Londres. El fantástico encuentro con Charlotte Brontë

Un relato fantástico de Lara Adell ambientado en el Londres de la la escritora Charlotte Brontë

Una confesión y un regalo imaginario de Charlotte Brontë a Lara Adell

Llevo ocho horas instalada en el interior de un coche de caballos y, lo que me parecía que iba a ser una experiencia original se está convirtiendo en todo menos curioso. Eso por no hablar de los calambres que estiran mis nalgas cada vez que cochero saluda a una piedra y mis posaderas rebotan contra el tablón de madera, duro y seco, que tengo como asiento.

-¡¡Apresúrese, caballero, o no llegaré a mi destino a tiempo!! – grito por la ventanilla simulando a mi admirado Maverick en pleno desierto.

Desde el otro lado de la cancela, el señor Arthur me recibe con las manos secas del barro y los pantalones remangados por encima de los tobillos. Acaba de aparcar los aperos del campo y camina cabizbajo hacia la valla de madera para abrirme la puerta de su casa.

-Querida y esperada, señorita Adell. Mi esposa anhelaba su visita. Pase, por favor, le prepararé un té.

Me recompongo y estiro mi vestido como si estos volantes hubiera algún ser mortal que los pudiera alisar y, a continuación, palabreo, balbuceo, tartamudeo unas palabras que, más que saludos parecen sonatas de emoción y alegría. Miro a mi alrededor y compruebo el escenario: es un fantástico día primaveral cargado de luminosidad que no se corresponde con la oscuridad que me espera al otro lado del umbral. Acabo de llegar a la casa de Charlotte Brontë.

Charlotte Brontë
Charlotte Brontë

Camino detrás de su marido intentando que las ramas del camino no se enganchen en las virginales enaguas y maldigo el día en el que a alguien se le ocurrió crear semejante trasto para torturar y oprimir la belleza femenina. Cuando llegue a mi casa y me enfunde en el pijama de franela voy a buscar en Google al inventor de este artilugio para recitar alguna plegaria en su nombre.

En el interior de la vivienda huelo a humedad por cada rincón. Recorrer la vivienda sin la orientación del señor de la casa sería como perderse en El laberinto, pero sin David Bowie. La luz del exterior no ha osado caminar por las estancias y el clima renacido, tan esperado en un pueblo norteño de Londres, no ha pedido permiso para entrar en la vivienda. Si el señor me ofreciera una manta para cubrir mis hombros, mi nariz estaría enormemente agradecida.

Cuando accedemos a la habitación principal, la señora Charlotte Brontë está en la cama con la enfermedad dibujada en la cara.

-No la agote mucho. A mi esposa le gustan las visitas, pero el embarazo la está dejando exhausta. – me recomienda su marido.

Blanca, hundida, apenada. Cada esputo que nace de su pecho la acerca un paso más a la muerte, cada vómito que regurgita de sus entrañas la sumerge en la impaciencia de parir un niño al que no va a verle la cara. Lo primero que le digo es que necesita un médico que le diagnostique la enfermedad que padece para poder recomponerse, aunque por desgracia sé que ese momento no llegará nunca. Ni la economía ni los medios se coordinarán para ayudar a esta mujer, maestra de las letras y pionera del lenguaje, para ponerla a salvo de su desastroso final.

-Usted es la señora tan especial que ha venido desde tan lejos, ¿verdad?

La señora me ha llamado Señora: ni aparento la edad que tengo ni mis cientos y cientos de accesorios dejan al descubierto la cresta rubia que oculta mi peinado ortodoxo.

-Si, señora. El camino tampoco ha sido tan largo.

Miro la cuenca de sus ojos, las arrugas, las ojeras y admiro la vida que ha llevado este ser pese a las tragedias que han tenido que soportar sus espaldas. Está tan débil que le es imposible hablar, pero interpreto con un único ademán que quiere que junte la puerta de la habitación para mantener a salvo nuestra privacidad. Frente al encierro, me entra la claustrofobia, sin embargo, pienso en sor María cantando aquello de que cuando Dios cierra una puerta abre una ventana y compruebo como la vida me sonríe al otro lado de la estancia. Claustrofobia a estas alturas, por dios bendito.

