Mucho más que una película de James Bond

Casino Royale, eso es Bond: violencia y eficacia profesional; elegancia y humor; y ternura y sentimiento. Ese escapismo lleno de adrenalina, risa y amor es lo que muchos buscamos en el cine. A lo mejor Bond no es tan superficial como algunos piensan

Mucho más que una película de James Bond
Daniel Craig en el papel de James Bond en Casino Royale

Está a punto de llegar a los cines Sin tiempo para morir (1 de octubre), quinta y última película de Daniel Craig como James Bond, por lo que es un momento ideal para reivindicar esa obra maestra que es Casino Royale (Martin Campbell, 2006).

James Bond parece alejado del cine negro pero muchos se sorprenderán de saber que Ian Fleming creó el personaje en 1953 (precisamente Casino Royale fue su primera novela) y que lo hizo con referentes como su amigo Raymond Chandler, con quien dejó una conversación para la BBC memorable. A Chandler, por cierto, le gustó mucho James Bond.

El caso es que esa primera novela de Fleming se vendió pronto para ser adaptada y se llevó a televisión en los cincuenta (discreta adaptación con Barry Nelson) y se reconvirtió en parodia en plena Bondmanía en los 60 (reparto de lujo: David Niven, Peter Sellers, Deborah Kerr, Orson Welles, Woody Allen… y resultado, delirante). Hasta el siglo XXI no pudo adaptarse propiamente y los productores de la serie Bond, Michael G. Wilson y Barbara Broccoli, pensaron que sería el vehículo ideal para introducir a un nuevo actor Bond: ceremonia siempre histórica (más hombres han pisado la Luna que interpretado a James Bond. Ahí queda eso).

Daniel Craig no fue bien recibido por cierta prensa y fue criticado mientras rodaba. Cuando se estrenó la película, se cerraron las bocas. Casino Royale nos presenta a un nuevo Bond que acaba de conseguir su licencia para matar y trata de ganarse la confianza de su jefa, M (gran Judi Dench), quien no se fía del bisoño agente y echa de menos la Guerra Fría…  A lo largo de la película, Bond cumplirá con su objetivo con eficacia y contundencia, pero se enamorará y conocerá el sabor de la traición, hecho que marcará su carrera posterior.

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Este Bond más sentimental y personal parece ir en contra de las películas anteriores, sin embargo, se trata de una fiel adaptación de la citada novela. Fleming ya introdujo ese enamoramiento y esa traición que marcarán al agente. Vesper Lynd necesitaba, entonces, una actriz talentosa y atractiva y Eva Green nos da su mejor interpretación con una mirada azul en la que perderse, una fragilidad que pide ser abrazada y un sentido del humor moderno propio del cine de los treinta. La escena en la que conoce a Bond en el tren o el juego con los trajes en la habitación del hotel son ya clásicos del universo Bond y rinden homenaje a diálogos de vértigo propios de la screwball comedy.

Pero que nadie se equivoque: el Bond tradicional sigue ahí. Tenemos escenas de acción impresionantes (la persecución recorriendo una construcción en Madagascar, la bomba en el aeropuerto de Miami, la casa que se hunde en Venecia), tenemos la elegancia del personaje y el lujo (el Aston Martin, los trajes, el esmoquin, momento en el que se oye el tema musical de Bond que nos indica que se va convirtiendo en quien ya sabemos), tenemos el humor que aligera escenas (en contra de lo que parece, Craig ironiza con gracia al hablar con Vesper o al vacilar al villano Le Chiffre mientras este le tortura con sadismo) o villanos terribles con defectos físicos (Mads Mikkelsen crea un tipejo a quien le sangra el ojo…).

La virtud de Casino Royale es que a todo lo anterior, añade más. Más emoción, más sentimiento, más cercanía y una de las mejores escenas del mundo Bond o, por extensión, de la historia del cine. Bond y Vesper siguen a Le Chiffre a su habitación y en el pasillo son sorprendidos por dos monumentales africanos armados ¡con un machete! La pelea se desarrolla por la escalera de servicio y es brutal y despiadada. La cara de Vesper es la del espectador, pues verdaderamente tenemos la presencia de la muerte delante. Bond termina con los dos asesinos y debe cambiarse para volver al casino. Se limpia la sangre ante el espejo (otra escena llena de verosimilitud y contundencia) y vuelve a la mesa para rematar con un chiste y una mirada asesina. “Veo que se ha cambiado de camisa, señor Bond. Espero que el juego no le esté haciendo sudar” “Un poco. Pero no tendré problemas mientras no empiece a sudar sangre…”. Ahora bien, la escena continúa con Bond regresando a su habitación tras ¿horas? y viendo una bellísima metáfora: una copa rota sobre una mesita. Vesper está en shock, rota, con el mismo vestido que llevaba durante la pelea, sentada bajo el agua de la ducha. Con una ternura inesperada, Bond se suelta la pajarita y se sienta junto a ella para consolarla, tranquilizarla y abrazarla. En ese momento se han enamorado y la cámara se aleja delicadamente.

Eso es Bond: violencia y eficacia profesional; elegancia y humor; y ternura y sentimiento. Ese escapismo lleno de adrenalina, risa y amor es lo que muchos buscamos en el cine. A lo mejor Bond no es tan superficial como algunos piensan.

La era Bond-Craig ha sido maravillosa y Sin tiempo para morir no será solo “la nueva de Bond”. Será el acontecimiento cinematográfico del año. Vuelvan al cine: disfrutarán.

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