¿Nos morimos o no?

Hablar de calma, no alarmismo y control, mientras te pasan imágenes, por ejemplo, del hotel de Tenerife cerrado a cal y canto, con la Policía Nacional custodiando la puerta, es contradictorio.

nuria gonzalez

A principios de esta semana, un informador, con más ganas de notoriedad que profesionalidad, publicó en medios comarcales una noticia sobre la posible existencia de dos casos de coronavirus en un lugar muy determinado de Catalunya, sin contraste alguno de la información y sin citar fuente fiable que existiera. 

Sin embargo, esa medio noticia fue suficiente para que, como no, cundieran el pánico y la alarma en la que últimamente vivimos y que, de tan surrealista, afortunadamente ya la estamos convirtiendo en más llevadera a base de memes, chistes y demás chascarrillos, propios de nuestro carácter latino que, una vez más, se demuestra que es lo mejor que tenemos. 

El caso es que, a día de hoy, esa supuesta información no se ha ratificado, pues ninguno de los casos confirmados hasta ahora en Catalunya tiene que ver nada con los que apuntaba este supuesto «bombazo informativo». Sin embargo, dicha publicación bastó para que la gente acudiera a las farmacias a hacer acopio de cualquier cosa que los pudiera salvar del fin de los tiempos en forma de virus que parece que se avecina. 

Yo misma fui al súper y compré el triple de todo lo que iba a comprar, como si un paquete más de sal o una botella más de aceite me fueran a salvar de la extinción de la especie. Y no fui yo sola, porque faltaban cosas tan básicas como galletas o leche. Mi carnicero confirmó mis sospechas y me contó que, por la mañana, la turba había arrasado con todo. 

Cuando llegué a casa y, una hora después, acabé de hacer el Tetris que tuve que completar para colocar todos los productos no pereceros en el mismo miniarmario de mi minicocina, puse la tele y ahí estaba él, protagonista indiscutible de nuestra existencia, ahora rebautizado como Covid-19. Y también estaba su inseparable compañera: la contradicción. 

Porque convendrán ustedes conmigo, que hablar de calma, no alarmismo y control, mientras te pasan imágenes, por ejemplo, del hotel de Tenerife cerrado a cal y canto, con la Policía Nacional custodiando la puerta, es contradictorio. 

O que hablar de bajísimas tasas de mortalidad y de la superpotencia de nuestro sistema sanitario, pero detectar un caso y aislar hasta al taxista que llevó a los infectados al hospital, es contradictorio. 

Así que yo, ahora, me debato en mi contradicción personal, que consiste en no saber si estamos ante la mayor fake new de la historia y todo esto del coronavirus es un camelo para acabar militarizando países, cerrando fronteras y matando libertades, o por el contrario, es una pandemia mundial como dice la OMS, y vamos a morir todos

Porque si estamos en la segunda hipótesis, exijo que me lo digan claro y pronto, ya que, como cualquier enfermo terminal, tengo derecho a saberlo y elegir así como pasar mis últimos días en la Tierra, que en ningún caso sería peleándome en el súper con la masa embravecida por el último paquete de arroz. 

Quiero ejercer mi derecho a que el fin del mundo me pille en una playa virgen del Caribe mexicano, a dejar de pagar la hipoteca en cuanto nos confirmen nuestra muerte inminente, y a dedicarme a los placeres de la carne mientras espero que Don Covid-19 haga su trabajo. Así que, aclárense, ¿nos morimos o no?, que tengo planes.

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