Los dólares tintados

Le ofreció un billete tintado y acartonado como muestra, aplicó sobre el billete una bayeta mojada, y, “oh magia potagia”, el billete de 100 dólares apareció

Ricardo Gómez de Olarte

Es un timo muy viejo y nunca pensé que el protagonista de esta historia fuera a caer en la trampa. Un antiguo cliente mío, persona muy avezada en toda clase de mangancias de altos vuelos, y con el habitual aire de superioridad de algunos hombres italianos, me llamó desde su país diciendo que tenía un conocido que a su vez tenía un amigo que conocía a un empresario que había recibido una propuesta muy rara.

Mi primera intención fue responderle con la réplica del médico de aquel chiste al que acude un paciente con la misma introducción: “que tenía un conocido, que a su vez tenía un amigo, que el conserje del despacho le había preguntado que tenía un pupa muy rara en sus genitales”. A lo que el galeno, rápido en entender la situación, le contestó: “Está bien, bájese los pantalones y los calzoncillos”. El ya paciente musitó un aliviado “Gracias”.

Hay otros que se ofenden y niegan ser ellos, negando la mayor y empecinándose en que se trata de algún conocido. Dado que lo mismo se tomaba a mal una respuesta como la del doctor del chiste, me abstuve de imitar al galeno y me limité a pedirle que expusiera cuál era el problema de esa persona “conocida de un conocido” no sin cierto tono de sorna en mi voz.

«oh magia potagia”, el billete de 100 dólares asomó ante los ojos del “conocido del conocido”

El caso es que al sujeto le había llegado la propuesta de comprar un montón de dólares que habían sido encontrados en un baúl de una herencia de un supuesto campesino que lo había enterrado en algún momento del pasado.

Al parecer, el mismo abuelo conocía la solución para eliminar el tinte de los dólares y para ello tenía una fórmula que había que desarrollar. El timador estaba en posesión de los dólares y de la fórmula. Así, le ofreció un billete tintado y acartonado como muestra. Acto seguido aplicó sobre el billete una bayeta que previamente había mojado en un pequeñísimo frasco. Y, “oh magia potagia”, el billete de 100 dólares asomó ante los ojos del “conocido del conocido”.

A mayor recochineo, el timador le pidió al primo que lo acompañase al banco a cambiar los dólares en euros para comprobar su autenticidad. Cosa que así sucedió, siendo que el timador se guardó los euros en el bolsillo ante las narices del primo.

Lo cierto es que se trataba de un billete real, emparedado entre dos hojas de papel higiénico y que al frotarlo con la solución, ésta deshizo el papel de cobertura y apareció el billete auténtico.

Al oír la explicación estallé en carcajadas. Mi cliente algo enojado me preguntó muy ofendido cuál era el motivo de mi risa. Con lo que todavía me reí más ya que deduje que el primo era él en persona. Una vez sofocadas las carcajadas, me adelanté a su relato y le narré lo que a continuación le había propuesto el timador al “conocido del conocido” de mi cliente.

«mi cliente es de esa clase de italianos insulares que opera con sus propias leyes al margen de las del Estado»

-¿A que te ha propuesto que le compres la fórmula e ir a un porcentaje de lo que se saques?

El tono de la respuesta, naturalmente afirmativa, ya indicó cierto mosqueo en mi interlocutor. Por mi parte, temía que se hubiera precipitado aceptando la propuesta. No tanto por la pérdida de dinero (que también), como por la integridad del timador, ya que mi cliente es de o pertenece a esa clase de italianos insulares que opera con sus propias leyes al margen de las del Estado.

A pesar de todo, al otro lado del teléfono me insistía en la bondad del negocio. Incluso me repetía la teoría expuesta por el timador como si yo no lo hubiera entendido. A mi vez, yo estaba congestionado reteniendo la risa. Finalmente me atreví a preguntarle si “el conocido del conocido” había llegado a comprar la fórmula secreta. Ante la airada negativa y un “Caaaazzo! Siamo italiani, non siamo stupidi” deduje que, efectivamente, le habían timado.

Con todo el tacto del que fui capaz, le sugerí que “antes de comprar nada” abriera, al azar, un fajo de los supuestos dólares a los que debía someter al tratamiento de lavado (dicho sea en el sentido literal del término), los bañara en la solución milagrosa y que me llamase si me necesitaba.

Nunca más volvió a llamarme. Conociendo al personaje deduzco que su principal preocupación era no quedar como un primo nunca más.

“No hay credulidad tan ansiosa y ciega como la credulidad de la codicia, que es, en su medida universal, la miseria moral y la indigencia intelectual de la humanidad.”
Joseph Conrad

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