Mutilación Genital Femenina I: la herida que nunca se cierra

Aunque las víctimas de ablación pueden llegar a curarse de las heridas físicas, el trauma psicológico que arrastra consigo esta práctica deja cicatrices de por vida. Rosa Negre, subinspectora de los Mossos, lleva años comprometida con la erradicación de esta forma de violencia contra las mujeres

Mutilación Genital Femenina I: la herida que nunca se cierra
Aunque Catalunya es pionera en la lucha contra la MGF a nivel europeo, cada año se siguen detectando casos en la comunidad | Getty

A finales de los 90, un caso muy mediático sobre mutilación genital femenina (MFG) de dos niñas vecinas del Vallès hizo sonar todas las alarmas. Esta práctica ancestral para decenas de familias procedentes, en su mayoría, del continente africano se estudió por primera vez de forma colectiva en Catalunya a principios de los 2000. Hasta entonces la opinión pública sabía que muchas niñas eran mutiladas en sus países de origen, en el marco de viajes; pero hasta entonces, muy pocos sabían cuál era la realidad en Catalunya y mucho menos habían reparado en el daño físico y psicológico que la mutilación podía acarrear para estas jóvenes residentes en nuestro país. Hasta 2005 España no tuvo competencias para perseguir este delito. Hasta ese momento si se mutilaba a una niña en su país, la justicia española no tenía jurisprudencia para perseguir estos casos. Fue entonces cuando Catalunya creó el primer protocolo de actuación y prevención contra la MGF. 

Sin embargo, como pasa con tantas otras violencias silenciadas, años antes de que esta práctica se mediatizara, la MGF ya estaba presente en Catalunya. El caso de la mutilación de varias niñas en los 90 en Banyoles (Girona), puso a los Mossos d’Esquadra tras la pista de esta tradición étnica, hasta ese momento, prácticamente desconocida. La policía autonómica comenzó a trabajar en la localidad de Salt (Girona) y descubrió que algunas etnias establecidas en Catalunya, como los sarajules, los mandingas o los fula, habían instaurado esta práctica en comunidad. Desde entonces, Rosa Negre, subinspectora de los Mossos y responsable de la Unidad de Proximidad y Atención al ciudadano de Girona, ha dedicado su carrera dentro del cuerpo en prevenir este tipo de violencia específica contra las mujeres. 

El panorama antes del protocolo y su evolución 

En los noventa, mucho antes de la creación del actual protocolo que regula el procedimiento a seguir en estos casos, la subinspectora realizaba visitas fuera de su jornada laboral, vestida de paisana, a los domicilios de las menores susceptibles de sufrir la mutilación genital femenina. Les explicaba a las familias las terribles consecuencias asociadas a este procedimiento, en la mayoría de los casos, muy rudimentario y que ponía en peligro la vida de sus hijas. Su encomiable labor pronto dio sus frutos y la orden de no tocar a las niñas llegó, incluso, a África. 

Desde entonces, el panorama en Catalunya ha evolucionado, pero todavía no se ha conseguido erradicar la mutilación genital femenina en la comunidad autónoma. La clave para prevenir nuevos casos entre grupos de inmigrantes recién llegados al país, explica la subinspectora, está en el trabajo en red. Desde la creación del protocolo, son los servicios sociales los que han adquirido la labor de la sensibilización de la comunidad. El desconocimiento de este delito, explica Negre, no los exime de la pena. Sin embargo, la pena de entre 6 y 12 años de prisión con la que está castigado en la actualidad, resulta excesiva para algunos sectores de la administración que no ven con buenos ojos que la familia cumpla una pena de prisión tan alta por una decisión que no ha sido tomada con la intención de damnificar a las menores.

