Marchena obligado a hacer “la cobra”

Carlos Quílez Lazaro

No salió bien la jugada. No le dejaron otra opción. O renunciaba o asumía su papel de marioneta.

Manuel Marchena, el presidente de la sala penal del Tribunal Supremo, el hombre al que “íbamos a controlar desde detrás” en palabras imprudentes y delatadoras del portavoz del PP en el senado, Ignacio Cosidó, ha optado por la única salida que le quedaba a alguien de su condición: la pose gallarda, altiva y airada de quien no sólo lo es sino que, además, quiere -necesita- parecerlo. Su señoría ha renunciado a su candidatura a presidente del CGPJ y del Alto Tribunal.

Claro. Marchena, apurado, ha precisado aparentar decencia y dignidad porque de lo contrario, si tardaba, perdería el pedigrí sobre el que descansa cualquier gran toga con ínfulas de poder: la buena reputación. Y un juez, sin buena reputación pasa del nirvana al infierno en un plis.

Marchena ha hecho lo único que podía hacer pero ha perdido un tren que ya nunca volverá a pasar, el de los servicios prestados.

«la llave del calabozo en este país está en manos de unos pocos, apoltronados y todopoderosos: los magistrados del Supremo.»

No me creo la pose. No me creo que él no estuviera al corriente, incluso que no fuera ausente, con la jugada maestra urdida por el PP y que en un anterior artículo de eltaquígrafo.com titulado “Todo se mueve para que nada cambie”, tratamos de desentrañar: el PP le robó la cartera al cándido de Sánchez cuando le colocó a Marchena al frente del CGPJ. O eso, o hubo un cambio de cromos entre PSOE y PP (pasteleado en la cocinas de esa trastienda donde toman vino y torreznos y ríen y maquinan los hombres de negro de los grande partidos), que no me quiero ni imaginar.

A Marchena le ha salido mal la jugada. Al PSOE se le ha puesto la cara de pánfilo que se le pone al niño zampabollos que regresa a casa sin canicas cuando había salió de ella con una bolsa llena.

Mientras los socialistas se resitúan tras el bochorno que tratan de evitar pero que les salpica inequívocamente, el PP, con más tiros y hechuras entre fogones, ya piensa en un plan B.

Los populares saben mejor que nadie que la llave del calabozo en este país está en manos de unos pocos, apoltronados y todopoderosos: los magistrados del Supremo. En sus manos está el “procés”. Ellos son la última instancia. Si hay que salvar a España de lo que sea, siempre nos quedará el Supremo.

Lo de Cosidó no es sorprendente pero si es alarmante. Y más alarmante (e igual de poco sorprendente) es que no pase nada. Asumámoslo: así funcionan las cosas en este país.

Pero, a pesar de todo y aunque nos lo pongan fácil, no nos cebemos con el PP que, al postre, tantos titulares nos dan (“Luis se fuerte…”) con esa torpeza e incontinencia que inflige a sus fieles la supremacía aristocrática y capitalina del partido que montó Manuel Fraga.

Seamos justos: El pasteleo, la burla al estado de derecho y el cinismo político e intelectual no es patrimonio sólo del PP. Hay decenas de casos análogos al de Cosidó y Marchena.

«Estevill odiaba a aquellos con los que compadreaba pero, a la vez, necesitaba estar entre ellos para salpicarles con su orín.»

Por ejemplo, el queprotagonizó la CDC del Pujol y el juez Luis Pascual Estevill… ¿recuerdan?, aquel magistrado -el instructor número 26 de Barcelona-, que habano en ristre y trajeado en las mejores sastrerías de la Diagonal, se erigió como “la bestia negra de la burguesía catalana” -la burguesía catalana era CDC-.

Estevill, un personaje complejísimo desde el punto de vista psicológico, odiaba a aquellos con los que compadreaba pero, a la vez, necesitaba estar entre ellos para salpicarles con su orín. Don Luis, como le conocíamos todos allá por los 90, buscaba en las mayores cotas de poder a su alcance el combustible que reclamaba su psicopatía y que iba a impulsar suvenganza contra los que nacieron en una cuna diferente a la suya.

Por lo tanto, su vida profesional (quizá también la personal) fue una carrera para conquistar poder. Por eso Don Luis aceptó la “inteligente” propuesta envenenada del triunvirato Alavedra, Roca y Molins.

Estevill aceptó con anuencia. Estos tres prohombres de la política catalana durante la década de los 80 y 90, no tardaron ni un minuto en convencer a Jordi Pujol para que Estevill fuera el candidato propuesto de CDC a una de las vocalías del CGPJ.

Sentarse en el Consejo General, algo quimérico para un hombre como él, hijo de un humilde pastor de cabras de Tarragona que acabó la carrera de derecho pasados los 30 años, estaba al alcance de su mano. Y Estevill aceptó, claro, el poder es fascinante, excita, como lo hace el alcohol, antes de narcotizar y de provocar luego la subsiguiente resaca.

Un día le pregunté Estevill, si era consciente de que CDC le había dado un patada para arriba sacándolo de su humilde juzgado dónde él -como lo es cualquier juez con ínfulas psicóticas-, era poco menos que dios. “Lo sé, Quílez, lo sé, y me gusta”, me dijo sin mirarme a la cara -nunca lo hacía-, mientras paseábamos en las inmediaciones del salón de Los Pasos Perdidos del Palacio de Justicia de Catalunya.

Y lo entendí todo. Mirando de reojo a aquel juez justiciero y corrupto, aquel día lo entendí todo. No hay diferencia entre Marchena y Estevill. No veo diferencia entre el PP y CDC. Todo se mueve para que nada cambie. Qué triste todo…

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