Vuelvo a la butaca e intento parecer resuelta pese a los ropajes, los zapatos y las medias que me pican. Bien lo sabe mi madre. Y cuando me instalo y coloco las manos sobre el regazo activando este modo sumamente educacional que desconozco, la señora Brontë cachetea la colcha y me pide que me instale en su mismo lecho. A lo primero que recurre mi paranoia mental es a la cantidad de problemas que me puede ocasionar la ausencia de una mascarilla quirúrgica que cubra mi rostro y me aparte de la enfermedad que reina en esta casa. Por no hablar de la suerte que han corrido todos sus miembros y la maldición de que arrastran los Brontë. Decidida, acepto. Al otro lado del túnel existe la penicilina.

Me acerco a su pecho y, con la voz apenas audible, la señora me suplica que rebusque debajo de la cama y busque dentro de una caja de hojalata donde, entre los restos de la costura duermen un montón de cuartillas amarillas. Obedezco y me sumerjo en un mundo de polvo y sudor mientras la pomposidad de mi atuendo contrasta con la parquedad de la estancia.

Cuando me incorporo, me fijo por primera vez que la habitación está despojada de todo objeto: no existe una cómoda donde guardar la ropa limpia ni tampoco un cajón donde almacenar los secretos de la alcoba. Parece la premoción de que un futuro siniestro se acerca.

El objeto que sostengo entre mis manos pesa como la vida. Cuando lo dejo sobre la cama entre la señora y yo me apresuro a colocarme bien el gorrito y la peluca mientras Charlotte todavía no ha abierto los ojos.

-Señora, ¿es esto lo que busca? – le pregunto para despertarla.

Acepto por toda respuesta un sonido prolongado que parece que salga más de la garganta de un gato que de un humano.

-Si… escúchame, querida… estos papeles… son para ti… tienes que llevártelos… lejos de aquí y…. que vean la luz fuera… de este mundo… Sería imposible publicar… la verdadera… historia de Jane… Eyre… en estas circunstancias… Mi… auténtica historia…

La definición de ‘vuelco al corazón’ la podría trasladar a ‘pies en polvorosa’. Si lo he entendido bien la señora que tengo delante de mí que es una leyenda de la literatura, una joya universal, una amante de las letras, me está pidiendo a mí, una autodidacta de provincias, una articulista de eltaquigrafo.com y una aficionada en crecimiento de la literatura egipcia y nórdica, que busque el salvoconducto para poder sustraer de su mundo un manuscrito inédito y poder publicarlo en el Siglo XXI. Y yo, como cualquier mujer coqueta que se preste, he aparecido en su casa con un bolsito del tamaño de un cacahuete como toda pertenencia ajena para poder trasladarlo.

No reacciono. Ante el descontrol que está tomando mi corazón, Charlotte Brontë me coge de la mano. La suya está helada como una noche de enero y, bajando la voz siendo sabedora de mi preocupación, me insta:

-Relájate… Rompe la sábana… haz unas cintas… y cíñete los papeles a los… muslos… Pero hazlo rápido… porque sé… que se te acaba el tiempo…

Y tanto que se acaba, pero, ¿Cómo sabe ella que se acaba? Estoy empezando a ver las imágenes borrosas y los sonidos distorsionados y eso solo significa una cosa: tengo que abandonar el lugar antes de que el tiempo me abandone a mí. Tal y como me insta la escritora, rompo la sabana por la parte inferior creando unas bandas anchas y me ato los papeles alrededor de mi cuerpo.

-Vete… ya…

Sudando, a punto de que el brote de histeria se apodere de mi persona y apenada por la despedida que no me da tiempo a dedicarle, salgo de la estancia agradeciéndole este regalo con mi mirada y mi promesa. La verdad se sabrá, querida Charlotte, querida Jane.

No me espero a que el señor Arthur me pida un carruaje, me acerco a la fonda y alquilo una preciosa yegua mezcla de hembra y unicornio que me lanza hasta la ciudad con el gorrito y los papeles bien atados a mi cuerpo.

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