Nos miran con odio porque están enfermos

La mirada de odio es la máxima expresión de la maldad. El día 5, tuve la oportunidad de hablar con Dayana y Laura, dos de las redactoras de La SextaTV que cubrieron los disturbios y protestas que se produjeron el día anterior en los aledaños del Palau de Congressos, con motivo de la presencia del rey Felipe VI en Barcelona. Las felicité por el trabajo realizado. Por lo duro que es explicar lo que pasa en medio de una tensísima situación de desordenes públicos cuando, además y al mismo tiempo, centenares de energúmenos y energúmenas, cobardes de cara tapada y amparados en la impunidad para avasallar que proporciona el arrope de la manada, te están desgarrando la ropa o el pelo, ensordeciéndote y diciéndote con miradas esquizoides que te odian sólo por el hecho de que necesitan urgentemente desahogar su frustración. Las zarandearon, escupieron, aturdieron. Las insultaron. No las dejaron trabajar, esto es, no las dejaron explicar lo que veían, que no era otra cosa que aquello que tenían enfrente de sus ojos y, por lo tanto, de lo que podían dar fe. ¿Será, creo yo, que para algunos dar fe de la realidad que se ve y se sufre, resulta un problema? Para algunos —por lo que se ve, no pocos—, la realidad no existe como tal, sino sólo como excusa para ser moldeada. Dayana me dijo: «Las miradas, Carlos, las miradas. Eran miradas de odio. Nunca había visto nada así. Y, ¿por qué yo? —me preguntaba la periodista—, ¿Por qué yo, si sólo estaba trabajando?”. Laura se limitó a decirme en voz baja: «No me encuentro bien. He perdido peso. Me cuesta dormir. Esto en muy duro. Vamos al trabajo a sufrir, Carlos». Las sisas de la camisa que sustenta el país se descosen cuando los periodistas no pueden ejercer su oficio. Y ése, aun siendo terrible, es el mal menor. Lo peor se produce cuando esos cobardes, además de todo ello, se dedican a fabricar dianas imaginarias y sitúan al objeto de su odio en medido del punto de mira. Sardá, Navarro, Fábregas y otros compañeros y compañeras aparecen en pasquines bajo del lema de «terroristas». ¡Qué pena! ¡Qué injusto y qué tristemente previsible! ¿Terroristas? ¿Prensa española manipuladora? Toda la prensa es manipuladora igual que todas las policías zurran y con igual mala leche cuando ello se impone. ¡Qué triste todo, joder! ¡JODER! Esta borregada barbitúrica que, a la desesperada, actúa con la intransigencia con la que lo hacen los talibanes, es heterogénea. Por un lado, están los independentistas pacíficos; muchos. Por otro, los de nuevo cuño; los abducidos; los que necesitan una manada para soportar el frío; los peores en términos de beligerancia y del cultivo del odio gratuito, porque necesitan constantemente reafirmarse. El ‹procès› ha actuado sobre ellos, como la pornografía actúa sobre del pajillero. Y, por último, están los que lanzan piedras arrancadas de la vía pública sobre una policía «que tortura y asesina», aunque no tengan puta idea de lo que es eso. Son jóvenes —no pocos, arquetípicamente pijos—, encapuchados en ese look guay que homogeneiza a la manada, y que se hacen selfies. Este colectivo hormonalmente potente, lejos de cargarse el sistema pudriéndolo desde dentro —como hicieran algunos fiscales como Mena o Villarejo, en los tiempos duros, verdaderamente duros, del franquismo—, se dedican a revolotear y a repetir mantras cuyo contenido les ha sido prestado. «Al sistema moribundo o por matar, se le ha de dinamitar desde dentro», me dijo un día el que fuera fiscal jefe de la Fiscalia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, José María Mena, una de la personas más cínicas e inteligentes que jamás he conocido. Muchos de ellos, por la mañana, en la Cerdanya, desayunan con ‹Nesquik› y, por la tarde, de mani. Sus padres, comprensivos y abnegados a base de pagar másteres inútiles, se manifiestan al día siguiente por las calles para defender a sus vástagos de la policía «que tortura y asesina» cuando, lo que hacen realmente, es defenderse a sí mismos de su propio fracaso generacional. La revolución nunca puede ser divertida. Y si lo es, no es revolución, es postureo. Vaya este artículo por mis compañeros de la Sexta y por la Navarro, el Sardà, la Fàbregas y el resto de señalados. Yo también me autoinculpo, compañeros. Y me solidarizo con vuestra causa, la del periodismo plural y libre, aunque me desagradan algunos de los medios donde trabajáis y especialmente sus consejos de administración, motivo por el que, en consecuencia, prácticamente no os lea. Vaya pues este artículo por mis compañeros de la prensa, de toda la prensa, la que manipula y la otra, la que también manipula. Mucho me temo que la borregada me va a volver a fundir el Twitter, a la vez que se va a acordar de mis ancestros tras la lectura del presente. Yo también me acuerdo de ellos. De mis ancestros. ¿Saben? Lo más grave es que el ‹facherío rancio-español›, el de la gomina, el que manda, el tradicionalista y de la JONS, el de los toros, el de los cónclaves en los palcos de los grandes estadios, el de la escolanía de Montserrat, el de ‹per Nadal cada ovella al seu corral›, el que reparte la banderita contra el cáncer una vez al año y, así, purga tanto puterío y tanta corrupción, miope ante lo que sucede en este país, aborregado como algunos ‹estelados› y con la misma capacidad de odio en la mirada que ellos, se felicitará por este articulo. ¡Qué dilema!, me dije antes de empezar escribirlo. Y miren, busqué la mirada cenital y me ha salido esto, desde lo mas profundo de las tripas, ese lugar donde no caben el protocolo ni la sensatez. Desde lo más íntimo, pues, brotan estas líneas, irritado y presionado por mi propia consciencia al ver a mis amigos en pasquines y a los que no tienen ni puta idea de lo que es Catalunya ni su gente, apropiándose de su pesar, enarbolando una enseña española que, a estas alturas, solo sirve para tapar sus vergüenzas y sus ganas de involución. En fin, mañana seguiré haciendo noticias acerca de lo que veo. Pero, por favor, sean libres y demócratas, y no me lean. Mejor eso, que no una mirada de odio.

