No era una leyenda urbana

nuria gonzalez

Todas las mujeres, sin excepción alguna, desde que empezamos a salir sin un adulto que nos tutele o un novio que “nos cuide” y sea cual sea nuestra edad, hemos oído aquello de “no dejes tu vaso en ningún sitio, no vaya a ser que te echen algo en la bebida”. Es bastante sorprendente que dicho consejo te lo den si sólo vas con tus amigas, en salidas de chicas que son, sin duda, las personas en las que más puedes confiar de noche en la calle, mucho más que en el novio de turno.

Sin embargo, esa advertencia, que de tan repetida y persistente ha habido un tiempo en la que nos la hemos tomado a casi a cachondeo, a leyenda urbana jamás comprobada (como los caramelos con droga o la chica de la curva), resulta que, en 2017, según un estudio del Instituto Anatómico Forense realizado en Andalucía, pero extrapolable a toda España, la droga ingerida sin conocimiento de su consumo estaba presente en el 20% de las violaciones y agresiones sexuales.

Si cada 8 horas se denuncia una violación, 3 cada día, en poco más de 3 días habrá 10 denuncias de las cuales 2 de las víctimas lo fueron tras ser drogadas contra su voluntad. 2 cada 3 días. Lo repito y lo pongo así para que se vea claro, hasta para el más negacionista.

Esas dos chicas cada tres días van a las comisarías de policía, pongamos por ejemplo en Barcelona, sin siquiera saber exactamente que les ha pasado.

Así que imaginar, si ya se pone en duda el testimonio de una víctima de violación que recuerda los hechos claramente, cómo se debe llegar a cuestionar a una mujer que lo último que recuerda es estar bailando en una conocida sala de conciertos, pongamos por ejemplo del Paral.lel, intercambiar tres frases con un tipo simpático y acto seguido, encontrarse desorientada, en cualquier otra parte de la ciudad que no reconoce, seguramente con la ropa interior mal colocada o directamente sin ella, posiblemente con moratones en las piernas y una amnesia terrorífica que le impide saber que le pasó y qué le hicieron, como pasó, por ejemplo, a finales de agosto de este año por los alrededores de la Sagrada Familia.

Como digo, pasa mucho más de lo que imaginamos, casi diariamente, aunque no interese mucho que se sepa. Como he puesto de ejemplo Barcelona, voy a seguir ahí para recoger unos datos que ofreció el Hospital Clínic (centro médico de referencia para casos de agresiones sexuales en la ciudad). Según ese hospital en un reportaje publicado en varios medios por allá por mayo de este año, la presencia de la famosa “burundanga” o escopolamina (nombre técnico de los polvitos fatales), es muy puntual en las víctimas de violación, mientras que sí se detectan habitualmente alcohol y cualquier otra droga.

Si una sigue leyendo el reportaje llega a un dato que puede tener su importancia. Resulta que la burundanga desaparece del organismo en seis horas, tiempo completamente inferior al que tarda la víctima en llegar al reconocimiento del médico forense, si es que llega. Mientras, tanto el alcohol como cualquier otra droga tarda bastante más en ser indetectable.

Igual soy yo la malpensada, pero, ¿y si resulta que se detectan pocos casos de burundanga en las violaciones porque han pasado bastantes más de seis horas cuando se hacen los análisis, en lugar de pensar que esto aquí no pasa? Pasa y pasa mucho.

Y pasa en Barcelona porque la imagen que se vende de la ciudad en cuestión de ocio es la de que esto es jauja, que aquí todo se puede, y que, para sol, playa, chicas y drogas, todo low cost, la ciudad condal es el mejor lugar que puedes visitar.

Sería injusto poner sólo el foco en Barcelona, porque la verdad es que toda Catalunya es un campo abonado para violadores.

Según datos oficiales, en 2017, de las 5 ciudades de España donde más agresiones sexuales se registraban, 4 eran las 4 capitales de provincia catalanas. Sólo se colaba en este top five de la ignominia Ceuta en el segundo lugar. El orden era Lleida, Ceuta, Barcelona, Girona y Tarragona.

Además, mientras que otras comunidades como Madrid, Andalucía o Comunidad Valenciana reducían el número de agresiones sexuales respecto a 2016, en Catalunya aumentaron en un 17% respecto al año anterior.

Y no es que aquí se concentren mayor número de violadores per cápita que en otros territorios, pero lo cierto es que se ha instaurado un modelo de ciudad y, sobre todo, un modelo turístico en el que se les hace más fácil actuar que en otros lugares. Importamos agresores sexuales vacacionales, que seguramente en su lugar de origen puede hasta que se comporten como miembros ejemplares de su comunidad, pero que llegan aquí y se hacen con todo tipo de drogas para ellos, y de paso alguna sustancia que les facilite el trámite de tener sexo con alguna mujer, sin pagar y ya hasta sin hablar.

Siendo Barcelona un destino “putero friendly” reconocido en la mayoría de foros de porno del mundo, esto de que prefieran violar sin pagar a una mujer inconsciente que, pagando a una mujer prostituida consciente, no es baladí. El nivel de podredumbre humana de esos energúmenos que se excitan y hasta llegan al orgasmo con cuerpos prácticamente inertes, de manera repetida y habitualmente en grupo, debería, al menos, hacernos perder unos minutos en reflexionar que tipo de seres corren por nuestras calles y que es lo que deberíamos hacer con ellos.

Porque, además, los aficionados a la burundanga tienen un plus de maldad frente al violador asaltante que prevalece en el imaginario colectivo: su objetivo es el de actuar bajo la impunidad más absoluta, puesto que, si la víctima no recuerda ni lo que le ha pasado, tampoco recordará quien se lo ha hecho. El crimen perfecto. Y todo low cost.

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