MOHA

Ricardo Gómez de Olarte

A Dª Mayte, toda una señora. Mi madre.

Fue una de las últimas asistencias que hice en el turno de oficio. Diría que la última. Me llamaron del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona para comunicarme el número de teléfono, nombre del detenido y delito.

Tanto en casos de oficio como privados; me cayeran bien o mal los clientes; tuvieran dinero o la razón o no, he procurado siempre dejar lo que estuviera haciendo para intentar atender al detenido y procurar su libertad inmediata.

Los calabozos policiales precisamente no son muy confortables y el olor habitual es muy desagradable. Por no hablar de las compañías, que no siempre son los asistentes a una reunión campestre en el palacio de Windsor.

Encaminé mis pasos a la comisaría de la calle Nou de la Rambla, en pleno Raval. Para que los lectores se ubiquen mejor, lo llamaré con su antigua denominación: calle Conde Asalto, en pleno barrio Chino de Barcelona. Llegué, comuniqué quien era y a quien debía asistir, y me dispuse a esperar.

Hubo un abogado en Barcelona, un perfecto malnacido, que sin embargo en cierta ocasión me dio una definición muy buena para la profesión de abogado: “Dícese del profesional que espera”. Era muy cierto, el abogado debe esperar en comisaria a los policías, a los detenidos, a los testigos. En el juzgado a jueces y fiscales, testigos, funcionarios, sentencias…

La verdad es que es mal trabajo para los impacientes. O como me dijo un día mi madre al colegiarme como abogado: ahora tienes una profesión, pero debes aprender el oficio. El caso es que ese oficio que fui aprendiendo me permitió saber que me tocaría esperar bastante.

Nunca he sido capaz de leer en esperas en jugados o comisarías. Mi amigo Luisjo sí y con fruición, pero yo no. Así que me dedicaba a pensar o escuchar.

Sin embargo ese día, me pasaron rápido al confesionario o sala de declaraciones. La policía que le iba a tomar declaración me dijo que le “daban bola” (quedar en libertad) porque no era más que un tirón en Las Ramblas.

También rápidamente me subieron a mi defendido, de nombre Mohamed. Era un hombre joven, bajo, enjuto, de avispada mirada y muy expansivo. La funcionaria le preguntó por la familia y los niños, con ello deduje que era una viejo conocido de la comisaría.

Mohamed, Moha, le respondió que bien y que su esposa había dado a luz un chico. Inmediatamente, le dijo que no declarase si no quería y que, dada la cantidad, iba a ser un juicio de faltas (actual delito menos leve). Que ya declararía en el Juzgado, si es que se dignaba asistir.

Moha, se encendió y exigió declarar. Tanto la poli como yo intentamos calmarlo y aclararle que no hacía falta y que la víctima, una señora japonesa ya se había ido a su país sin prestar declaración ya que recuperado lo presuntamente sustraído, no quiso perder tiempo y tan solo recogió su bolso.

Moha se enfureció aun más y reanudó su letanía de querer declarar. La policía le avisó de que si quería declarar luego no se quejara si no le iba tan bien como podría desear. Yo apoyé a la autoridad, porque era obvio que le beneficiaba.

Moha me dijo que yo era un mal abogado y que debía apoyarlo a él. Finalmente, declaró poco más o menos esto:

-“Siñiorajaponiesa conocer de mi gran pene (empleó otra expresión más soez que también empieza por p) y siñiorajaponiesa querer f… conmigo. Toooooodassiñioras turistas querer f… conmigo por mi gran p….. Moha ser buen f….or con señioras turistas y ser conocido en todo el miundo. Siñiora japonesa regalarme biolso para que yo f…ara con ella”

Tras las primeras caras de estupor, la policía y yo estallamos en carcajadas. Moha se indignaba e insistió en que su versión debía ser la única en ser transcrita. Así se hizo y solo cuando se cerró (firmada e inamovible) su declaración, Moha se quedó tranquilo.

Mi curiosidad me dominó y pregunté a Mohamed el motivo de tamaño absurdo. Mohamed, con una sonrisa seráfica que no se me olvidará nunca, me dijo:

-«Mi kiolega en calabozo. Mi exige dinero o contar verdad. Biolso de japionesa tener muuuuuuuucho dinero y no ser faltas. Ser delito. Yo saber que si yo contar mi verdad, nadie creer a kiolega.»

Declaró el colega, contó la verdad y como sea que la japonesa no había reclamado, nadie lo creyó. Aun siendo innecesaria mi presencia, la curiosidad me volvió a ganar y acudí a la vista oral. Se celebró el juicio de faltas sin que Mohamed asistiera, fue condenado con una multa que jamás pagaría.

Una vez más, la calle me enseñó ese oficio que siempre me ha apasionado. No sé si por curiosidad hacia el ser humano o hacia la eterna partida de ajedrez que implica la abogacía.

«El aspecto más triste de la vida en ese momento es que la ciencia reúne el conocimiento más rápidamente que la sociedad reúne la sabiduría.«

Isaac Asimov

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