La mirada de odio es la máxima expresión de la maldad. 

El día 5, tuve la oportunidad de hablar con Dayana y Laura, dos de las redactoras de La Sexta que cubrieron los disturbios y protestas que se produjeron el día anterior en los aledaños del Palau de Congressos, con motivo de la presencia del rey Felipe VI en Barcelona.

Las felicité por el trabajo realizado. Por lo duro que es explicar lo que pasa en medio de una tensísima situación de desordenes públicos cuando, además y al mismo tiempo, centenares de energúmenos y energúmenas, cobardes de cara tapada y amparados en la impunidad para avasallar que proporciona el arrope de la manada, te están desgarrando la ropa o el pelo, ensordeciéndote y diciéndote con miradas esquizoides que te odian sólo por el hecho de que necesitan urgentemente desahogar su frustración.

Al menos a Dayana la zarandearon, escupieron y aturdieron. La insultaron. No la dejaron trabajar, esto es, no la dejaron explicar lo que veía, que no era otra cosa que aquello que tenía enfrente de sus ojos y, por lo tanto, de lo que podía dar fe. ¿Será, creo yo, que para algunos dar fe de la realidad que se ve y se sufre, resulta un problema?

Para algunos —por lo que se ve, no pocos—, la realidad no existe como tal, sino sólo como excusa para ser moldeada. 

Dayana me dijo: «Las miradas, Carlos, las miradas. Eran miradas de odio. Nunca había visto nada así. Y, ¿por qué yo? —me preguntaba la periodista—,  ¿Por qué yo, si sólo estaba trabajando?”. 

Laura se limitó a decirme en voz baja: «No me encuentro bien. He perdido peso. Me cuesta dormir. Esto en muy duro. Vamos al trabajo a sufrir, Carlos».

Las sisas de la camisa que sustenta el país se descosen cuando los periodistas no pueden ejercer su oficio. Y ése, aun siendo terrible, es el mal menor. Lo peor se produce cuando esos cobardes, además de todo ello, se dedican a fabricar dianas imaginarias y sitúan al objeto de su odio en medido del punto de mira. 

