Los esforzaditos de la ruta

El colofón de la conversación fue la mutua esperanza de que cuando el Estado libere de peaje la autopista del Maresme, las bicis podrán circular también, incluso en pelotón, haciendo “abanicos” por la referida autopista

Ricardo Gómez de Olarte

Mi perímetro estomacal ha alcanzado cuotas desproporcionadas, con lo que para poder verme en un espejo de una sola vez he adoptado la drástica decisión de ir al gimnasio. La última vez que acudí a dicho antro de tortura, no solo existía la obligatoriedad de prestar el servicio militar sino que la instrucción guerrera se hacía a escupitajos por inexistencia de armas arrojadizas ya que éstas no se habían inventado.

Precedido de mi barriga, he conseguido alcanzar el vestuario y ahí he sido mudo testigo de un diálogo entre dos hombres cuyo aspecto parece que está muy de moda. Ambos fibrados, delgados, ya no cumplían los 55: uno calvo afeitado y el otro con pelito muy bien cortado y más entrecano que gris.

Tampoco es que fueran auténticos marines, no se vaya a creer el lector que eran la versión hispana de Rambo: como he dicho, eran delgaditos y fibraditos. Lo que se puede denominar unos musculitos venidos a menos. Ambos celebraban con escueta dicha y parco regocijo que se hayan acabado las fiestas porque así no tenían la obligación de comer tanto.

Pero de pronto, algo hubo que les hizo salir del estoicismo permanente en el que parecen vivir ese tipo de personas. Resulta que se pusieron a comentar lo fácilmente que ahora llegaban de Badalona a Calella, poblaciones de la provincia de Barcelona separadas por unos 45 kms.

El calvoafeitado se quejaba amargamente de lo que llegaban a molestar los coches en la Carretera Nacional II. Llegados a este punto de su conversación y, debo reconocerlo abiertamente, movido por la curiosidad, empecé a demorar mi cambio de vestuario. Dicha demora no es muy complicada ya que llegado al punto crítico (la barriga) la maniobra es lo más parecido a embutir una morcilla dentro de la tripa que la contiene, pero sin instrumental adecuado. Intenté no abrir mucho la boca: “Lo malo de la Nacional II es que molestan los coches”.

Es como si un windsurfista se pone a quejarse de que en el canal de entrada o salida del puerto de Mahón llegan a estorbar los ferries y, en general todos los barcos.

El entrecano le replicó que recordaba que había estado en un grupo ciclista tan numeroso que en sus salidas acaban adoptando el volumen de un pelotón estilo Tour de France. Por mi parte y en silencio, me imaginaba la dramática ira de los ocupantes de los vehículos en la N-II si pillaban un pelotón de este estilo.

El colofón de la conversación fue la mutua esperanza de que cuando el Estado (sea cual sea) libere de peaje la autopista del Maresme, las bicis podrán circular también, incluso en pelotón y, supongo que, haciendo “abanicos” y “demarrajes” por la referida autopista. Es decir, los mortales que usan esa autopista tendrán que abandonar cualquier esperanza de llegar a su destino en un lapso de tiempo asequible y programar cualquier clase de desplazamiento por la inmediata costa norte de Barcelona como si fuera una operación salida.

A pesar de haber llegado más tarde, como mi equipamiento deportivo es lo más parecido al de un reponedor de cualquier supermercado cutre de barrio marginal, evidentemente terminé de cambiarme antes que ellos. Y así pude comprobar que su indumentaria era exacta la que deben usar en carretera: maillot más apretado que los tornillos de un submarino; culotte con almohadillas culeras; guantes acolchados y calzado de ese con tacos especiales.

Ya al final de todo hubo un momento que tuve que huir como rata a la carrera porque se me escapaba la risa. El que suscribe es lo más parecido a un kiwi: muy peludo de cintura para abajo. Por contraste, acabé alucinando ya que nuestros esforzados de la ruta iban depilados desde el cuello para abajo y se llegaron a poner una crema (ignoro su explicación) que no estaba destinada a combatir las hemorroides por cuanto se la auto-administraron de tórax a tobillos. Eso sí, consiguieron un efecto de cuasi “brilli-brilli” que fue lo que me provocó la estampida en evitación de la carcajada.

Toda la parafernalia anterior tan solo sirvió para acabar usando las bicicletas estáticas del gimnasio durante no más de una hora. Es imaginable que en fin de semana no ocupen más que media mañana de sábado o domingo en emular a Induráin.

“Sic transit gloria mundi”

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