Noches de pena negra

El pasado miércoles 23, a las 20.30h, daba inicio un “encuentro” en la calle Robadors del Raval de Barcelona, al reclamo de “Musiqueta y Pitxos”, las organizaciones convocantes, “Sindicat D’Habitatges del Raval” y “Prostitutas Indignadas”, las medidas de seguridad "ninguna"

Nuria Gonzalez

Hace como mil años escuché, en una exitosísima serie televisiva noventera lo siguiente: “el día sólo es el ensayo general, las cosas importantes pasan de noche”. En mi preadolescencia, aquella frase me fascinó y me la creí. Desde entonces soy una noctámbula orgullosa a la que, en las penosas circunstancias actuales, vive como si me hubieran pisoteado el alma. Antes, caía la noche y empezaban las cosas buenas y divertidas de la vida. Ahora, tras la amputación salvaje de la alegría que hemos sufrido, como supuesta eficaz vacuna anti Covid, cae la noche y con ella cae el ánimo y aparece la más negra de las penas.

Simplemente, el día ya no tiene su principal motivación: la noche.

Y entiéndase noche en el sentido más amplio, no sólo desde que oscurece o pones un pie en la calle, sino desde que empiezas a organizar el plan, a decidir dónde vas, qué te vas poner, y el clímax de todo ese proceso que es el momento exacto en que, un segundo antes de salir de casa, te miras al espejo, te das la aprobación con nota, y sales a triunfar. Todo un ritual de amor propio que ahora mismo se antoja muy pero que muy lejano de repetir.

La gente a la que nos gusta salir de noche y apurar hasta el amanecer, con gente, con música, con bebidas que elevan el espíritu y exaltan la amistad, y otras muchas cosas, a lugares preparados para la felicidad momentánea pero tangible de “el aquí y el ahora”, hemos gozado siempre de bastante mala fama. Especialmente las mujeres, a las que no tardan ni un segundo en colgarnos el cartel de puta, si a determinadas horas aún osamos estar en la calle. Al fin y al cabo, salir es diversión, diversión es placer, y el placer siempre ha sido algo vetado para las mujeres.

Ya en mi adolescencia, recuerdo una arraigada costumbre que tenían los chicos en mi pueblo de veraneo, que era el de “acostar” a las novias pronto, y luego seguir de fiesta ellos solos con las otras chicas que sí salían hasta más tarde. Esas con las que jamás se iban a casar pero que eran perfectas, según ellos, para un “aquí te pillo, aquí te mato”. Eso no ha cambiado, sólo que ahora la mayoría hace bote común para acabar la noche abusando de una mujer prostituida. Para evitar el riesgo de salir, gasta y no ligar. Cierro paréntesis sociocultural.

El caso es, que las personas usuarias del ocio nocturno, son la antítesis al tipo de gente que se puede encontrar en un “botellón”. Los y las que amamos salir de noche somos, ante todo, hedonistas empedernidos, y por eso, no salimos para sufrir, bebiendo matarratas de pie, pasando frío e incomodidades en cualquier plaza pública que acaba, inevitablemente, oliendo a meados y a vómito y jorobando al vecindario.

Fiesta en la calle en el Raval de Barcelona este pasado miércoles

Los usuarios del ocio nocturno son clientes de los locales especialmente creados para ello, con sus porteros, sus guardarropas, sus medidas de seguridad y su gran ambiente. Negocios que pagan impuestos, generan miles de empleo y que te proporcionan un rato de felicidad siempre. Sin embargo, son esos clientes y esos negocios los arrasados por esta “falsa normalidad”.

Más de 300.000 familias en España de empleos directos suprimidos de un plumazo. Y todo un modelo de relaciones sociales en jaque. Y no me refiero a las borracheras, me refiero a las conversaciones, a los bailes, a las fiestas, a las risas; a lo que vienen siendo las relaciones humanas, en nuestra histórica civilización latina y mediterránea, donde la calle es el elemento central, y que está en serio peligro de extinción.

Sin embargo, tras el cierre absoluto y ruina de todo el sector desde hace ya casi un mes y medio, y con la segunda ola de la pandemia creciendo a ritmo de tsunami, lo que si sigue habiendo es permisividad total con ciertos elementos en ciertos lugares.

Por ejemplo, el pasado miércoles 23 de septiembre, a las 20.30h, daba inicio un “encuentro” en la calle Robadors del Raval de Barcelona, al reclamo de “Musiqueta y Pitxos”. Las organizaciones convocantes, “Sindicat D’Habitatges del Raval” y “Prostitutas Indignadas”, que nada tiene que ver con las entidades vecinales de la zona, organizaron este cotarro, que ni que decir tiene que no guardaba absolutamente ninguna medida de seguridad y que congregó a cientos de individuos, el mismo día que en Catalunya se prohibían los encuentros de más de seis personas.

Cartel de la convocatoria «musiqueta i pintxos» en el Raval de Barcelona

Allí estuvieron en su juerga durante horas, hasta que las vecinas y vecinos de la calle, estupefactos y muy cabreados, empezaron subir los videos de la fiesta a las redes sociales etiquetando a los concejales de Ayuntamiento de Barcelona y, entonces sí, llegaron los mossos a desalojar el botellón callejero que habían dispuesto los auténticos amos del barrio, con el beneplácito y permisividad de la autoridad local. Las cosas importantes pasan de noche, como por ejemplo, que te enteras de quien manda aquí.

En esta nueva brutalidad las cosas son así. Cada vez más parecidas a una pesadilla interminable. Una de las cosas malas que, normalmente, sí pasan de noche.

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