Les cuento de Jerusalén

Divinos o humanos, con o sin milagros, no importa mucho. Ni siquiera importa si realmente algo pasó, porque lo que cuenta de verdad es que en ese momento estás en el meollo del escenario de la historia más grande jamás contada.

Les cuento de Jerusalén
Imagen del cartel de nomeclátor de la Vía Dolorosa en Jesusalén en 2008

Yo no he sido bendecida con el don de la Fe. Y me molesta, porque reconozco que debe ser una cosa fantástica pensar y creer que pase lo que pase al final un buen dios te “juzgará” benevolentemente y te irás al Cielo (sea lo que sea eso). Como jurista, lo del juicio ya me supone un escollo pues, como conocedora de los intríngulis de la aplicación de la justicia, aunque sea divina, se que aquello de “hecha la ley hecha la trampa” es cierto. Pero bueno, formación profesional aparte, lo de ser creyente del catolicismo debe estar súper bien y aportar mucha tranquilidad al alma.

Aún mi falta fe, soy perfectamente conocedora de la historia de la religión católica por varias razones. Los niños y niñas ochenteros como yo fuimos bautizados en masa y hicimos la primera comunión en bloque, máxime si eras de cole de monjas, como es mi caso, porque era la única manera de hacer dos horas de clases más al día en aquella época. Pero además de eso, reconozco que la historia de las religiones en general y la del nuevo testamento en particular, siempre me han parecido grandes historias, de las que sin un mínimo conocimiento te hace analfabeto en el mundo.

Ese interés es el que me llevó a que mi primer “gran viaje” en la vida (el primero que me podía pagar cuando ya tenía casi treinta tacos, por allá por 2008), fuera precisamente a Israel. Con parada previa en Jordania, un destino muchísimo más acogedor que el país judío todo sea dicho, pero esa historia será para otro día.

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Reconozco que siempre había tenido un interés humanístico, histórico y antropológico por visitar concretamente Jerusalén. Y allí me planté, dispuesta a hacerme una idea personalísima de por qué aquel terruño era la fuente de las grandes guerras auspiciadas por las tres grandes religiones monoteístas. Por qué a todos los profetas, hijos de dioses o elegidos por la divinidad les daba precisamente por aquel lugar. Qué hay en Jerusalén, la ciudad tres veces santa, pero a la vez símbolo de la muerte, donde habían llegado a correr ríos de sangre que alcanzaban la altura de las rodillas según las crónicas de los tiempos de las guerras entre los cruzados y el gran Salah-ad-Din, Saladino para los colegas.

Lo que hay es un parque temático. Es como el Port Aventura de la Fe.

Sinceramente, para alguien como yo que no acude a los “lugares santos” con una motivación religiosa, es uno de los mejores viajes que se pueden hacer jamás. No se lo pierdan. Pero si ustedes son creyentes, quieren encontrar la huella de Cristo en aquellas calles donde acabó asesinado (según la versión bíblica), o si tienen la más mínima esperanza de encontrar un poco de recogimiento y espiritualidad, mejor se van a la parroquia de su barrio, que seguro encuentran mucho más de todo eso que en Tierra Santa.

Podría contarles mil historias, pero como estamos en Viernes Santo, les quiero explicar sólo sobre la iglesia del Santo Sepulcro y la Vía Dolorosa, que ya les adelanto que hoy es un zoco árabe donde compré uno de los mejores bolsos de piel que he adquirido en mi vida, eso sí, tras los 25 minutos de rigor de regateo.

El Santo Sepulcro es una iglesia horrible, oscura, maltrecha y da muy mal rollo. Es especial porque hay miles de personas apretujadas para entrar en receptáculos minúsculos, que, si bien nadie duda que son de antigüedad milenaria, les aseguro que todo está de “origen,” porque las paredes literalmente se caen. Y esto es porque todos los lugares santos, aunque oficialmente están bajo custodia de la orden de los frailes franciscanos, son propiedad al 33% exacto de los franciscanos, pero también de los coptos y de los ortodoxos, con lo cual, cada vez que hay que cambiar un enchufe o restaurar un mural, hay que convocar poco menos que un concilio. Resultado: todo está en pésimas condiciones. Por ejemplo, el fresco del techo, que data de cuando Cristo perdió el gorro (literalmente) y se va a perder, porque no se ponen de acuerdo en esta suerte de multipropiedad cristiana.

La Vía Dolorosa es algo espectacular. Se pueden observar como grupos de peregrinos intentan realizar las estaciones de penitencia que hizo Jesús, tal día como hoy hace exactamente 1.989 años, y pretender rezar algo en alguno de esos lugares intentando conectar con lo simbólico del lugar. Mientras, todo tipo de comerciantes árabes, porque la Vía Dolorosa está ahora en el barrio árabe, gritan a todo pulmón para vender todo tipo de souvenirs. El producto estrella es la bolsa con veinte rosarios o el paquete de veinte mini santos griales de madera. Estaba muy bien, porque con el contenido de cualquiera de los dos paquetes apañabas a todos los colegas a la vuelta.

Lo de los rosarios y los mini griales, “sagrados” por supuesto, sólo los vi superados por un tipo judío que vendía diplomas acreditativos de haberte bautizado en el Río Jordán por 50 dólares, aunque no te hubieras mojado ni la uñita del dedo gordo del pie. La Vía Dolorosa es un zoco maravilloso para perderte y comprar, pero la antítesis de cualquier cosa que tenga que ver con el fervor religioso.

Aún así, es un gran lugar que, si visitas con un buen guía como tuve la suerte de tener yo, es inolvidable. Salomón fue el mío. Un señor ya sesentón que se parecía a David el gnomo, encantador, teólogo por la Universidad de Jerusalén, y ex militar, obviamente. Decía que hablaba castellano porque sus “abuelas” habían sido de Toledo. Sospecho que es de aquellos que aún guardan las llaves de la que era su casa en el momento que los Reyes Católicos ordenaron la expulsión de los judíos del Reino de Castilla y Aragón en 1492. No se imaginan en viaje que le di, con mis preguntas incómodas delante del resto del grupo, del cual muchos sí tenían un interés mucho más religioso que el mío.

Pero os voy a dar esperanza. En medio de la asfixia colectiva del Santo Sepulcro hay un momento en que entras sola a un pequeñísimo lugar en el que sólo hay un agujerito redondo en la tierra. Está oscuro y frío. Aquí es donde se calvó la cruz, está usted en la cima del Gólgota, te dicen antes de entrar. Y tú sola no puedes evitar meter la mano ahí y pensar, ¿y si sí?

Lo mismo pasa en la Vía Dolorosa cuando de repente llama la atención un enorme agujero en pared de piedra hecho del constante sobeteo de los miles de personas que pasan por ahí, porque ahí te dicen, que es donde Jesús se apoyó con su manita cuando subía con la cruz a cuestas. Entonces, de nuevo, no puedes evitar poner tú también tu manita ahí porque ¿y si sí?

Y lo de menos es el asunto de si eran o no vírgenes e hijos de dios o de palomas. Divinos o humanos, con o sin milagros, no importa en realidad. Ni siquiera importa sí realmente algo pasó (aunque así parece ya que algo recogen las crónicas romanas), porque en realidad en ese momento estás en el meollo del escenario de la historia más grande jamás contada.

Vayan a Jerusalén, les prometo que al menos, la irrupción de la poderosa ciudad de repente saliendo de una montaña no les decepcionará. De hecho, no la olvidarán. Eso sí, no vayan en Viernes Santo, por si acaso.

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