No le llamaron ‘hijo de puta’, lo mataron a grito de ‘maricón’

Dos jóvenes gays, un chico y una chica bisexuales y una pareja de madres lesbianas confiesan sus miedos, realidades y vivencias frente al auge de las agresiones homófobas y tras el asesinato de Samuel Luiz.

No le llamaron ‘hijo de puta’, lo mataron a grito de ‘maricón’
Durante el primer semestre del año ha habido 39 agresiones físicas a personas del colectivo LGTBI solo en Barcelona, según el Observatorio contra la homofobia | El Taquígrafo

El asesinato de Samuel Luiz en A Coruña ha generado una oleada de indignación en todo el país. Aunque los investigadores no lo han confirmado, los insultos vertidos por sus asesinos, todos ellos muy jóvenes, han puesto sobre la mesa un problema social pendiente: el de la homofobia. Desde entonces, han sido muchas las personas que han querido revelar sus propias vivencias bajo el hashtag de #yomaricon como forma de reivindicar el insulto recurrente, que usaron también los asesinos de Samuel. 

“Ahora resulta que todos tenemos que hablar de esto. ¿Es que ha tenido que pasar lo de Samuel para que os deis cuenta de que existe la homofobia?”, nos ha espetado uno de nuestros entrevistados al otro lado de la línea telefónica. “Desde los medios se trata como cualquier otra moda, que de aquí a unos días deja de existir. Eso es lo que me da rabia”, continúa quejándose, y no sin razón. 

Las opiniones y la indignación con respecto al asesinato de Samuel son compartidas por todos ellos. Pero las experiencias vitales de todos ellos son muy diversas. Aunque la sociedad los ha enmarcado dentro del colectivo LGTBIQ+, como si de una masa homogénea se tratase con deseos, miedos y experiencias compartidas, nada más lejos de la realidad. Cada uno ha descubierto y entendido su sexualidad de una forma distinta y todas ellas son, faltaría más, igual de válidas.

Autocensura por miedo, protección o vergüenza 

Por suerte, ninguno de los entrevistados se ha encontrado en una situación realmente violenta más allá de lo verbal. Eso sí, comentarios ofensivos, insultos y miradas intimidatorias, sobre todo por parte de desconocidos, se ha convertido en algo cotidiano. Tanto que “ya no nos damos ni cuenta”, asegura una pareja de lesbianas. Estas situaciones vividas en primera persona junto con la realidad que aparece en los medios de comunicación y de la que alertan los Observatorios contra la Homofobia les lleva, sin embargo, a vivir en una especie de estado de alerta constante

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Sin ir más lejos, todos los testigos, excepto uno, han preferido mantener su identidad en el anonimato. Por protección, por temas personales, laborales, por miedo…A mi abuela todavía no se lo he dicho y esto conlleva no poder asistir a reuniones familiares con mi pareja, entre otras muchas cosas…”, se confiesa una joven bisexual. “En mi trabajo no supieron que estaba casada con otra mujer hasta que tuvimos a nuestra hija y fue ella quien se quedó embarazada”, relata otra joven lesbiana. 

De forma generalizada, aún con excepciones, todos los entrevistados han asegurado haberse autocensurado alguna vez: tanto a la hora de darle la mano a su pareja en espacio públicos, besarla o, incluso, para decidir qué ropa se ponían. “Si te vistes de una manera diferente, la gente a veces nota o interpreta que eres gay y te insulta”, responde Ismael, un joven ourensano, a preguntas de eltaquigrafo.com. 

“Asumes que serás objeto de comentarios” 

“Últimamente cuando estoy en mi pueblo soy yo. Cuando voy a una ciudad grande me comporto de otra forma, visto de otra manera. No soy yo. Intento no destacar para que no me pase nada. Tengo miedo de que me pueda pasar cualquier cosa. Nadie estamos libres de lo que le pasó a Samuel, él solo había salido a tomarse unas copas”, continúa explicándonos Ismael. En contra de lo que, a priori, pudiéramos pensar, este joven ourensano confiesa sentirse más cómodo en su pueblo natal que en las grandes ciudades como A Coruña, Vigo o Madrid. “Aquí, por lo general, nadie me insulta pero en una ciudad más grande sí. En el rural, donde yo vivo, no tengo ningún problema con nadie porque, aunque la gente piense diferente a mí o no comparta mi vida, como me conoce, me respetan un poco más. En una ciudad grande no”. Lo mismo opinan las dos jóvenes lesbianas, residentes en Barcelona. 

No obstante, un joven barcelonés declarado bisexual difiere en este sentido. “A raíz de lo de Samuel me he dado cuenta de que yo vivo en una burbuja: en una ciudad muy grande donde la homosexualidad y la bisexualidad está cada vez más normalizada, afortunadamente, y más en el entorno en el que yo me muevo”, confiesa. 

