronda, divertida y muy pícara. Desfilaba entre las mesas provocando a unos y a otros.

Cuando el show tocaba a su fin apareció la esponjosa maestra de ceremonias demorándose más de la cuenta en su ramoneo. En esto que se apagaron las luces y se encendió un potente foco de cañón que centró la atención sobre la “showman/woman”.

Me había percatado de que éramos la única mesa a la que no se había acercado y mi mujer, bastante tímida de por sí, me iba exigiendo que le dijera si se aproximaba a nosotros o no y si lo hacía, lo era con aviesas intenciones. El que suscribe, por aquel entonces ya curtido en el arte de “negar hasta la evidencia” (fueron muchos años defendiendo choros) hice lo que cualquier persona sensata hubiera hecho en mi lugar: mentir como un bellaco contestando con un “¡¡Noooooooooooooooooo. Tú tranquila!!”

Finalmente la conductora del show se acercó a nuestra mesa y con un atentísimo pero no exento de cierto mohín dirigido a mi esposa le dijo: “Guapa, ¿me permites, verdad?” para sentarse sobre mi regazo muy abrazada a mí. Entonó el “Olvídame y pega la vuelta” haciendo el papel de ella y ofreciéndome compartir el micro para que yo cantara el papel de él.

Cuál no sería mi propio estupor cuando me sorprendí a mí mismo cantando, mal, pero con mucho sentimiento, aquello de “En busca de emociones un día marché/De un mundo de sensaciones que no encontré/Y al descubrir que era todo una gran fantasía volví/Porque entendí que quería las cosas que viven en ti…”. Al terminar, con ovación cerrada y beso de la presentadora, la cara de mi esposa era todo un poema. Ignoraba de mi (y yo también) que tuviera tal dominio de esa canción ni tamaño desparpajo con una drag sentada en mi regazo y ambos bajo el foco de cañón cantando a pleno pulmón el temazo de Pimpinela.

“(…)Te he echado de menos hoy, exactamente igual que ayer,
Confío en que siempre estaré, contigo aunque no estés.
Solo el tiempo que soñamos, recordó el amanecer (…)”
Álvaro Urquijo

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