«Los ratones de Dios» …si las piedras hablasen

Corría el mes de julio de 2011 cuando las portadas de los periódicos y los titulares de los telediarios daban la exclusiva: El Códice Calixtino ha desaparecido.

Para los que no conocíamos ese libro, la noticia pasó sin pena ni gloria, al menos durante las primeras horas. Luego vendría la incesante y mediática búsqueda por los rincones más insospechados del panorama internacional, con la élite política y la Interpol trabajando a destajo
– «¿Qué han robado el Códice qué?
– Calixtino, el Códice Calixtino»

El periodista de sucesos Luis Rendueles (Gijón, 1967) retrata la investigación que llevaron a cabo durante doce meses el grupo de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional junto con el juez José Antonio Vázquez Taín, una eminencia conocida por su lucha contra el narcotráfico y por llevar a cabo la investigación del crimen de la niña Asunta.

«Los ratones de Dios» es una novela repleta de documentos policiales y judiciales, entrevistas a personas implicadas en la búsqueda del queso más exquisito que albergaba el majestuoso templo de la Plaza del Obradoiro, la catedral de los peregrinos, la Catedral de Santiago.

Campus Stellae

Campus Stellae (Compostela) fue una ciudad construida para la Seo. Su nombre original era Campo de Estrellas en alusión a la milagrosa lluvia de estrellas que cayó, según cuenta la leyenda, sobre el sepulcro de Santiago, convirtiéndose en lugar de peregrinación del cristianismo por detrás de la Tierra Santa y la Basílica de San Pedro.

Y para esos peregrinos el Códice Calixtino era su referente, la primera guía de viajes del mundo. Un Códice ‘Iluminado’ decorado con oro, plata y miles de ilustraciones. Una obra rodeada de misterios y controversias, al igual que su desaparición y que convirtieron a su Catedral en un laberinto. Una encrucijada donde el oscurantismo, el nepotismo y la Omertà (la ley del silencio) eran las respuestas con las que tuvo que lidiar el equipo de investigación.

Viajamos a la Edad Media

Leer a Rendueles, ponerte en la piel de Ana (principal investigadora del caso) junto al inspector jefe Antonio Tenorio, y cruzar las puertas de la Catedral de Santiago ha sido trasladarse a la Edad Media. De hecho, es la edad de los que allí viven y conviven, o al menos lo intentan, entre dos bandos y bajo una guerra de sotanas. Un mundo de tinieblas. Un lugar regido por sus propias reglas. Una sociedad independiente y ajena al mundanal ruido exterior donde las cosas se iban a hacer según la manera que dictaran los hombres del templo, los canónigos, con su deán a la cabeza.

El papel de los investigadores fue pulcro y minucioso. Se realizó un análisis exhaustivo de cada una de las personas que podrían tener algo que ver con la desaparición del extraño códice. Un desnudo integral de sus pasados, sus miedos, sus miserias. Sus pecados capitales. El mundo entero conocería los trapos sucios de esa casa de Dios, porque también los hay. Donde los ratones se mueven al olor del queso, y cuanto más queso, más ratones.

Falsos testimonios, grupos neonazis profanadores de templos o videntes fueron algunas de las polémicas pistas con las que tuvieron que batallar los investigadores, mientras notaban cómo eran la comidilla de los miembros de la Seo e intuían que en realidad, todos sabían lo que allí dentro se cocía, pero nadie se atrevía a hablar.

Sin ficción

La Editorial Alrevés, en su colección de Sin Ficción, lo ha vuelto a conseguir. Tras leer a Manuel Marlasca y su ‘Cazaré al monstruo por ti’, empaparme de Rendueles ha sido sentir que la línea de ese sello era una misma. Experimentar como lector la sensación de ser el investigador.

Luis ha conseguido narrar, con un lenguaje fluido y con un minucioso guión argumental, un relato basado en la recuperación de un incunable. El complot y la venganza fueron la estratagema para llevarlo a cabo y destapar, al mismo tiempo, toda la trama escondida bajo las piedras de la Seo de Santiago.

Porque si es verdad el dicho de «no es oro todo lo que reluce», en ‘Los ratones de Dios‘ alcanza su máxima, al igual que el mensaje que un día el ladrón le dijo a su más estimada investigadora Ana, extrañada del cambio físico de su principal sospechoso:

«Parece mentira que no lo sepas, mujer, a la catedral hay que ir de pobre» (aunque uno no lo sea)

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