Los soldados de Cataluña

La oportunistamente distraedora quimera de la independencia es un señuelo que conviene presentar en estos tiempos en los que la corrupción se ha vuelto indisimulable

Luis Artigue

¿Quién en términos históricos fundó Cataluña y cómo y cuándo? ¿Qué es dese el punto de vista geopolítico Cataluña de verdad? ¿La historia y la geopolítica pasada y presente nos enseñan que las naciones las construyen los soldados o eso es sólo cosa de novelas?

Hace unos años, al albor de su éxito, reeditaron de nuevo (Ed. Seix Barral) la primera novela de Eduardo Mendoza, una historia-puzzle con estructura fílmica de película de juicios que trata sobre la Barcelona de los años del pistolerismo –tras la primera guerra mundial-, y que el autor originariamente tituló LOS SOLDADOS DE CATALUÑA, pero que la censura obligó a que se titulara LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA.

En esas páginas se narra la truculenta aventura de Javier Miranda, que no es sino un chico de Valladolid que, como tantos de Castilla y el resto de España, viaja a Barcelona en busca de trabajo. Empieza en un despacho de abogados a cargo de Cortabanyes, pero pronto conoce al que será su mentor, el empresario francés Paul André Lepprince.

La obra narra esa asociación castellano-francesa en Cataluña, ese matrimonio de conveniencia empresarial, y los turbios sucesos que llevaron a cabo, sobre todo Lepprince, por las ansias de poder. También se trata de fondo el tema del amor, la energía que mueve el mundo incluso en tal contexto, a través de la enigmática y fascinante María Coral, quien vuelve loco de amor a Lepprince.

El texto ficcional culmina con grandes revueltas en Barcelona, y con la muerte de Lepprince en extrañas circunstancias, y con el castellano Miranda emigrando de nuevo, esta vez a Nueva York, aunque hoy bien podría haber finalizado con la historia del President inhabilitado Quim Torra como un President inhabilitado Artur Mas reduplicado, haciendo también lo posible y lo imposible porque no se hable de la pujolísima Convergència i Unió, ni de su gestión, ni de las corruptelas demostradas, ni de las responsabilidades no asumidas, ni de otra cosa que no sea la oportunistamente distraedora quimera de la independencia, que es un señuelo que conviene presentar en estos tiempos en los que la corrupción se ha vuelto indisimulable y haría por sí misma perder votos y distraer a los jerarcas hegemónicos postconvergentes del designado objetivo de seguir en el poder contra viento y marea, eso es, aunque para eso –¡madre mía, el miedo cava tumbas en mis ojos sólo de pensarlo!- haya que volver a poner en pie de guerra a los soldados de Cataluña.

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