Morir no es lo que más duele, de Inés Plana

Morir no es lo que más duele, de Inés Plana
Morir no es lo que más duele de Inés Plana

Como Juan Carlos Onetti, que dicen que al final de su vida no salía del acogedor territorio de su cama pero alimentaba su imaginación leyendo exclusivamente novelas protagonizadas por maderos y hampones (novelas de un género cuyas señas de identidad son el misterio, la acción, la violencia, el riesgo y la ambigüedad moral), amamos el noir.

Pero no incondicionalmente ni a ciegas ni siempre.

Amamos el noir cuando detrás hay un potente narrador de enigmas y singular retratista del mal capaz de crear uno de esos personajes que te permiten masticar su violencia, entender su soledad y compadecer su vértigo.

Y no es el caso.

De hecho en la exitosa novela inaugural de Inés Plana (Barbastro, 1959) Morir no es lo que más duele (Ed. Espasa), una novela negra sin ejercicios de heterodoxia pero que ha nacido destinada a la mesita de noche, lo que compran los lectores no es el estilo, sino la historia…

se trata de un crimen de resolución difícil y puesta en escena inquietante investigado por dos agentes de la guardia civil

Y la historia versa sobre un profesor de instituto que aparece ahorcado en un pinar de las afueras de Madrid, pero que no se ha suicidado, y en cuya chaqueta la guardia civil encuentra una nota con el nombre de una mujer que vive cerca (una correctora ciclotímica, traumada, bebedora, asocial y misántropa con causa que trabaja en casa, y la cual dice no saber quien es el finado, ni haberle visto nunca).

En efecto se trata, una vez más, de un crimen de resolución difícil y puesta en escena inquietante investigado por dos agentes de la guardia civil (típica y tópica pareja de experimentado que se las sabe todas y está harto de estar harto, y joven inteligente y despierto aunque sin malear).

Y, aunque esto empieza siendo un policial clásico, lo divertido es que deviene en thriller mediante un rebuscado punto de giro argumental, el cual obliga a realizar un viaje al pasado personal y familiar para desentrañar el sentido de los hechos del presente.

Hay multitud de personajes planos (la psiquiatra, la paciente Sara, etc) en esta populosa novela que dan detalles complementarios de la trama, y la colorean, y hacen de ella algo así como el gran teatro del mundo.

Pero lo inverosímil es el cumulo de personajes protagonistas que recuerdan algo de repente que esclarece el caso.

Aunque de que manera el caso pasa a narrarse desde el punto de vista del asesino y nos lleva a un meandro inopinado (relacionado con la guerra, no les digo más) es muy sorprendente…

Sin embargo hemos de concluir que si aún las novelas están hechas con lenguaje, fraseo, ritmo, sutilezas verbales, hallazgos expresivos psicológicos que revelen poderosa capacidad de observación y afilada inteligencia, adjetivos que rezumen voluntad de precisión y, también, finura descriptiva, esta novela deja que desear, pues adolece tanto de calidad de página como de eso que Roland Barthes denominaba el placer del texto.

Si las novelas ya sólo son el mundo en el que nos sumergen (un mundo que nos conmueva o hasta sea capaz de remover dentro de nosotros zonas sensibles), esta novela carece de cosmos personal propio pues, en su hechura, viene a ser una mezcla de los elementos narrativos y el mundo ficcional de Lorenzo Silva y Dolores Redondo, pero sin llegar a la narratividad pura, atmosférica e hipnótica de estos.

Si las novelas sólo son el argumento de las mismas, esta novela es salvable. Y entretenida. Y ya.

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