McQueen: puro estilo

No sé si es la mejor película de Steve McQueen pero, sin duda, Bullit es su interpretación más icónica y la que le convirtió en ídolo juvenil y en modelo de estilo. El jersey de cuello cisne, la sobaquera o la americana de tweed marrón son ya prendas atemporales vinculadas al personaje

McQueen: puro estilo

Diez minutos de persecución sin diálogos y sin banda sonora serían suficientes para que esta película fuera recordada. Afortunadamente, Bullit (Peter Yates, 1968) es mucho más que eso y contiene muchos más atractivos que el memorable paseo en Mustang que nos brinda.

El detective de San Francisco, Frank Bullit (un Steve McQueen que merece párrafo aparte), es designado para proteger a un testigo estrella que acabará con la mafia y conseguirá el triunfo del senador de turno, el cual quiere venderlo como su gran éxito (un Robert Vaughn que ya reinaba como Napoleón Solo). En el piso franco el testigo es asesinado y Bullit, acusado de incompetente, inicia su investigación…

McQueen: puro estilo bullit

No sé si es la mejor película de Steve McQueen pero, sin duda, Bullit es su interpretación más icónica y la que le convirtió en ídolo juvenil y en modelo de estilo. El jersey de cuello cisne, la sobaquera o la americana de tweed marrón son ya prendas atemporales vinculadas al personaje y, por extensión, a lo que representa (nadie pone la gabardina al hombro como él). Y es que Bullit es un moderno samurái (el samurái de Delon y Melville se estrenaba en 1967), que habla poco y actúa mucho; que se mueve con elegancia y contesta con latigazos; y que no tolera que se metan en su trabajo y, menos, quienes no saben nada de él.

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McQueen: puro estilo bullit

La presentación del personaje es amable, pues conocemos a su pareja (veinteañera Jacqueline Bisset), y le vemos conviviendo con ella o cenando en restaurantes a la moda con música en directo. Sin embargo, ya intuimos que él no parece encajar y que la comunicación no es la ideal: “¿Algo excitante?” “Vuelve a dormir” “Es decir, no me lo vas a contar” “No es para ti” “Todo lo que haces es para mí”. Cathy quiere más, pero Bullit (como se decía del gran Germán Areta) vive para dentro y uno solo puede escuchar sus silencios… porque es lo que hay. Cuando casualmente ella le encuentra en una escena de un crimen sangriento y actúa casi con indiferencia, se horroriza y confiesa lo que ya sabemos: “Creí que te conocía. (…) ¿Es que no dejas que nada te afecte?”. Bullit, claro, no responde.

Como subrayando que el cine nunca será la televisión, frente a las series policiacas y de espionaje que ya triunfaban en los sesenta, Bullit incluyó esa persecución mítica que no estaba en la novela original de Robert L. Fish (en la que el polícia era un glotón de Boston e iba a interpretarlo un maduro Spencer Tracy). Las calles de San Francisco ya las había recorrido Scotty diez años antes buscando a Carlota Valdés pero ahora Bullit empieza siendo perseguido y se convierte en perseguidor (gloriosa aparición en el retrovisor de los villanos) y el romanticismo se convierte en vértigo: vértigo por la velocidad. Su amenazante Mustang lo vemos desde dentro, desde fuera, como copilotos, con cámara subjetiva… Las cuestas son devoradas, las curvas se pulen y hasta nos sorprendemos girando nuestro volante imaginario como tanto le gustaba al propio McQueen (algún giro fue improvisado porque se salió de las marcas… y quedó en la película). Un final explosivo y sangriento deja claro que llegábamos al fin de los sesenta y que empezaba una nueva era. Sí, el fin de Camelot también está en Bullit.

McQueen: puro estilo bullit

Y que los árboles, aunque frondosos e impresionantes, no nos impidan ver el bosque: hay otra persecución que no se suele recordar y es también brillante. El clímax final nos lleva a un aeropuerto, cuando el criminal de turno huye corriendo del avión sin darse cuenta de que le va a perseguir Bullit. A pie. De noche. En la pista de aterrizaje y con aviones despegando. Ese es el nivel y, por cierto, se dice que McQueen rodó él mismo bajo los gigantescos aviones igual que condujo el Mustang en la mayoría de la persecución. De ahí, también, el mito McQueen.

La resolución nos recuerda lo ya apuntado: hay cierto aroma de transición en la película y cierta tristeza sobrevuela a los personajes. Hay mucho plano casi documental de gente anónima viendo lo que pasa: crímenes, persecuciones… Ellos, nosotros, somos los protagonistas como espectadores. Espectadores de ese sueño americano que se resquebrajaba y daba paso a una nueva era de violencia y de políticos cínicos preocupados solo por ascender. ¿Qué le quedaba al trabajador normal? Bullit vuelve a casa y, por suerte, compasión o soledad compartida, Cathy todavía le espera dormida. ¿Y él? Hay miradas silenciosas al espejo tan elocuentes como las que nos hacemos todos los días para preguntarnos qué sentido tiene todo esto. Y no, no esperamos respuesta.

McQueen: puro estilo bullit

La película ganó el Óscar al Mejor Montaje (por la persecución) pero pudo haber conseguido muchos más. Sin ir más lejos, la banda sonora del argentino Lalo Schifrin, breve y puntual, pero muy efectiva, es otro de los elementos que todo el mundo recuerda, sobre todo con esos títulos de crédito llenos de sugerencias pop y que nos invitan a entrar a este mundo de cambios.

No lo duden, visiten San Francisco con Frank Bullit para marearse en sus curvas y bucear en su sordidez. Luego, mírense al espejo y traten de descifrarse o traten de comprender este mundo siempre cambiante.

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