Los «narcorepartidores»

Las empresas de reparto de paquetería o de comida rápida están en el ojo del huracán. Hay quien dice que los repartidores tiene miedo de entrar en según que zonas de Barcelona. Otros, que entran para hacer "negocio".

Los
El bloque Venus en el barrio de la Mina

A los repartidores de Glovo o Deliveroo, por ejemplo y, probablemente de cualquiera de las otras empresas de reparto y mensajería que operan en Barcelona y su área metropolitana, no les hace gracia tener que trabajar en según que barrios, por motivos de seguridad personal (de inseguridad ciudadana). De hecho, no trabajan, fundamentalmente, porque nadie —o muy poca gente— desde esos barrios «delicados y conflictivos» requiere de los servicios de las empresas de trasporte de comida a domicilio.

La clientela de estas empresas está en otros barrios menos peligrosos, cuyos vecinos tienen menos tiempo para cocinar y más dinero para no hacerlo que sus convecinos de esos otros barrios más deprimidos.

Pocos clientes

Por lo tanto, en la Mina, por ejemplo, veremos pocos —muy pocos— repartidores de esas empresas.

La policía da fe de ello. No tanto por la preocupante situación que se vive en Barcelona y área metropolitana a propósito de la inseguridad ciudadana, sino por una mera cuestión de mercado.

En relación con esta polémica (la alcaldesa, Ada Colau, está que trina por las noticias que hablan de las reticencias de algunas empresas de reparto a trabajar en determinadas zonas de la ciudad y su conurbación) ni la policía —por motivos de secreto profesional— ni mucho menos eltaquígrafo —por falta de constatación objetiva— va a poner nombres y apellidos a quienes, sin embargo, se aprovechan de la coyuntura y del «río revuelto» para hacer negocio, negocio ilícito, claro.

Droga a domicilio

Tal y como hemos confirmado por fuentes policiales, algunos «reputados» y «prolíficos» consumidores de cocaína se aprovechan de los repartidores de productos a domicilio para comprar y recibir la mercancía en casa. Como el que pide una pizza o una hamburguesa y exige que llegue caliente, previo pago de una «propina».

De este nuevo sistema de venta de drogas a domicilio, camuflada en el licito proceso de compra y venta de productos legales, se va a hablar y mucho.

Según la policía, para poner en marcha este sistema de «narcoservicio a domicilio» no se necesita, indispensablemente, el concurso o la anuencia del repartidor. En algunos casos, no tiene porque ser consciente de que son «camellos de ultima generación». Algunos, según los investigadores, son usados sin saberlo.

La policía lo sabe, pero no llega

En todo caso, la policía tiene sospechas de que algunos clientes le sacan partido a las empresas de reparto (de una extensión y volumen prácticamente inabarcable para el cuerpo policial) para comprar con impunidad, y sin mancharse las manos, la papelina o las dosis que precise.

A la Mina o a determinadas calles de la Zona Franca de Barcelona, o de Ciutat Vella, o del barrio del Carmelo, o de Vallbona, o de Pomar, o Badalona, o de Esplugues, no acostumbran a entrar los repartidores de comida a domicilio. Tienen miedo —ahora y antes—, pero no es por miedo, es por falta de mercado legal.

Para la policía, «según quien» y en «según que pisos» de «según que barrios», cuando piden demasiadas veces comida a domicilio, empiezan a sospechar. Y actúan cuando pueden —eso dicen—, que es demasiadas pocas veces, porque el volumen de trabajo es tal, que acaban acudiendo a requerimiento y no de forma preventiva.

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