Luis Artigue: «Lo del marisco es una leyenda urbana. La música de Miles Davis sí es afrodisíaca»

Luis Artigue: «Lo del marisco es una leyenda urbana. La música de Miles Davis sí es afrodisíaca»
Luis Artigue plasma de nuevo su pasión por el jazz, en su última novela.

El novelista y columnista de eltaquigrafo.com, Luis Artigue (León, 1974), tras el éxito de su anterior novela Donde siempre es medianoche (Premio Celsius a la novela de ciencia ficción, fantasía y terror del año), vuelve a la actualidad editorial con un nuevo relato histórico, fantástico, terrorífico, negro y muy musical, titulado Café Jazz el Destripador (Ed. Pez de Plata, ilustraciones de Ángel de la Calle). Es un original biopic sobre los años oscuros vividos en Nueva York por el trompetista de jazz, Miles Davis (un Miles Davis enganchado a la heroína y dando tumbos por el barrio de Harlem, junto a su maestro, Charlie Parker, y entre gánsteres, bourbon, coristas, matones con sombrero de ala ancha y redadas de la brigada de narcóticos), hasta que ya no puede soportar sus adicciones, toca fondo y decide desengancharse. Pero no recibirá ayuda de un centro de desintoxicación, sino de un exorcista.

¿Tú por qué escribes?

Para añadir vida a la vida.

¿Y por qué has escrito una novela sobre un músico de jazz?

Porque desde que era adolescente, para mí el jazz es una respuesta directa y sincera al dolor, la incomprensión y el aburrimiento.

De hecho no es la primera vez que escribes sobre esta música, pues ya lo hiciste en tu libro Tres, dos, uno… ¡Jazz! (2006, Premio Ojo Crítico de RNE)…

Amo el jazz desde los 17 años, cuando, durante nuestro común calvario hospitalario, una compañera de la habitación de al lado (en la planta de neurocirugía del hospital Ramón y Cajal, de Madrid), una muchacha con una sonrisa magnética, la cabeza afeitada y un tumor cerebral letal, venía hasta mi habitación y me ponía, en Radio 3, un programa de jazz de Juan Claudio Cifuentes. Y, en verdad, este amor me ha hecho coleccionista de discos, libros y conciertos a los que he asistido en diferentes ciudades del mundo, y de los que nunca regreso del todo… Por eso, volver a escribir sobre jazz, para mí tiene algo de peregrinación constitutiva. 

¿Por qué precisamente una novela que finge la vida de personajes históricos?

Me apasionan las biografías (un género, por cierto, sin mucha tradición en nuestro país), pero no solo por esa mezcla de erudición y de desvergüenza que te lleva a asomarte a vidas ajenas por el placer de indagar en la peripecia vital de los personajes retratados, no; a mí me gusta leer biografías más bien fijándome en lo que tiene que ver con el personaje central, en sus zonas de sombra, en sus emergencias morales, en sus ámbitos de secreto y de misterio, en sus dobleces… 

¿Y qué te ha aportado como novelista ser tan aficionado a leer biografías?

Leyendo biografías de personajes históricos, uno puede descubrir, si lee entre líneas, que las etapas de sus vidas, como las de cualquiera de nosotros, no son el paso de un punto a otro, sino que son el resultado de una errancia; la búsqueda del intervalo como forma de vida. 

¿Por qué tan meticuloso interés, en concreto, por la vida de Miles Davis?

Recuerdo que, durante aquella convalecencia hospitalaria larga y lenta (leer entonces, me sanó y me salvo la vida, y lo sigue haciendo), cayó en mis manos el libro Miles, la autobiografía. Es un texto duro y potente, sí, pero que tiene un tono casi oral, como si fuera algo dictado, como si fueran las respuestas que Miles le daba a un entrevistador —o a un psicoanalista—, dos años antes de su muerte. Me impresionó. Ese libro me llevó a otro, una biografía más objetiva, menos narrativamente caótica y muy documentada, firmada por Ian Carr y titulada La biografía definitiva. ¡Decepcionante! Sin embargo ese libro me llevó a otro de John Szwed, titulado So what. The life of Miles Davis, el cual me interesó bastante pero me produjo mucha agitación. A su vez, ese libro me llevó a otro fascinante de Ashley Kahn, titulado Miles Davis y Kind of blue: la creación de una obra maestra. Y ese libro me llevó a otro decisivo (Miles on Miles: Interviews and Encounters with Miles Davis), que adquirí en la sala Playel de París, tras un memorable concierto, y a otro también sugestivo de Howard Mandel, titulado Miles Davis (Life & Times), que compré en una pequeña librería de Nueva York. Poco a poco, a base le lecturas y de escucha de música en directo, me fui apasionando por ese genio de las sonoridades audaces cuya vida era, también, un significante dislocado. 

