Mi Cuba Libre. Cadáveres literarios (2/4)

Ernest Hemingway y Reinaldo Arenas sucumbieron a una isla que los hipnotizó y ambos vivieron con animadversión sus últimos días de vida. Las leyendas literarias viven igual que los amores eternos, esa es su irracionalidad.

Mi Cuba Libre. Cadáveres literarios (2/4)
Mapa de Cuba antiguo

En El Floridita los mejores mojitos, en la Bodeguita del Medio los mejores daiquiris y entre idas y venidas, la casa de Eutimia ofrece el mejor cerdo asado de la isla. La bebida no entra en el menú. Vaya por Dios.

Ernest Hemingway (1899 – 1961) exportó al mundo todo aquello por lo que se sintió deslumbrado y fue embajador de diferentes países sin recibir la comisión del cambio. Trajo los leones de África, enseñó los toros de San Fermín y las noches… ¡¡ay, las noches!!… no hubo noches como las que inventó Hemingway en La Habana.

Mi Cuba Libre. Cadáveres literarios (2/4)
Hemingway en la Habana

Si los sueños no fueran fantasías y el destino nos hubiera juntado en el algún momento de la historia hubiéramos compartido algo más que una máquina de escribir. De las 107 unidades de Corona plegable que se distribuyeron en el año 1917, la mía no ha corrido ni una sola batalla, pero su prima hermana fue testigo de las mil y una historias que redactó Hemingway a golpe de tecla entre rones y aventuras.

Con ella escribió de pie y mirando a Cayo Coco su famosa novela, El viejo y el mar publicada en el año 1957. El estilo, algo parco y simplista, agranda el resto de obras del novelista, sin embargo, el trasfondo de su moraleja es algo más complejo. La paciencia, el valor, las prioridades o la humildad son los valores que se entreleen en esta narración que reconstruye la vida de un marinero cubano y su lucha por pescar un pez imposible de capturar.

Su inteligencia: la última fortuna

Con Hemingway me hubiera gustado beber ante la súbita promesa de guardar los silencios de rigor (era un hombre sociable hasta el límite y arisco hasta la extenuación). Al quinto ron le hubiera atusado la barba con paciencia (como seguramente lo hizo Ava Gardner en sus noches de pasión) y, obligada por la incertidumbre, no hubiera podido evitar preguntarle (siempre bajo el amparo de una buena borrachera)…

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Hemingway y Fidel Castro

Querido Ernesto, ¿de quién estuviste más enamorado… de la enfermera o de la isla?” En mis sueños me gustaría recibir un gruñido como respuesta antes de la constatación de la realidad que enmarañaba su carácter orgulloso: de la isla, hubiera afirmado el tunante.

Cuando la sobriedad lo alertó del fracaso que se empezaba a cocer en su memoria, no dudó, apuntó y disparó. Tuvo el valor de hacerlo lejos del país que lo acogió. Quizá la parte noble del ser humano que lo acompañaba en sus momentos más íntimos no quiso manchar de culpa el sitio donde, por una vez en su vida, fue feliz. O, simplemente, huyendo de los problemas que le causaba ser americano en un territorio hostil, decidió marcharse de Cuba harto de amenazas y falsos testimonios. Lo cierto es que se despidió de la isla en noviembre de 1960 y de la vida, una mañana de domingo, ocho meses después.

Reinaldo Arenas, la dignidad del intelectual

Reinaldo Arenas lo intentó, pero su país hizo acopio de la testosterona que rezumaba por cada poro de la dictadura y le negó el derecho a elegir de quien se podía enamorar. Su fracaso como homosexual dio lugar a su éxito como intelectual, pero la factura que pagó fue demasiado alta para un corazón tan noble.

Reinaldo Arenas recrea la fuerza y la ternura que un escritor, en pleno régimen comunista, hubiera podido tener. La herencia que nos dejó con sus libros es la prueba inequívoca de ello.

«El primer sabor que recuerdo es el de la tierra»

Saltamos de La Habana a Holguin en un interminable viaje de nueve horas en coche. El trayecto vale la pena cuando se avistan, desde lejos, las Playas y los Cayos que la rodean. Naturaleza explotada en estado puro. En un entorno tan favorecedor como indiferente, nació el escritor, dramaturgo y poeta cubano que encarnaría la resistencia de la dictadura y cuya trágica vida representó el actor Javier Bardem en la película Antes de que anochezca (2000).

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Reinaldo Arenas

Reinaldo Arenas descubrió su sexualidad a una edad temprana y fue encarcelado por ello 25 años después. La carrera del escritor autodidacta creció rápidamente cuando presentó su primera novela Celestino antes del alba (1967) y ganó el concurso de narrativa organizado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que tenía como jurado a los emblemáticos escritores Alejo Carpentier y Virgilio Piñera.

Con sus siguientes publicaciones empezaron los problemas: Cuba prohibiría su difusión y Francia la acogería. El mundo alucinante (1969) fue el comienzo de la persecución que desbarataría la prestigiosa carrera de un mito.

Al terminar, apagó la luz y se hizo de noche

El régimen buscó delitos entre las letras que revoloteaban en el interior del poeta y, teniendo en su poder la verdad absoluta, lo acusaron de violación a menores, desviación sexual y un delito que le encantaba lanzar a Fidel cuando las cosas se le “torcían” un poco: ser agente encubierto de la CIA, la peor agresión de todas.

Mi Cuba Libre. Cadáveres literarios (2/4)
Reinaldo Arenas

De la cárcel escapó con agallas, audacia y suerte, pero el mismo día de su huida, dictaminó su sentencia. El mundo, o por lo menos el mundo triste y desolado que le había dado la espalda hasta el momento, no estaba preparado para volver a recibirlo. “El amor es algo libre y la cárcel algo monstruoso donde el amor se convierte en algo bestial”.

Reinaldo Arenas salió de Cuba en mayo de 1980 y nunca volvió a su país. Viajo por Europa, publicó más de una docena de libros entre poesía y narrativa, y se asentó en Nueva York presa de unos terribles dolores físicos. Cuando el diagnóstico concluyó que padecía la enfermedad del sida, se aclamó a la imagen colgada su querido Virgilio Piñera y le pidió una tregua al destino para acabar de publicar sus memorias. Tres años de calvario intelectual finalizaron con una biografía mermada de recuerdos y una carta donde culpabilizaba claramente a Fidel Castro de su última decisión.

Cuando terminó de escribir, apagó la luz, y entonces, por fin, se hizo de noche.

Me voy sin tener que pasar primero por el insulto de la vejez. Al pueblo cubano, tanto en el exilio como en la isla, los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy”.

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