Sardá, Navarro, Fábregas y otros compañeros y compañeras aparecen en pasquines bajo del lema de «terroristas». ¡Qué pena! ¡Qué injusto y qué tristemente previsible! ¿Terroristas? ¿Prensa española manipuladora?

Toda la prensa es manipuladora igual que todas las policías zurran y con igual mala leche cuando ello se impone. 

¡Qué triste todo, joder! ¡JODER!

Esta borregada barbitúrica que, a la desesperada, actúa con la intransigencia con la que lo hacen los talibanes, es heterogénea. Por un lado, están los independentistas pacíficos; muchos. Por otro, los de nuevo cuño; los abducidos; los que necesitan una manada para soportar el frío; los peores en términos de beligerancia y del cultivo del odio gratuito, porque necesitan constantemente reafirmarse. El ‹procès› ha actuado sobre ellos, como la pornografía actúa sobre del pajillero. 

Y, por último, están los que lanzan piedras arrancadas de la vía pública sobre una policía «que tortura y asesina», aunque no tengan puta idea de lo que es eso. 

Son jóvenes —no pocos, arquetípicamente pijos—, encapuchados en ese look guay que homogeneiza a la manada, y que se hacen selfies. Este colectivo hormonalmente potente, lejos de cargarse el sistema pudriéndolo desde dentro —como hicieran algunos fiscales como Mena o Villarejo, en los tiempos duros, verdaderamente duros, del franquismo—, se dedican a revolotear y a repetir mantras cuyo contenido les ha sido prestado.

«Al sistema moribundo o por matar, se le ha de dinamitar desde dentro», me dijo un día el que fuera fiscal jefe de Catalunya, José María Mena, una de la personas más cínicas e inteligentes que jamás he conocido.

Muchos de ellos, por la mañana, en la Cerdanya, desayunan con ‹Nesquik› y, por la tarde, de mani. Sus padres, comprensivos y abnegados a base de pagar másteres inútiles, se manifiestan al día siguiente por las calles para defender a sus vástagos de la policía «que tortura y asesina» cuando, lo que hacen realmente, es defenderse a sí mismos de su propio fracaso generacional.  

La revolución nunca puede ser divertida. Y si lo es, no es revolución, es postureo.

Vaya este artículo por mis compañeros de la Sexta y por la Navarro, el Sardà, la Fàbregas y el resto de señalados. Yo también me autoinculpo, compañeros. Y me solidarizo con vuestra causa, la del periodismo plural y libre, aunque me desagradan algunos de los medios donde trabajáis y especialmente sus consejos de administración, motivo por el que, en consecuencia, prácticamente no os lea.  

Vaya, pues, este artículo, por mis compañeros de la prensa, de toda la prensa, la que manipula y la otra, la que también manipula.

Mucho me temo que la borregada me va a volver a fundir el Twitter, a la vez que se va a acordar de mis ancestros tras la lectura del presente. Yo también me acuerdo de ellos (de mis ancestros). 

¿Saben? Lo más grave es que el ‹facherío rancio-español›, el de la gomina, el que manda, el tradicionalista y de la JONS, el de los toros, el de los cónclaves en los palcos de los grandes estadios, el de la escolanía de Montserrat, el de ‹per Nadal cada ovella al seu corral›, el que reparte la banderita contra el cáncer una vez al año y, así, purga tanto puterío y tanta corrupción, miope ante lo que sucede en este país, aborregado como algunos ‹estelados› y con la misma capacidad de odio en la mirada que ellos, se felicitará por este articulo.

¡Qué dilema!, me dije antes de empezar escribirlo. Y miren, busqué la mirada cenital y me ha salido esto, desde lo mas profundo de las tripas, ese lugar donde no caben el protocolo ni la sensatez. Desde lo más íntimo, pues, brotan estas líneas, irritado y presionado por mi propia consciencia al ver a mis amigos en pasquines y a los que no tienen ni puta idea de lo que es Catalunya ni su gente, apropiándose de su pesar, enarbolando una enseña española que, a estas alturas, solo sirve para tapar sus vergüenzas y sus ganas de involución.  

En fin, mañana seguiré haciendo noticias acerca de lo que veo. Pero, por favor, sean libres y demócratas, y no me lean. Mejor eso, que no una mirada de odio.

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