Sin embargo, prácticamente todos los testigos preguntados son conscientes de que solo por su condición sexual serán objeto de chismorreos, miradas y posibles insultos. “Cuando voy con mi pareja por la calle, de la mano, o tenemos alguna muestra de afecto en público como cualquier otra pareja, noto cómo nos miran”. El entrevistado, un joven homosexual, confiesa que ha terminado asumiendo que “si vas de la mano con un chico, abrazados o te das un beso… sabes que la gente te va a mirar. Las miradas son matadoras”. Lo mismo le sucede a una joven barcelonesa bisexual que asegura que cuando ha estado con un hombre se ha sentido mucho más libre de actuar sin miedo a las consecuencias. 

La interiorización de la homofobia

Educados bajo el paraguas heteropatriarcal (o falocentrista como asegura la pareja de madres homosexuales) nuestros entrevistados confiesan haberse visto obligados por la sociedad a adoptar unos roles en los que se presupone que deberían de encajar. Es la herencia de un modelo de educación tradicional. “A mí nadie me habló abiertamente de la homosexualidad. Nadie me dijo que esto podía pasar. El sistema nos inculca inconscientemente, y conscientemente, unos papeles. Como pasa con el machismo. Debemos de cumplir la función que la sociedad nos ha asignado”.

Salirse del renglón supone ser objeto de críticas, pero también del propio castigo. Como por ejemplo, pedir perdón a la hora de confesar su condición sexual, sentir que estaban decepcionando a sus seres queridos, tildar de “normales” a las parejas heteros o negar su propia orientación sexual.  

Un ejemplo de ello es un episodio relatado, con sentimiento de culpabilidad, por parte de uno de nuestros entrevistados. “Hay algo interno, un poso de esa educación heteropatriarcal. A veces, inconscientemente, me refiero a mi novio ante los desconocidos como ‘mi amigo’”, confiesa. “No es que intente ocultarlo, pero sí evitar ciertas situaciones en las que pueda sufrir discriminación. Existe la homofobia interiorizada. Cuando descubrí mi homosexualidad me costó asimilarlo. Me hacía muchas preguntas “¿Qué es esto? ¿Qué me está pasando? ¿Qué pasa en mi cabeza?”. 

La clave está en la educación desde la infancia 

Para evitar esto, dice uno de nuestros entrevistados, la base está en la educación. “Es fundamental. Que en el instituto no se metan contigo porque tengas pluma, porque te guste quien sea: los chicos, las chicas, los chicos y chicas. La clave está en normalizarlo. Así tenemos estos traumas, que se te quedan ahí dentro. De estas cosas no te olvidas. Y en cualquier momento brotan. Los niños, cuanto antes vean el mundo tal y como es, menor será la hostia que se pegarán cuando crezcan”. 

En este sentido, es como las madres homosexuales están queriendo educar a su hija pequeña de cuatro años. “Bajo los valores de la libertad de poder decidir quién quieres ser y a quién quieres amar”. Sin embargo, lamentan, “es muy triste que tengamos que educar a nuestra hija pensando que será carne de cañón solo porque tiene dos mamás. Esta premisa te obliga a educarla con una coraza de piedra para que, cuando sea más mayor, no le duelan los comentarios que otros niños puedan lanzarle sobre nosotras”. 

En la misma línea, el joven bisexual muestra su indignación ante las múltiples teorías rocambolescas que desde los medios se han ido construyendo para negar que el último crimen es fruto de la homofobia. “No deberíamos abrir una línea de debate, no es discutible, no es una opinión. Es una realidad. Flaco favor le hacemos, no solo al colectivo sino a toda la sociedad, a cualquier niño que esté desarrollando su propio pensamiento, que esté descubriendo su orientación sexual.” Además confiesa que, a raíz de este hecho, se le ha encendido una alarma que no tenía. “Estos días he leído, además de muchos mensajes de cariño y mucho apoyo, mucho odio, mucha homofobia, mucha bifobia y mucha transfobia”

“Fue un crimen homófobo y ya está”

“Creo que el hecho de no conocerte les hace más fácil todavía insultarte. No es que lo crea, es que lo sé. Es más fácil darle unas hostias a una persona que no te has molestado en conocer de nada. Te sientes impune”, confiesa Ismael. Pero el hecho de no conocer a alguien no resta peso a un delito de odio. En eso todos están de acuerdo. “Me parece una excusa no querer admitir que el de Samuel fue un crimen homófobo. Que le gritaran maricón mientras lo golpeaban es odio”, continua el joven homosexual que no ha querido revelar su nombre. 

“Desde el momento en el que X personas matan a otra, a golpes, al grito de “maricón”, ¿no es un delito homófobo?”, nos lanza una pregunta retórica el joven barcelonés declarado bisexual. “No le llamaron “maricón” al azar, le llamaron maricón porque sabían que era gay o porque, por los estigmas arraigados en nuestra sociedad, al verle la pluma, habrán deducido o interpretado cuál era su orientación sexual. No ha sido una casualidad. No le han llamado “hijo de puta”, le han llamado “maricón” porque efectivamente era homosexual.”, añade. “Es un crimen homófobo y ya está”.

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