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La importancia del trabajo en red 

En cuanto a la detección, el protocolo ha dotado a los actores implicados con herramientas para identificar y comunicar este delito a las autoridades. Son los pediatras, precisamente, los que tienen el papel más relevante en cuanto a la detección. Sin embargo, siguen existiendo casos en los que los sanitarios no se ponen de acuerdo a la hora de determinar si una niña ha sido o no víctima de la mutilación genital femenina. Esto se debe, principalmente, a que no existen dos genitales iguales y a las diversas formas de ejecutarla, sobre todo en aquellos casos en los que no se realiza la amputación de los órganos sexuales femeninos por completo, y resulta menos evidente su identificación. 

Además de los actores implicados que trabajan por y para la detección y prevención de esta práctica, las víctimas también tienen herramientas para alertar de su situación. A fecha de hoy se puede pedir ayuda a través del teléfono de emergencias 112, las comisarías están abiertas y preparadas para recibir este tipo de denuncias y existe un número de WhatsApp (601001122) con agentes especializados en atención a víctimas tanto de MGF como de matrimonios forzosos, explica Rosa Negre. 

El protocolo ha marcado una hoja de ruta con indicaciones para que, a través de un trabajo en red, los profesionales se familiaricen y se sensibilicen con esta violencia que, hasta hace muy poco, estaba silenciada. Ha servido también para aproximarse a las familias desde un enfoque más cercano por parte de servicios sociales y ya no desde la policía. Lo ideal es que se abandone la práctica por convencimiento propio, y no de manera obligada. Solo en los casos en los que existe un riesgo inminente para las niñas, se recurre a las fuerzas de seguridad y a la judicatura. Aunque se desconoce el número oficial de mujeres que residen en Catalunya que hayan sido mutiladas, entre 2010 y 2020 los Mossos han judicializado 234 casos, con las cifras más elevadas en la provincia de Girona. 

Todavía queda mucho trabajo por delante 

Sin embargo, Rosa Negre opina que, aunque Catalunya es un alumno aventajado respecto a otras comunidades españolas, referente a nivel europeo, y está haciendo los deberes a buen ritmo, todavía falta mucho para terminarlos con éxito. La subinspectora sugiere que se incluya en la agenda de salud pública la atención a las víctimas de este tipo de violencia, sobre todo al llegar a la adolescencia, para que puedan reconciliarse con sus cuerpos. A veces desconocen incluso el tipo de mutilación que les han practicado. Además, sería interesante que desde Sanidad se notifiquen estos datos a los Mossos, porque en muchas ocasiones este procedimiento es el paso previo a un matrimonio forzado. 

Si de algo puede sentirse orgullosa esta subinspectora y, aunque ella no se identifique como una comprometida activista, es que su trabajo habrá servido para salvar a muchas mujeres de haber sido víctimas de la mutilación genital femenina. Aunque nunca sabrá la cifra exacta de los casos que tanto ella como sus compañeros han evitado, al menos Rosa Negre sabe a ciencia cierta que una de sus charlas cambió el destino de una niña de Salt. Desde Mossos se le informó de que la menor corría el riesgo de ser mutilada, sin embargo, la respuesta de la madre cuando acudió a visitarla en su domicilio de la localidad gironesa la dejó estupefacta: “No la mutilaré”, respondió la madre con seguridad. “¿Cómo podrás convencerme?”, le dijo Rosa Negre después de conocer que la mayor de sus hijas estaba mutilada. 

Su respuesta no se le olvidará nunca: “Un día escuché a una mujer policía que nos explicó en una charla que ella manipulaba los alimentos sin que se pudrieran, que había parido a dos hijos que no se habían muerto al entrar en contacto con su clítoris durante el parto, que estaba casada y que tenía control sobre su sexualidad. No estaba mutilada. Esa policía me desmontó todos los argumentos”. Evidentemente, esa policía era Rosa Negre y, al menos en esa ocasión, una niña se libró de ser mutilada gracias al férreo compromiso de la subinspectora con la erradicación de uno de los tipos de violencia más brutal que existe contra la mujer. 

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