’Mary Bell, “la niña asesina”’ de Marcos L. Herrador

No es sencillo leer libros así y menos salir indiferente del paso. Empatizar con Mary es fácil, quizás más que castigarla

Cuando hablamos de asesinatos de bebés, niños… nos repugna imaginar cómo alguien puede acabar con la vida de un menor. Aun así, lo primero en lo que pensamos es que el responsable es un adulto. Imaginémonos entonces si el causante de ese dolor es otro niño en edad escolar. Alguien que debería disfrutar de esa edad de la inocencia y solo conocer el amor de unos padres hacia él o ella.

¿Víctima o verdugo?

En la década de los 60 en Newcastle, Betty Bell, una joven de 16 años daba a luz a su hija Mary, cuyo padre no sabía a ciencia cierta quién era. Cuando la comadrona le puso a su bebé en los brazos, sus primeras palabras fueron: “aparta esa cosa de mi lado”.

Con esa frase se iniciaba la vida de la pequeña, que nunca llegaría a conocer el amor, el cariño y el calor de una familia.

De la mano de Mi expediente favorito -un proyecto editorial compartido con medios de comunicación como la radio- y de Sekotia editorial, nos adentraremos en las biografías noveladas de varios asesinos conocidos a nivel mundial por sus crímenes. ’Mary Bell, “la niña asesina”’ escrito por Marcos L. Herrador es el primero que tengo entre mis manos.

¿La edad de la inocencia?

Betty ejercía la prostitución en casa, una prostitución que rozaba el BDSM y a la que indujo a su hija Mary, que perdió su virginidad con ocho años, forzada a mantener relaciones con hombres mayores. Nadie supo nunca de esos abusos que se convirtieron en algo cotidiano para ella y en una fuente de ingresos para la desarraigada familia.

Esa niña empezó a tener carencias desde que nació. La empatía típica en los seres humanos se expresaba mediante el vacío; era fría, manipuladora, maltrataba a los animales y tenía ataques de ira; a su vez, buscaba el amor de una madre que era incapaz de dárselo e intentaba aferrarse a él de forma desesperada, encontrando no sólo rechazo sino humillación delante de la gente.

Esos rasgos son típicos de una persona con psicopatía pero, ¿era Mary Bell una niña psicópata? No. Era sociópata. La diferencia se puede ver años después cuando su vida se transformó por completo.

Durante su infancia, Mary tuvo la desgracia de no tener un patrón de educación, no había una figura paterna o materna que la orientara, y cuando la consiguió ya era tarde para algunos, aunque no para ella. Fue capaz de aprender, de empatizar, de arrepentirse. Incluso, de amar.

De niña asesina a madre amorosa

La vida de Mary se puede consultar en cualquier medio digital. Fue condenada a prisión culpable de homicidio por aplicación del principio de responsabilidad disminuida. Pasó su adolescencia recluida en instituciones para menores delincuentes y fue ahí donde conoció figuras masculinas que le marcaron unos límites. Tal vez eso fue su salvación.

Salió en 1980, con 23 años, habiendo pagado por sus crímenes y habiendo cumplido su condena, también personal. ¿Puede entonces conseguir tener una vida normal? ¿Lo merece? ¿Hasta dónde está el límite del perdón?

Incapaz de pasar desapercibida, solicitó una nueva identidad; cambiaba de domicilio cada vez que alguien daba con ella. Dio a luz a una niña y quiso protegerla, pero nadie en Inglaterra, especialmente los padres de aquellos menores asesinados, olvidó.

Perseguida por periodistas hasta la saciedad, en 2003 solicitó el derecho de ella, su hija y la descendencia de esta, a vivir en el anonimato por el resto de sus vidas. La norma, concedida vía judicial, pasó a llamarse decreto Mary Bell.

Como persona, y sobre todo como psicóloga, me pregunto qué cambió en Mary para ser la madre cariñosa en la que se convirtió después. Me cuestiono si la fuerza de la maternidad le despertó esa empatía y ese amor que le fue negado desde siempre.

Los estudios dicen que los sociópatas son capaces de aprender, de llegar a empatizar cuando salen de esa subcultura o entorno donde sus comportamientos pueden ser considerados normales. Porque la educación, el ambiente donde uno crece, acaba marcando quiénes somos y cuál es nuestro grado de adaptabilidad.

Vacío emocional

Leer esta biografía sobre la vida de Mary, ver quién fue y en quién se ha convertido, te permite llegar a pensar más allá de los hechos y preguntarte si ella, aparte de asesina, fue además víctima no solo de su propia infancia, sino también de un sistema incapaz de retirarle la custodia a una madre que abusaba su hija pequeña porque sencillamente nadie lo sabía. Es muy fácil culpabilizar a alguien –independientemente que este tenga diez años– por sus actos.

Creemos que todos estamos cortados por el mismo patrón y que si nos salimos de la norma es por una malformación, lesión a nivel cerebral o cuestión genética que nos impide comportarnos como seres «normales», siendo normal aquello que la mayoría de gente hace.

Mary no supo a relacionarse con los demás porque nadie le enseñó; no supo amar de manera afectiva porque su madre no la quería; no generaba vínculos adecuados porque nadie los generaba con ella; nunca conoció la seguridad ni la protección del hogar; maltrataba porque abusaban de ella física y psíquicamente. Aprendió que solo sobrevive el más fuerte, el que posee ventaja sobre los demás, y como tal, lo aplicó como forma de supervivencia.

“Ella estaba en el extremo de los que sufren. La única forma de no estar en el extremo de los que sufren era situarse en el extremo de los que hacen sufrir. Solo había fuertes y débiles”.

La única imagen que Mary tenía era la de su madre y ella era fuerte porque era la que aplicaba y generaba dolor a los demás. Ese era el espejo en el que Mary se miraba. Y comportarse así fue su bote salvavidas.

Por lo tanto, ¿hacia dónde ha de señalar el dedo acusador? ¿Hacia la madre, el sistema o Mary?

No es sencillo leer libros así y menos salir indiferente del paso. Empatizar con Mary es fácil, quizás más que castigarla. Su infancia quedó destruida y con ella, la de los dos niños a los que asesinó y sus familias. Es el efecto dominó de lo que una educación negligente, descuidada y sin disciplina puede generar en la persona.

Hace más de 500 años, Pitágoras decía que si educábamos a los niños no tendríamos que castigar a los hombres. El amor que unos padres pueden transmitir a sus hijos es la base donde se asientan todas la conductas posteriores. Es la ficha de ese dominó que hará mover todas las demás. La cuestión es: ¿hacia qué lado?

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