Los buenos padres

El hecho de que cualquiera pueda ejercer de padre o madre es uno de los mayores fallos de la civilización moderna. Y si no, miren el espectáculo lamentable que estamos viviendo por enésima vez a vueltas con la educación

Nuria Gonzalez

Tener hijos es una de las pocas cosas que son permanentes en la vida. Debería haber algún tipo de permiso para poder tenerlos. A una de las cosas que más trascendencia tiene en la vida de cualquiera y de los demás, como es la reproducción, no le damos ni la más mínima importancia, más allá de hacerlo “cuando toca” y luego comprar muchos cachivaches, con la esperanza de que críen al niño solos.

Por eso luego tenemos los divorcios que tenemos, con padres y madres lanzándose a sus hijos e hijas como si fueran granadas explosivas, o exmatrimonios firmando custodias compartidas que convierten a los críos en personajes errantes con calendarios para saber en qué cama les toca dormir esa noche, y no porque a los padres y madres les urja estar con ellos, sino porque a padres y madres les incordian cada vez más. Y eso pasa por tener hijos al tuntún. Todos mis compañeros abogados y abogadas de familia corroborarán que esta afirmación es cierta.

Creo de verdad que el hecho de que cualquiera pueda ejercer de padre o madre es uno de los mayores fallos de la civilización moderna. Y si no, miren el espectáculo lamentable que estamos viviendo por enésima vez a vueltas con la educación.

No es la primera vez, como digo, que muy “buenos y comprometidos padres” ponen en primera línea de la trinchera política a sus hijos e hijas, sin ningún pudor ni vergüenza, para intentar ganar la batalla de llevarse el gato al agua en sus planteamientos personalísimos de cómo debe ser la educación.

Acuérdense del follón que liaron algunos buenísimos padres indignados, por allá del año 2006, cuando se negaban a que sus hijos asistieran a clase de “Educación para la ciudadanía”, una asignatura totalmente avalada por las autoridades educativas europeas y que consistía en enseñar valores cívicos y de convivencia a las niñas y niños. ¿Hay algo más importante qua aprender convivencia y respeto en la escuela? ¿Hay algo más prioritario que inculcar valores desde la educación, sobre todo cuando la institución por excelencia que debería hacerlo, que es la familia, está en franca decadencia? Yo creo que una buena educación sin valores, no es que esté coja, es que no existe.

Les cuento, antes de que empiecen a juzgar, que yo soy niña de colegio de monjas, concertado, con uniforme. Me llevaron allí a hacer la EGB porque, por aquel entonces, en la escuela pública sólo se hacían cuatro horas de clase diarias. Hoy por suerte eso ya no es así y la escuela pública ha mejorado bastante, a pesar de los esfuerzos de muchísimos “buenos padres” por boicotearla a base de recortes y mala prensa.

Tanto mejoró en los años noventa, que al acabar la EGB salí literalmente corriendo al instituto público de mi barrio, donde pasé los cuatro años más productivos y aprovechados educacionalmente hablando de toda mi vida. Ahí fue donde me empapé de la filosofía, la literatura, la historia y sobre todo, mi amor secreto, la historia del arte. Mi mente se abrió en el instituto público del barrio en Badalona.

Por supuesto que hoy no comparto algunos de los valores fundamentales que me inculcaron en mi querido colegio de monjas, donde me lo pasé fantásticamente bien. Otros valores sí. La gracia está en que he crecido y he podido discernir con mente crítica lo que iba conmigo y lo que no. Esa es el fruto de la buena educación.

Lo que no recuerdo jamás, en ninguna de mis etapas educativas, es a mis padres queriendo censurar lo que debía yo aprender o no.

Antes de la pandemia -y de la mano de los nuevos inquilinos verdes de la política- estábamos empezando justo a ver lo contrario. Se inventaron un nuevo y horroroso concepto, el “PIN PARENTAL”, para justificar que se autorizaba a los padres a erigirse en la nueva Inquisición contra sus hijos y que fueran los padres los que supervisaran y aprobaran lo que los niños y niñas podían o no aprender. Aquí retomo la idea del necesario permiso para hacer de padre, una suerte de “PIN REPRODUCTIVO”.

No es posible que se dé poder a los padres para coartar el crecimiento intelectual de sus hijos, como si nos encontráramos de nuevo en la edad media. No es posible que un padre que piensa que la tierra es plana decida los contenidos de geografía o historia a los que su niña de primaria puede acceder. No es admisible que gente que niega la existencia de violencia machista decida que sus hijos no pueden acudir a actividades de convivencia cívica, bajo la estúpida base de “protegerlos de la ideología de género”. Más valdría que protegiéramos más a los niños y niñas de nuestro país, de los cuales, 1 de cada 5 es abusado sexualmente y de esos abusos, el 90% se produce en el entorno familiar.

El último espectáculo lo hemos presenciado esta semana a vueltas con la nueva ley de educación, específicamente con las lenguas vehiculares. Me llama mucho la atención que normalmente, los que están en contra de la inmersión lingüística en Catalunya es gente más mayor, que no se crió en el sistema bilingüe. Yo siempre lo he considerado una de mis mayores riquezas intelectuales, ser bilingüe. Y una de las garantías más férreas de que nunca seré discriminada por la lengua en mi tierra. Cosa que durante muchos años no ha pasado, por ejemplo, en Euskadi, donde el conocimiento del euskera estaba exclusivamente reservado a privilegiados que lo podían pagar. Eso es inaceptable en la escuela pública y en un país que se cree alfabetizado en el s. XXI.

Y sin embargo ahí están de nuevo, los “buenos padres”, haciendo aspavientos en defensa del español. Como si el mal llamado ‘español’ estuviera en peligro. Y del otro lado igual, “els bons pares” que pretenden que sus hijos e hijas se eduquen exclusivamente en una lengua preciosa pero absolutamente minoritaria, que sólo les va a ser útil a 200 km a la redonda, intentando excluirles de su bilingüismo natural, que les dé acceso al castellano (que no ‘español’), la segunda lengua más hablada del mundo. Una poderosísima herramienta de defensa en la vida. Obtusos unos y otros.

Deriva esto, entre otras cosas, de la confusión malintencionada que se hace desde todas partes con cómo llamamos a las lenguas. El ‘español’ como idioma no existe. El idioma castellano es español. El idioma gallego es español, el idioma catalán es español y hasta el euskera es español. Y todos son oficiales en España y todos deben ser enseñados y divulgados desde las escuelas españolas, especialmente la pública.

Lo que es incomprensible es que a nadie se le haya ocurrido en ninguna de las incontables leyes de educación que ha tenido este país realmente promocionar el “español”, asegurándose de que todos los niños y niñas conocen, aunque sea un poquito, todos los idiomas oficiales de su país. Conocer es amar. Y si los amamos, nunca más serán fuente de conflicto. Pero quizá eso no interesa a los “buenos padres”. Ni a unos ni a otros.

2 Comentarios

  1. Es cierto la izquierda y sus políticas mamporreras juntos con leyes Cela y demás desgracias, solo han traído perjuicio para los menores.

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