Los 300 CV de Antonio

Ricardo Gómez de Olarte

Antoñito. Ese sí sabe de la vida. Míralo, triunfando como la Coca Cola. Sí, de acuerdo que trabaja en la empresa de su padre; que no ha tenido que currar para montar ningún negocio propio. Que no ha empezado por abajo… Pero, quillo, míralo ahí, “tó chulo”, “tó” guaperas… Y encima es buen tío con los colegas. Invita a copas, a chupitos.

Fíjate lo que acaba de hacer, esas cachimbas y los chupitos que se ha marcado para todos. Y ahora se mete el whisky de 12 años con el red bull. Eso es marcar tendencia.¿Y las tías? Si es que pierden la cabeza con él. ¡Tío, yo quiero ser Antoñito!.

Esa noche estaba contento aunque insatisfecho. Una niña no se había dejado manosear. Tendría que hacer algo más original que las copas, los chupitos, las cachimbas de siempre…

Esa cretina se iba a enterar de lo que era un hombre. Verás tú lo que va a hacer el Antoñito. Se van a cagar todos por la pata p’abajo. Y luego sería la niñata esa la que vendría suplicando.

Antoñito, tras el trasiego habitual de alcohol, le dijo al grupo que lo acompañaran fuera para ver de qué iba la sorpresa. Se montó en el Golf R que papuchi le había comprado y al encender el motor, lo hizo rugir para que sus 300 CV de potencia acallaran las voces de los que hace dos horas querían entrar en la discoteca de la que salían ellos ahora.

Antoñito, seguro de sí y de su máquina, hizo rechinar las ruedas y salió como solo el Vaquilla sabía hacerlo cuando lo perseguía la pestañí. A modo de saludo, por la ventanilla sacó el móvil, y al volver a meter el brazo en el interior del coche, empezó a grabar para colgar su proeza en la red.

Quería dejar claro que los 250 Km/h que puede alcanzar ese Golf R eran reales. Así que del mismo modo que fue grabando los chupitos y las copas, iba a dejar constancia de que eso no lo afectaba y podría subir a Instagram cómo se llegaba a esos 250 Km/h en la autopista de Málaga.

Sin despeinarse. Sin apuestas. Sin nada que demostrar más que “él era alguien”. Que no era sólo el hijo de D. Antonio, el constructor. Que él también había hecho algo: concretamente era capaz de conducir un coche a 250 km/h porque sí, sin ser necesario. Porque para eso hay que ser muy hombre.

Antoñito editó el video con una mano y esa misma noche, delante del grupo, subió el video a Instagram. ¡Cómo se reían todos, hasta la niñata!.Aunque esa se iba a quedar con las ganas, porque Antoñito ya era Antonio. Aunque no hubiera llegado a los 250 y se hubiera quedado en 205 Km/h.

Al cabo de pocos días, a Antoñito lo vino a buscar la Guardia Civil. Fue al cuartelillo, tocó el piano (huellas digitales), llegó el abogado de D. Antonio.

Antoñito no declaró a la espera de hacerlo ante el juez y a verlas venir. Sí, de acuerdo, papuchi le pegó una bronca de narices, pero ya se le pasaría…

Llegó el juicio; hubo una conformidad; condena mínima. D. Antonio lo pagó todo y mientras llegaba el indulto, se obtuvo la suspensión de la condena.

En un año, Antoñito alardeó de malote con los mismos colegas y al cabo de tres el chófer que le puso D. Antonio perdió su trabajo porque Antoñito volvía a conducir.Volvía a lucir sus miserias, su vida vacía y fácil, su necesidad de ser alguien más allá del hijo de D. Antonio, de disfrazar su miseria humana.

Como dijo el difunto magistrado de Barcelona, D. Adolfo Fernández Oubiña, “En este país solo van a la cárcel los tontos o los pobres”.

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