Marrakech, en busca de la joya del palmeral

Viajo como una golondrina, genial y desentendida, hacia el país de luz y el color. Alhamd lilah aladhi min khilal aistikhdam alqilm yaelamuna 'an natakhalasmin. Alabado sea el Altísimo que, por el uso de la pluma, nos enseña a salir de la ignorancia

Marrakech

Pincel en mano, Winston Churchill disfrutaba de una buena puesta de sol si el tiempo le permitía pintarla. El humo de sus recuerdos volaba tan alto como crecía su leyenda y, mientras el Primer Ministro inglés dibujaba atardeceres con la brisa de las palmeras acariciándole el cogote, la historia forjaba al personaje a golpe de anécdotas, retratos y efemérides.

Winston Churchill
Winston Churchill

Pocos lugares hay en el mundo como la Mamounia y muchos los locales donde se puede disfrutar de la esencia de Marrakech. La ciudad es, para los románticos empedernidos, la joya del palmeral y hoy vamos a descubrir sus tesoros.

Marrakech, musa y excusa

Al escritor Jack Kerouac (1922-1969) no le importaban los atajos si el camino le mostraba algo nuevo o desconocido y, desde luego, El jardín Majorelle ubicado en la famosa finca del diseñador francés Yves Saint Laurent (1936-2008) es uno de los motivos más bellos que tiene la ciudad para visitarla.

El pintor Jacques Majorelle (1886-1962), fue el artífice de tal creación artística y utilizó los colores primarios para destacar la belleza de las plantas, verdaderas protagonistas de la propiedad: el potente azul añil, típico de los pueblos bereberes, decora las paredes y contrasta con las pérgolas y fuentes moriscas donde predomina el naranja o el amarillo.

Descansando en el jardín Majorelle

El resto de tonos que componen la paleta de los verdes, marrones, grises y negros lo aportan los enormes cactus y suculentas que fueron traídas de diferentes puntos geográficos de los cinco continentes para su conservación y recreo. El jardín Majorelle es el refugio en plena tormenta de arena.

Sin embargo, lo primero que conoce el viajero cuando aterriza en este oasis de menta y hachís es la Plaza Djemáa-el-Fna. Si ustedes disponen de tiempo y paciencia, acurrúquense en una terraza con vistas al complejo y comprueben como los puestos de trabajo mutan a medida que cambia la luz de sol.

La vida alrededor de una Plaza

A primera hora de la mañana, cuando los adiestradores de monos todavía duermen, la Plaza se despierta entre el olor a naranja y limón confitado. Las mujeres despliegan sus chales con aroma a aceite de argán y buscan una mano inocente para adornarla con la pasta de henna. Si usted, mujer coqueta, se muestra interesada en tal decoración, enseguida será testigo de la destreza que tienen estas vendedoras profesionales para enseñarle lo que esconden en los bolsillos de su kaftán: las bolsitas de hierbas aromáticas para preparar té y los cristales de eucalipto que sanan milagrosamente los resfriados se entremezclan con las barritas de incienso que han sido preparadas por ellas mismas.

Plaza Djemáa-el-Fna por la mañana

Si el producto que le ofrecen le interesa, no se olvide de regatear. Los árabes son tan buenos conversadores que entienden como una falta de respeto la despreocupación del viajero que no lucha por un precio justo. In sha’ allh (Si Dios quiere).

Conforme se levanta el sol, los barberos montan su tenderete en plena calle, se despliegan los primero toldos, pasan los carros cargados con las verduras que servirán en sus puestos de comida, se mezcla el sudor de la muchedumbre con el hedor de los despojos del cordero y, con la tercera llamada a la oración, se percibe como el humo de los buñuelos empieza a cortar el aire. Probar las deliciosas chebbakias de miel es un placer no apto para los diabéticos.

La tarde es un lujo visual donde los cuentacuentos se apoderan de las inocentes miradas infantiles para describirles el agua que brota del desierto, la desdichada habilidad que poseen los faquires o las maravillas que se esconden en el interior de la cueva de Alibabá. Enigmas ingeniosos y humorísticos como los que se encuentran en el libro Adivinanzas saharauis(2004) de Fernando Pinto Cebrián que, según el escritor, “pertenecen a juegos de desafío en los que el ingenio se exige tanto al que construye la adivinanza como al que debe resolverla”.