¿Entonces querías escribir tu propia biografía de Miles Davis?

Todo lo contrario. Empaparme de literatura tan diferente, y a veces hasta dispar, sobre la vida de Miles Davis, me hizo ver las limitaciones del género biográfico, que son las limitaciones del ser humano para ver a cabalidad al otro (abstrayéndose de verdad de uno mismo y de las proyecciones que hace uno mismo en el otro): vi la imposibilidad de cazar de manera realista al otro, de atrapar ese yo ajeno que se escapa infinitamente… Entonces, supe que una aproximación a un personaje tan poliédrico no debía de ser una biografía, sino una novela, y no una novela realista, sino una híbrida mitad histórica; en parte, novela fantástica; en parte, novela negra; en parte, novela psicológica; en parte, novela de terror reencarnacionista; y, en conjunto, inclasificable, como ya lo era mi novela anterior Donde siempre es medianoche.

¿Y cómo se te ocurrió conectar la vida de Miles Davis con la de Baudelaire?

Tiene también que ver con mi condición de lector de biografías. A la par que leía sobre Miles, me interesó mucho también la vida de Baudelaire, adicto al hachís, pero genial tanto en su faceta lírica como en la de crítico de arte y traductor de Edgar Allan Poe (cómo olvidar la poesía de Baudelaire, sus cartas a su madre, y la biografía sobre su amigo Theófile Gautier, que el propio Baudelaire escribió y en la que dice tanto de sí mismo; o cómo olvidar la genial obrita de Gómez de la Serna El desgarrado Baudelaire; o la biografía novelada o novela biográfica de prosa pomposa, titulada Baudelaire, que firma González Ruano; o el profundo, psicoanalítico y genial Baudelaire de Jean Paul Sartre; y sí, el no menos profundo ensayo titulado Baudelaire, de T. S. Elliot, etc.)… Y lo que me interesó fue lo mismo: que demostrara que sí se puede acceder a estratos más expresivos de la personalidad, desarreglando los sentidos, desarreglando la percepción normal de las cosas, hasta alcanzar logros expresivos notables. 

¿La idea esotérica que cohesiona el argumento de la novela, quién te la dio?

Sartre fue el que me dio esa idea esotérica: Sartre hizo en su obra sobre Baudelaire un famoso psicoanálisis existencial del poeta, tomando como punto de partida un rasgo muy conocido del artista adulto, lo que se conoce como «la superstición de la diferencia», y obtuvo conclusiones que no pueden ser verificadas en los hechos de su vida, especialmente en la infancia. Tras la de Sartre, me adentré en las biografías de Baudelaire que hay en español (que yo conozca, en español hay tres biografías principales de Baudelaire, a saber, la más reciente y completa Juego sin triunfos, de Mario Campaña, que es un ensayo novelado que, en entre otras cosas, presenta la figura del autor francés como un férreo defensor de la «independencia, la libertad y la soberanía» de los escritores frente al mercado, y otras dos biografías mucho más literarias y mucho más famosas, como lo son la obrita de Ramón Gómez de la Serna, El desgarrado Baudelaire (de 1929), y la de César González Ruano (Baudelaire, de 1931), pero que se escribieron antes de que se dieran a conocer documentos fundamentales sobre la vida y la obra del poeta —como por ejemplo, su correspondencia completa, sus libretas, sus diarios íntimos y sus obras póstumas, difundido todo a partir de 1950—). Pero todo eran escalones que llevaban a un destino, esto es, a la biografía definitiva: la más completa de las biografías de Charles Baudelaire que se ha publicado es, a mi juicio, una de la que son autores Claude Pichois y Jean Ziegler, y cuya edición original, en francés, salió al mercado en París, en el año 1987 (ocupa un volumen de cerca de 800 páginas, se basa en las numerosas investigaciones y ensayos sobre el poeta realizados desde su muerte, en 1867, entre las que destaca el clásico estudio de Eugène Crépet, de 1887, y con mucho rigor, los autores abordan la figura de Baudelaire desde un punto de vista tanto histórico como psicológico). Lo de unir las biografías de Miles y de Baudelaire, sin embargo, es cosa mía, pero hasta para mí es puro misterio.

Por lo que nos cuentas, hay una novela en las circunstancias en las que descubriste el jazz y te documentaste sobre Miles Davis y Baudelaire. ¿No pensaste en salir tú en tu novela? 

