Los viejos caimanes

Los viejos caimanes

Los he conocido de todo tipo y con diferentes uniformes, desde mis clientes permanentes del Grupo de Atracos de la Policía Nacional, a los Servicios de Información de la Guardia Civil de Cataluña o Inchaurrondo.

Son muy diferentes entre sí, simpáticos, antipáticos, con galones, con estrellas o sin ellas, aunque suelen llevar el pecho cargado de medallas en los actos oficiales.

Algunos, trabajadores infatigables, otros solucionan las cosas de forma rápida y luego deciden lo que hacer con su tiempo.

Las comidas o cenas con ellos suelen ser eternas, les recuerdo encendiendo puros baratos, pero eso si trayéndome a mí un Montecristo, todo un tesoro.

Empecé con ellos cuando era un pipiolo de abogado, me sonreían y enseguida aprendí a no preguntar por lo que no me querían explicar, ni a mí, ni al juez, ni a su propio jefe, porque ambos sabían que hay cosas que no hay ni que comentarlas.

A veces algunos ironizaban de mis aires de «niño bien» de «pijo» de apellido altisonante, para luego darme unas palmadas y decirme «eres listo chaval y los tienes bien puestos».

Han llegado a enfrentase entre ellos, en alguna ocasión incluso puesto sobre la mesa los hierros, pero lo tienen claro los trapos sucios se lavan en casa.

Jamás abandonan al compañero y se gana el respeto el mando que da la cara.

Los caimanes tienen piel dura y colmillos afilados, pero a su lado aprendí a no odiar, su filosofía es sencilla al malo se le detiene y al enemigo se le vence, pero el odio es cosa de otros como por ejemplo muchos políticos que no saben de verdad lo que es un enemigo.

Un caimán con estrella de General me dio la mejor minuta de mi vida cuando me impuso la Cruz de Plata de la Guardia Civil. Va por ti Ángel.

Publicado en La Razón

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