Los malditos abogados

El colectivo de la abogacía es uno de los considerados “esenciales”, con la desgracia que, con los juzgados cerrados y los clientes confinados, nuestra facturación es nula.

nuria gonzalez

En estos últimos tiempos el concepto de “heroicidad” está tan sobre utilizado que estamos a punto de quitarle el sentido propio de la palabra. Sobre todo, cada vez que una presentadora o un contertulio nos dicen que todos somos héroes por quedarnos en casa. A mi no me lo parece. Además, si lo somos, yo debo ser una heroína sin vocación alguna, porque yo, les confieso, que me quedo en casa porque no tengo más remedio, por obligación pura y dura.

No me causa felicidad no salir a la calle, y me toca mucho las narices el bombardeo constante con mensajes de superación y psicología barata.

«A mi me gusta pensar que la mayoría de la gente cree que no estamos haciendo un acto de heroísmo, sino un acto de responsabilidad»

Pero, con mucho, lo que más me molesta es el tono ultra paternalista y sobreprotector con que nos hablan a la sociedad, políticos y muchos periodistas, desde que empezó nuestra reclusión forzada. Patriotas, héroes, frente, unidos, batalla, y así todo el día, de tal manera que ya no sabemos si estamos en una alerta sanitaria o en una mala película de guerra norteamericana.

A mi me gusta pensar que la mayoría de la gente cree que no estamos haciendo un acto de heroísmo, sino un acto de responsabilidad. Realmente nadie quiere que siga muriendo gente y todos queremos que esto acabe cuanto antes, y por eso nos estamos aislando socialmente y arruinando económicamente a partes iguales. Eso sí, no todos con la misma intensidad.

Pero me resulta aún menos venerable quedarse en casa cuando pienso en mis compañeros y compañeras de profesión, que no pueden hacerlo. Sí, queridos lectores y lectoras. Todo el mundo aplaude a los sanitarios, enfermeros, doctoras, cajeras, policías, transportistas, limpiadoras o a gente de los medios de comunicación, pero todavía no he oído a nadie agradecer nada a los abogados y abogadas.

«las víctimas de violencia de género han aumentado en un 18% desde que se decretó el confinamiento»

Especialmente los del turno de oficio, que, de manera prácticamente gratuita, han estado trabajando estos días en sitios tan poco saludables como las comisarías y los calabozos. Al ver que no íbamos a quedar ni uno sano, han intentado instaurar videoconferencias donde han podido. Y todo para garantizar un pilar básico del Estado que es la Justicia y el derecho a la defensa de toda la ciudadanía.

Porque en este tiempo de confinamiento los malos no descansan. Siguen haciendo de las suyas y, por suerte, suelen ser detenidos. Y cuando los llevan ante el juez, ahí están siempre mis compañeros y compañeras, para garantizar los derechos del detenido, sea donde sea, a la hora que sea, y haya hecho lo que haya hecho. Y, por supuesto, también atienden a las víctimas de violencia de género, que han aumentado en un 18% desde que se decretó el confinamiento.

Sin medios algunos de protección y con una pírrica compensación económica que, a penas, da para pagar la gasolina. Ni guantes ni mascarillas ni un mísero gel desinfectante. ¡Eso si es vocación de salvar el mundo y no ponerse las pantuflas!

Por esa razón, el colectivo de la abogacía es uno de los considerados “esenciales”, con la desgracia que ello nos conlleva pues, con los juzgados cerrados y los clientes confinados, nuestra facturación es nula.

Y, sin embargo, nuestros gastos son los mismos, incluidas las cuotas de autónomos y las cuotas colegiales, que ni el gobierno ni muchos colegios de abogados, como por ejemplo el de Barcelona (el segundo más grande de España), han tenido la vergüenza de dejarnos de cobrar. Se han unido en la moda del aplazamiento para que, en lugar de dejar de comer en abril, lo hagamos en junio. Gracias, pero, por si no lo sabían, este año se ha cancelado también la operación bikini.

«El marco jurídico español se ha convertido en las últimas dos semanas en un híbrido entre un mercadillo y una tómbola»

Así, nos encontramos con que tenemos que seguir trabajando sin poder trabajar, pagando sin poder pagar y, eso sí, contestando a todas las dudas que se le generan a todo el mundo cada día con las publicaciones del BOE, cuando cada madrugada salen los decretos gubernamentales con la ya acostumbrada nocturnidad y alevosía.

El marco jurídico español se ha convertido en las últimas dos semanas en un híbrido entre un mercadillo y una tómbola, donde lo que se dice por la mañana se rectifica en el texto publicado por la noche y se contradice en la rueda de prensa de la tarde siguiente.

La palabra de moda es ERTE, que ni siquiera existía hace un mes. Y, aun así, los y las compañeras laboralistas, ya se han hecho un máster acelerado y forzado sobre una materia que ni los que la han hecho tienen mucha idea de lo que va el derecho laboral en general, ni el trabajo en particular.

Y no me quiero olvidar de los que se dedican al derecho inmobiliario o hipotecario, a los cuales el 100% de la población les ha exigido en las últimas 72 horas, contestar a más preguntas que en toda la historia de “Saber y Ganar” sobre la de la suspensión del pago de las hipotecas o las ayudas a los alquileres.

Y como estamos en casi Semana Sanata, me viene muy bien aquello de que “los últimos serán los primeros”, puesto que a las compañeras y compañeros que hoy se aburren porque se dedican al derecho matrimonial, les vaticino la mayor avalancha de divorcios en cuanto nos abran la puerta de la calle. Eso si va a ser una curva y un pico difícil de doblar.

Es normal que pase esto, puesto que hay que reconocer que el gremio de los letrados y letradas cae mal. Siempre somos el maldito abogado que es señal inequívoca de mal rollo y de problemas. Sólo recordaros que, inequívocamente, también son señal de soluciones.

Y me voy ya, que son las ocho y tengo que salir a aplaudir a los taxistas. Por ejemplo.

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