Lara Adell en la plaza de Djemáa

Por las noches, el aire se llena del aroma de los cientos de puestos de comida que se asientan en la plaza, representando la riqueza de la cultura gastronómica que envuelve este país. Cordero, marisco, verduras y caracoles. No hay menú que no se adapta al paladar del viajero. Eso sí, asegúrense de que el vendedor del puesto de comida que hayan elegido entiende la diferencia entre vaso de plástico desechable y vaso de plástico reutilizable. Se llevaran una sorpresa (y no grata) si el cocinero no es cuidadoso con este detalle.

Historias de Marrakech (2005), de Mahi Binebine(1959), retrata la ciudad cuando ya no hay luz, captando las siluetas de las personas que conviven aletargadas entras las sombras y la oscuridad. Mendigos, encantadores de serpientes, charlatanes ambulantes. La vida nocturna reclama sus derechos y el escritor, con una increíble precisión nativa, complace al lector con infinidad de minuciosos detalles. En la edición de Abada Editores, el texto va acompañado de las fotografías de Luís Asín.

El escritor Mahi Binebine

Al alba, cuando el bullicio de la Plaza por fin cede, nace la vida limpia y pura y, con ella, las misteriosas mujeres que surgen de las esquinas de los zocos envueltas en su haik negro. Los hombres las miran de reojo mientras recogen los toldos de sus puestos de comida y los niños corren hacia la escuela con el coscorrón del progenitor todavía caliente en su cabeza. Balek!! Balek!! La Medina despierta y todos se mueven alegres buscando el vuelo de las cigüeñas.

La poesía del desierto

Si están agotados de observar tanta vida, el paseo hasta El jardín de la Menara es reconfortante y atípico. La mezcla arquitectónica del complejo es una fusión entre las casas de pescadores que salpican la Albufera valenciana y los espejismos que se reflejan en las fuentes de los patios de la Alhambra. El escritor Mauricio Wiesenthal (1943) compara este hechizo natural con el monte de los olivos, sin embargo, es imposible adjetivar un atardecer en este enclave sin que el derroche de palabras no suene verborreico.

El libro de Wiesenthal, Atardecer en el palmeral (2016) es la historia autobiográfica de un muchacho enamorado de la vida con un destino que lo acercará a las historias encantadas de Marrakech y lo alejará del amor de la bella Zohra, una joven coqueta a la que, en palabras de Wiesenthal, “le gustaba ponerse brazaletes y anillos, broches y pendientes que se movían bajo su velo. La sencillez de esos cobres era, para mis ojos, como la modestia de su corazón”. Si quieren descubrir la poesía del desierto, busquen esta obra y disfrútenla.

La Menara

Las aventuras de Ali Bey

Todas las descripciones son un compendio de singularidades y todas las sensaciones agrupan la misma impresión: Marrakech es un atracón de colores sujeto al gusto del consumidor que no se cansa de ella hasta que las el sabor de las especias le sale por pelillos de las orejas.

Muchos exploradores recorrieron estos lugares impresionados por el paisaje misterioso al que volvían una y otra vez escribiendo sus diarios de viaje bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite. Uno de ellos, quizá en más conocido y popular, fue Domingo Francisco Jorge Badia y Leblich, militar, espía, arabista y aventurero español conocido por el sobrenombre artístico de Ali Bey (1767 – 1818).

Cuando Ali Bey llegó a Marrakech en el año 1803, pensaba que estaba dentro de un sueño, por lo tanto, infiltrarse en el desconocido mundo árabe no le supuso ningún esfuerzo. Pese a estar sometido a los designios de la Corona Española, disfrutó del destino hasta tal punto que se convirtió al islam y cambio su nombre adaptando su vida a los designios del destino.

Leer sus vivencias en el libro Viajes por Marruecos (1814) es descubrir una tierra lejana en el tiempo pero presente en las sensaciones, volver a soñar lo soñado sabiendo que por más que conozcamos la ruta las ilusiones no se terminan y que nosotros, como buenos administradores, seguiremos disfrutando en pequeñas gotas la maravillosa esencia que se condensa entre las puertas de esta encantadora y empalagosa ciudad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here