Siempre tuve claro que, al utilizar narrativamente todo este material, debía mantener la distancia escénica (la distancia entre personajes y narrador). Primero, por la distancia del tiempo y del espacio y, segundo, porque yo no tengo gran fe en el «yo» que asume el autor cuando escribe sobre alguien real. Arthur Rimbaud, en este sentido, decía eso tan maravilloso de ‹Yo es otro›. Eso podría servir como inspiración para quienes escriben biografías en primera persona, pero yo quise mantener la distancia y desdeñé, por eso, salir en la novela, y hasta desestimé la primera persona narrativa.

Tu nueva novela transcurre en dos ciudades diferentes (Nueva York y París), en dos épocas diferentes (la revolución de 1848 y la revolución musical de 1945) y, sin embargo, cuenta una sola historia, la del mal creativo… 

¡Qué misterioso es el mal creativo! Esa suerte de corrupción legítima que supone el mal, es el nutriente de la novela gótica, de la música de jazz y de la poesía decadentista, y estos son los tres componentes de esta novela sobre el demonio de la creatividad y el dios de la creación; esta novela sobre Miles Davis, Charles Baudelaire, y lo que ambos tienen de brillante y revolucionario fallo sistémico de las convenciones canónicas hegemónicas.

Miles Davis, en estas páginas, es una suerte de Dante que es conducido por el infierno del barrio de Harlem por un curioso Virgilio, su maestro talentoso y maligno, Charlie Parker…

Sí, Charlie Parker es un Virgilio satánico; es el epítome del genio maldito: un personaje idóneo para dar cuenta de que el malditismo, en esencia, es una forma de subjetivización disidente que crea adeptos. El maldito, en cuanto que seguidor de una religión invertida, necesita discípulos, y por eso es magnético y arrastra, a pesar de que su camino concluya en el abismo.

En verdad también encontramos una parte política en esta novela, una identificación con la lucha por salir adelante en el mundo,  y por ser ellos mismos, de los músicos de jazz y de la gente con talento rompedor que no encaja en lo que se entiende por normal…

El jazz estridente, por ser hijo de la música africana de los esclavos negros de los campos de plantación de algodón, y por haber crecido artísticamente en los tiempos de la lucha por los derechos civiles en EEUU, tiene mucho de significante político y de metáfora de lucha, pero, a mi juicio, también el jazz suave, que no quiere ser música que amanse a las fieras, sino, sobre todo, una estrategia para despertar.

En Café Jazz el Destripador Artigue conecta a Miles Davis con Baudelaire

¿Cuáles han sido tus influencias a la hora de escribir esta novela? ¿Te has inspirado en la literatura sobre música de jazz? ¿En la novela fantástica, negra y de terror? ¿Te sientes también influido por escritores contemporáneos y de tu idioma?

Mis escritores clásicos favoritos sobre jazz son Julio Córtázar (Rayuela) y Phlilip Larkin (Escritos sobre jazz), aún por encima de Boris Vian y Jack Kerouac. De los narradores contemporáneos, he leído con mucho interés la novela de Michael Ondatje El blues de BBuddy Boldem, y Jazz, de Toni Morrison; con menos interés, pero con gusto, Jazz blanco, de James Elroy, y Un invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina. Me fascinan los Cuentos de la era del jazz, de Scott Fitzgerald, y Rayuela y El Perseguidor, de Cortázar, por citar solo algunos ejemplos. Pero también me he nutrido mucho de la novela realista con impregnaciones fantásticas que hacen genios de nuestro tiempo, como José María Merino, Cristina Fernández Cubas y Juan José Millás;  la novela histórica oscura de Anne Rice y la novela de terror de Stephen King.

¿Toda novela biopic sobre un genio triunfador es, en el fondo, una novela fáustica?

Eso parece, pues para ser triunfador, como nos enseñaron los clásicos, hay que pagar un precio. Pero eso es algo que se oculta en las autobiografías, en buena medida, también en las biografías, y que aflora en las novelas biográficas. Por eso, como ya mostré en mi novela sobre la pintora surrealista Remedios Varo, La mujer de nadie, yo soy partidario de los híbridos de ficción y realidad, porque la ficción pura termina absorbiéndolo todo. Pero sí, hay que pagar un precio.

¿Podría decirse que esto es una novela de amor a la música?

El jazz, en mi año largo de convalecencia hospitalaria y de absorción pasiva y desesperada de información y de cultura revitalizante, entró en mi vida como un torrente. Era la intensidad sonora. Era la construcción rítmica insurgente y reactivadoramente utópica. Era el desequilibrio brillante entre sonido y sentido (más allá de esa máquina de normalización y normativización que es la sonoridad  sinfónica ordenada, correcta y equidistante con la humana irregularidad). Ah, música libre, sin partitura, sin orden ni concierto, sin ley; era un revulsivo y, además, era una metáfora fértil: un pueblo se liberó de las cadenas mediante esa música, como yo acaso podía liberarme de las cadenas de la enfermedad súbita y grave mediante mi apasionada creatividad. 

