No me llames «cariño»

No me llames

Leer a Manuel Marlasca (Madrid, 1967) ha supuesto un desafío personal. ‘Cazaré al monstruo por ti’ es el relato más duro y penoso que he tenido entre mis manos. Y el que más me ha trastocado por dentro. Tres veces tuve que cerrar el libro y apartarlo intentando, con amargura, adoptar una visión lo más objetiva posible de lo que en él se narra. Pero ni siquiera los psicólogos somos inmunes al dolor y a la tristeza que emana de sus páginas.

Fue gracias al respeto y admiración con que el periodista de investigación habla de los cuerpos de seguridad y, especialmente, a la sensibilidad y delicadeza que caracteriza al relato de las vivencias de esas niñas y su horror, que esta crítica es algo más que unos cuantos folios en blanco.

Aun así, su lectura ha merecido la pena, porque esta historia es el testimonio de una lucha constante de trabajo en equipo y a destajo, de coordinación, de horas de sueño perdidas, de lágrimas e impotencia, de justicia y de confianza férrea en aquellos hombres y mujeres del Grupo Candy, de la Brigada de la Policía Judicial de Madrid, que se dejaron la piel persiguiendo a un fantasma por sus calles.

es el relato más duro y penoso que he tenido entre mis manos. Y el que más me ha trastocado por dentro

Un lobo con piel de cordero

Manuel Marlasca despliega toda una investigación sobre la búsqueda del pederasta que tuvo a la capital española en un estado de histeria permanente en 2014, tras el secuestro, abuso y agresión sexual a cuatro pequeñas de entre cinco y once años. La creación del Grupo Candy, el cuerpo policial encargado de dar caza al monstruo que acechaba Ciudad Lineal y otros barrios de Madrid, supuso un antes y un después en las vidas de todos los que trasformaron el dolor de esas menores en su acicate.

La capacidad de invisibilidad del pederasta, su amabilidad y acercamiento a ellas, sin intimidación ni violencia, pasando desapercibido ante las narices de todos, era la roca con la que topaban los policías cada vez que intentaban averiguar algo entre las miles de marcas de coches, conexiones telefónicas o edificios semejantes a los descritos por las niñas.

Mientras los medios de comunicación lo convertían en carnaza y los políticos presionaban y lo usaban de escudo en sus trifulcas partidistas, las horas pasaban en aquel cubículo de 25 m² donde el Grupo Candy tenía su sede, intentando construir una imagen del puzzle que, una vez solucionado, pusiera cara al agresor.

La vida en fotogramas de recuerdos

El dolor, la rabia y la frustración de esos policías ha conseguido penetrar más allá de la coraza con la que uno ha de protegerse. La forma que tuvieron de empatizar, para desmenuzar y bucear entre las posibles migajas de los recuerdos vividos por aquellas pequeñas, fue el bote salvavidas al que agarrarse en el momento de más desesperación.

Los viejos policías dicen que los malos necesitan tener muchos días de suerte, pero que a ellos, a los buenos, les basta uno

Niñas que cuando cuentan su historia ves sus ojos anegándose de lágrimas, mientras los padres, con los puños cerrados, hacen un esfuerzo titánico para deshacer el nudo que se les ha formado en la garganta. A los padres, y a una servidora.

Leer cómo una de esas pequeñas, Xia, no quería soltarse del cuello de Adriana, la chica que la vio vagando sola en la calle, pensando que si lo hacía tendría que enfrentarse otra vez a aquella pesadilla, supuso un torrente emocional difícil de explicar con palabras.

Ese es el pan de cada día de grupos de trabajo dedicados a perseguir y dar caza a lobos disfrazados de corderos sin degollar, capaces de tocar, abusar y/o agredir a personas tan vulnerables como son los niños.

“Los viejos policías dicen que los malos necesitan tener muchos días de suerte, pero que a ellos, a los buenos, les basta uno”. Y ese día llegó y el esfuerzo de todos los buenos dio el resultado que tanto tiempo llevaban buscando.

La última pieza del puzzle

El último momento, el más decisivo para cualquier víctima, es la identificación del culpable mediante ruedas de reconocimiento. Para las niñas, fue la última vez que tuvieron que verle la cara al que tanto daño les causó. Para la policía, era la pieza que completaba el rompecabezas y que cerraba la mayor caza del hombre desplegada nunca en Madrid.

cualquier pervertido o degenerado es capaz de romper ese instante de felicidad y dejar marcada de por vida a una de ellas y a su familia

Pese a todo, que el caso fuera cerrado y el monstruo derribado, no evitó que su rostro se colara por las noches entre las sábanas de las pequeñas, reabriendo aquellas heridas que sus padres y los psicólogos intentaban que sanasen cuanto antes. Trastorno ansioso-depresivo, estado de tristeza y nerviosismo, miedos, pesadillas, bloqueos o síndrome de estrés postraumático, son algunas de las secuelas que Antonio Ángel Ortiz dejó en sus víctimas y que ni 20 años de cumplimiento de condena podrán borrar jamás.

La mirada inocente a la vuelta de la esquina

Vivo delante de un parque infantil. Nunca me había parado a pensar, pese a verlas cada día, en esas niñas pequeñas que juegan todas las tardes en los columpios mientras sus padres están en la terraza del bar de enfrente, sin quitarles los ojos de encima.

No fui consciente, hasta ahora, de la fragilidad de esos momentos. De que, cualquier pervertido o degenerado es capaz de romper ese instante de felicidad y dejar marcada de por vida a una de ellas y a su familia. Ahí, me di cuenta de que la inocencia de esas criaturas es por lo que vale la pena dedicar los esfuerzos existentes en esta sociedad para protegerla y salvaguardarla.

“Lola supo que el resto de su vida iba a estar dedicado a que su hija borrase de su memoria aquel 10 de abril de 2014”

En el verdadero nombre de Lúa, Paula, Xia y Daisy. Por ellas, y por todas aquellas niñas que han tenido que pasar por el horror de ver mancillada su infancia a manos de un pederasta.

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