Los Caín, de Enrique Llamas

Los Caín, de Enrique Llamas

Un pueblo castizo en el posfranquismo. Un maestro de ciudad, esto es, de otro mundo. Una niña ahogada hace ya 20 años. Una misteriosa epidemia que mata ciervos. Lugareños que albergan odios ancestrales en un entorno de rencillas, polvo y miseria…

La novela rural en nuestra narrativa fue en efecto restablecida gracias el gran éxito de Julio Llamazares y su «La lluvia amarilla», y a la perseverancia novelística de, entre otros, Alejandro López Andrada, Abel Hernández y Moisés Pascual Pozas…

Pero está cogiendo nuevos bríos postmodernos.

De hecho la más reciente incorporación al elenco de los escritores literarios para público de paladar exquisito es Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), el cual, con su novela inaugural «Intemperie» (una sinergia brillante de los mundos narrativos de Juan Benet, Miguel Delibes y Cormac McCarthy en forma de novela rural inquietante situada en la España vacía –por decirlo con un término de Sergio del Molino-, la cual, por su fraseo, su personalidad, su temática y su poder descriptivo, opera en el ámbito de la excelencia) consiguió un éxito formidable…

Y la siembra de Jesús Carrasco ha dado sus frutos como demuestran las obras de últimos narradores neorrurales tales que Elvira Valgañón, María Sánchez, Andrés Pascual, Virginia Mendoza, Marc Badal, Pilar Fraile, Urbano Pérez, Pilar Abdón, Oscar Esquivias, Ginés Sánchez, Lara Moreno, Jenn Díaz, Mireya Hernández, Iván Repila y Manuel Darriba…

Y a esos nombres rescatadores de la renovada novela rural hemos de añadir ahora el de Enrique Llamas (Zamora, 1989) gracias a una atmosférica novela country noir llena de metáforas y muy en la línea de «Intemperie» de Jesús Carrasco; una sobre un maestro de escuela en el tardofranquismo, titulada LOS CAÍN (AdnAlianza).

Como en «La sima» de José María Merino, Enrique Llamas sitúa la acción de esta meritoria novela de espacio opresivo y de grandes venganzas en Somino, un pequeño pueblo que emula a la Celama de Luis Mateo Díez, donde el enterramiento apresurado de Arcadio Cuervo provoca que su tumba quede mal cerrada, y por eso en dicho puebloguerracivilero y tendente a la superstición de los mitos y leyendas (como los son los pueblos de las novelas de los escritores leoneses Luis Mateo, Merino, Juan Pedro Aparicio, Julio Llamazares y Antonio Pereira) las heridas de los vivos también permanecen abiertas, y ni los muertos logran descanso.

Pero LOS CAÍN se centra en lo ocurrido veinte años después, cuando, en la tardofranquista década de los setenta, Héctor, un joven e ingenuo maestro madrileño de familia bien, es destinado al colegio de Somino.

Y se convierte desde el principio en el forastero observado e ignorado a partes iguales.

Aunque el recelo de los habitantes de Somino va mucho más allá de malas miradas y cuchicheos.

Mientras tanto, se suceden los merodeos y preguntas de Curro y Palomo, dos guardias civiles que investigan el accidente de una joven del pueblo, amén de las extrañas muertes de los ciervos (animales que suponen el principal sustento de las familias de la zona).

Ante tantas visitas, Somino entero se revuelve, porque es un pueblo continuista, desconfiado y receloso como todo pueblo de la España profunda…¿Es Héctor, el maestro de escuela, un chivato?.. ¿Para qué queremos en este pueblo a la guardia civil si podemos resolver mejor los asuntos turbios, aunque sean de sangre, por nosotros mismos?

Mientras la riña visceral y el odio de los niños del barrio de los LLanos y del barrio del Teso se nos antojan un correlato de la España de la época (también subdividida política y socialmente), en el pueblo se suceden los episodios vecinales de acción reacción en medio del espacio desasosegante, y, cada vez, más asfixiante.. Como en toda novela country noir.

Pero esto no es una novela negra convencional.

Se trata, más bien, de una novela con caídas de intensidad en el argumento, de prosa más recargada de lirismo valleinclanesco de lo que acostumbran las novelas de género negro (pag. 13: con la tranquilidad de quien sabe que, ente los vivos, los muertos solo dejan herencias”… pag. 78: “un amarillo lánguido ocupaba las calles”…, Pag119: “a esa hora en que se hace audible el zumbido laborioso de las farolas”…etc) e influencias evidentes (Llamazares, Luis Mateo y Merino, Jesús Carrasco, Ana María Matute y David Lynch), pero extraordinariamente ambiciosa en su fraseo, su construcción de mundo e intencionalidad narrativa para ser una primera novela.

He aquí un debut notable de un prometedor contador de historias bien empalabradas.

Y olé.

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