¿Cuándo el amor a la música de jazz se transformó en fascinación por el músico de jazz, Miles Davis?

¡Me gustaban mucho por eso, por su intensidad sonora y por sus melodías inasequibles al desaliento y repletas de laberintos armónicos, el bebop revolucionario de Charlie Parker y sus discípulos, y hasta el free jazz de Ornette Coleman y demás! Pero no siempre era fuerte durante mi calvario, como nos pasa a todos. Descubrí así mi debilidad, mi vulnerabilidad extrema. Y descubrí que había otro jazz heredero del blues con menos notas y un sonido largo y lento que sabía extraer verdades de la tristeza. Y me enamoré del pionero saxofón de Lester Young… Y de la trompeta de Miles Davis en su etapa cool… ¡Y me deslumbró a perpetuidad el disco Kind of blue, cómo no! ¡Aún tengo envidia de quien puede escuchar la balada Blue of the Green por primera vez!

¿Cómo pudo, sino, Miles Davis, un tipo desgobernado, adicto a la heroína y mil drogas más, egoísta como un monstruo y que no conocía el amor, capaz de hacer algo tan sutil, sensible y matizado como el disco Kind of blue? 

La respuesta a esta pregunta empezó a vislumbrarse en mí una tarde en casa de mi amigo y maestro, Antonio Martínez Sarrión, un enamorado del jazz y, a mi juicio, el mejor traductor de Las flores del mal, de Baudelaire, al castellano, cuando, en su prolija erudición, me conmino a leer un libro de Roberto Calasso, titulado La folie Baudelaire. Así encontré la conexión fantástica y esotérica, entre Davis y Baudelaire, que me llevó a entender, y a tratar de hacer entender mediante esta novela, por qué el mal es tan creativo. Es una novela histórica oscura (si lo decimos con la terminología de Anne Rice) o un thriller esotérico (si lo decimos con la acuñación teórica de Stephen King), que contiene dos biografías dentro pero que, sin embargo, también es muy autobiográfica: yo he hablado muchísimo de mí mismo en esta obra, pero usándome como material para la invención del «yo» biografiado, y de los otros yoes que circundan al biografiado. Sí, todos somos legión, y todos, al leer sobre la vida de los otros, deseamos ser testigos de ese cruce de líneas independientes que produce una sorpresa, y cuyo choque impensado y absurdo da como resultado una clave universal. 

Y en esta novela, como en todas las tuyas, has dado una gran relevancia a los personajes femeninos. 

Por la vida sentimental de Miles Davis, hubo muchas mujeres que pasaron, pero solo dos que se quedaron: Juliette Gréco (la musa de Sartre, Boris Vian y los existencialistas, a la cual el trompetista conoció durante un concierto en el Festival de Jazz de París; una chica con glamour, misterio, elegancia, estilo y ritmo; sí, una a la que él llama la Venus blanca, y ante la cual se siente más inspirado que nunca cada vez que la mira) y Frances Taylor (la Venus negra, una bailarina proteica, sensual, salvaje y magnéticamente arrolladora, de esas que sabes que tiene encanto, peligro y trampa; sí, de las que podrían hasta hacerte cometer un crimen debido a que su perfume o su manera de fumar te habrían vuelto transitoriamente loco). Pero en la vida de Baudelaire, esto se acentúa: una hija bastarda y justiciera, y una santa con sífilis con el motor argumental de esta novela.

Una novela histórica, un thriller esotérico, un biopic pulp, una novela negra, una novela realista con impregnaciones fantásticas… ¿De qué género es Café Jazz el Destripador?

Yo, en su día, estudié, curricularmente, literatura, pero hoy ya no necesito saber de qué género es lo que leo, y menos aun, lo que escribo: la literatura es el disolvente de los lenguajes normativos. Por eso, escribir novelas híbridas, en mi caso, por lo que tiene de modo de rebasar las fronteras epistemológicas, se parece a partir desde ahí, desde lo regladamente aprendido, con rumbo a uno de esos países sudamericanos tipo México o Perú, con el suficiente nivel de anarquía como para que la fiesta del lenguaje lo sea también de la libertad, de la heterodoxia, de la diversión y la pasión: sólo así puede uno llevar a cabo la muy política empresa de contarles a los demás historias que previamente eran incapaces de imaginarse, y convencerlos de que es razonable creer que lo inimaginable suceda.

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