Menas, indigentes y vacaciones

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

Llega agosto y muchos comedores sociales cierran. Lo hacen porque los voluntarios se van de vacaciones y no pueden atenderlos. Es una época en la que hay más fallecimientos de indigentes que en invierno. Y se mueren en nuestras calles literalmente de hambre. Normalmente, estos indigentes van donde puedan subsistir con mayor garantía y los comedores sociales ya no se la ofrecen en verano.

Por otra parte y según me comentan varios voluntarios y pude comprobar yo mismo en una parroquia, quienes sufren más las consecuencias de los Menores de Edad No Acompañados (MENAs) son, precisamente, los citados voluntarios que atienden a los indigentes y estos mismos necesitados.

La edad de los MENAS ronda los 15-16 años y su origen predominante es el magrebí. Son de carácter violento y a lo largo del invierno han invadido los centros de acogida, golpeando y escupiendo a los indigentes y a los voluntarios para quedarse con toda la comida. Para colmo, suelen esnifar pegamento que compran o roban (o consumen directamente in situ) en las tiendas y bazares chinos, llegando a los comedores sociales o centros de acogida perfectamente colocados. Hace años que vi en Francia y Suiza el mismo problema. Las soluciones en ambos países fueron totalmente opuestas.

El resultado actual basta con seguirlo en la prensa y responder con una pregunta muy sencilla: ¿dónde hay problemas y dónde no los hay?.

Los indigentes o inmigrantes adultos, muchas veces no entienden nada y le preguntan a los voluntarios que si están ahí para darles de comer, por qué motivo reciben ese trato. Poco a poco, los voluntarios dejan de serlo y tras las vacaciones, aún con más motivo, ya que muchos se preguntan si merece la pena volver a recibir ese trato.

Me consta que el único centro de acogida donde se impone el orden sin más alteraciones es el regido por las monjas de la orden de la Madre Teresa de Calcuta, que además es el mayor del centro histórico de Barcelona. Además, el vecindario está muy a su favor. Lo sorprendente es que no reciben ni un céntimo de subvenciones públicas.

Hace poco, Albert Batlle, el flamante nuevo teniente de alcalde de seguridad de Barcelona, planteó el «retorno asistido» de los MENAs. Un neologismo muy apropiado y acorde con los tiempos tan políticamente correctos que vivimos. Batlle aseguró que los conceptos de expulsión y expatriación “no forman parte” de su vocabulario, pero defendió el “retorno asistido” de los menores extranjeros a su país de origen. “Una cosa es coger un avión y enviarlos y la otra es que el retorno sea acompañado”.

Nada que envidiar a la “indemnización en diferido” de la Sra. Cospedal. Es decir, los escoltamos pagando el acompañamiento para disimular lo que es una necesidad urgente: la expulsión. Las excusas de que un menor estará siempre mejor con su familia, el interés superior y bla, bla, bla, bla… no son más que eso: excusas.

Si ni su familia es capaz de retenerlos a su lado porque el hambre o la ambición les puede, ¿qué milonga está contando el Sr. Batlle? Lo único cierto es que en Barcelona y en buena parte de Cataluña empiezan a ser un problema de seguridad ciudadana y el buenismo no aporta soluciones. Las puede disfrazar, pero no las aporta.

La actual administración de la Generalitat, tan generosa ella, anuncia que destinará 14,5 millones de euros a los municipios que alojen centros de menores extranjeros no acompañados. A ver qué opinan los vecinos de esos municipios. Tan solo baste recordar la tangana que se formó en Masnou entre partidarios de la acogida y de la expulsión. Los segundos protestaban por un intento de agresión sexual a una mujer presuntamente por un mena y los primeros para acusar al primer grupo de racista.

Lo anterior me recuerda aquel gag de José Mota en el que llega él como funcionario del gobierno, llama a la puerta de un vecino (Santiago Segura) y le va recordando todas las veces que firmó en defensa de inmigrantes saharianos, derechos humanos, refugiados kosovares, menas, etc… El vecino asiente a todo y por cada vez que firmó, el funcionario le va metiendo en casa a una representación de sus “defendidos” mientras las protestas del “solidario” se ahogan entre el jaleo de los acogidos en el piso.

Qué difícil es creerse aquello que predican muchos curas cuando dicen que Dios no se va de vacaciones. Qué fácil es ser solidario sin responsabilidad directa; es como disparar con pólvora del rey.

Seamos solidarios, ciertamente, pero hagámoslo de forma proactiva: «Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida». ¿No es más eficaz para los necesitados y barato para nosotros enviar maestros que enseñen a pescar que regalar los peces aquí?

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