Mi unicornio rosa y fascista

nuria gonzalez

La vida en un pueblo pequeño como en el que yo vivo tiene grandes ventajas, una de las más destacables es el contacto humano. Acabas conociendo a todo casi toda la gente y teniendo conversaciones que arreglan el mundo en cualquier lugar.

La otra tarde, en una de estas ocasiones, dos de mis vecinos comentaban la participación que había estado teniendo la hija veinteañera de uno de ellos en los múltiples cortes de carretera que tuvimos que padecer con paciencia infinita en Catalunya la semana pasada.

El orgulloso padre, lacito en pecho, explicaba que habían llevado a la chica en coche hasta la facultad, que de ahí ella y sus colegas de revolución habían ido andando hasta Vilafranca, y que allí su mamá había ido a recoger a la criatura y compañía en coche otra vez, porque volver andando ya era demasiado andar para un día, aunque fuera andar por la patria. Me dio la sensación de que le habían preparado hasta la merienda, como si de cualquier excursión escolar se tratara.

Sin embargo, aprovechaba este hombre para auto justificar su ausencia del resto de las movilizaciones a las que no había asistido a ninguna diciendo que eso era cosa de estudiantes que, al fin y al cabo, no tenían nada que perder, pero que claro, los adultos, no iban a sacrificar un día de sueldo por la causa. Eso se lo dejan a los trabajadores y trabajadoras que secundan las huelgas generales que van en pro de los derechos laborales de todos, esas a las que este sacrificado padre, apuesto un euro y no pierdo, a que no ha ido jamás a ninguna. Porque para eso se inventaron las huelgas, para defender a la clase obrera, no a oligarquía burguesas de sus propios desmanes. Pero aquí en Catalunya hace tiempo que vivimos en el mundo al revés.

Pero volvamos al parque. A la historia de la joven revolucionaria de papá, el compañero de conversación comentaba que en la facultad a la que asistía su pareja, una parte de los estudiantes había decidido que no habría más clases. Algunas alumnas disconformes protestaron expresando que ellas sí pensaban ir a clase, a lo que los revolucionarios sonrientes respondieron “atreveros”. Fin de la conversación para las alumnas, explicado como un gran triunfo entre carcajadas de mis vecinos en el parque.

Sin embargo, también en los pueblos disfrutamos más del tiempo en los bares. Es en una de estas tardes de cañas en las que un amigo, al que conozco hace muchos años y que ha tenido una evolución ideológica bastante común en esta generación catalana que ronda los 40 años, que empezó en las filas del socialismo que apostaba por el federalismo pero que ha acabado cada vez más ensimismado por las banderas que por los derechos, por mérito en gran medida de una socialdemocracia descafeinada y una izquierda paralizada ante los dictados del mercado, que me defendió sin despeinarse y sin perder la sonrisa que era la hora de optar por la vía de la violencia, ya que de buenas maneras, los independentistas no habían conseguido su objetivo. Ojoplática, decidí que lo mejor era hablar del tiempo.

Todo esto en 48 horas escasas, y porque no me ha dado tiempo de tener más tiempo libre, que si no, el reguero de situaciones tétricas como esta sería interminable.

Sin embargo, lo más espantoso del asunto es que todas estas situaciones estaban protagonizadas por personas que se tienen como revolucionarias, defensoras de la libertad, anarquistas, progresistas, en definitiva, de izquierda. En su mente, en su mundo, que para ellos ahora es el que vale.

Y lo que me pasa a mí y a muchas otras personas es que, sinceramente, no sabemos cómo manejar la situación. No sabemos cómo explicar que no tiene nada de revolucionario el intentar imponer mediante el autoritarismo y amedrentamiento del otro cualquier idea o convicción, a gente que no te quiere escuchar. No tenemos ni idea de cómo hacer entender a alguien, que no es progresista querer defender sólo tu libertad. Y fallamos en el intento convencer a personas frustradas de que el uso de la violencia no legitima, sino que cada vez genera más frustración.

Lo cual me ha llevado a la siguiente conclusión. Para mí, un nacionalista es como el que está enamorado. Está dominado por una filia, que es un sentimiento irracional, al que le da igual que le expliques que nacionalismo y fascismo son la misma cosa, y que él está ahí, practicando ambas, porque no te va a creer. Te va a mirar con la misma cara que si le invitas a dar una vuelta a lomos de tu unicornio rosa.

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