Las playas de Barcelona, una pesadilla

Dr. Josep Tomàs i Vilaltell

La temporada de baños en las playas de Barcelona de este verano de 2020 coincide con el proceso de desescalada por el coronavirus e incluye medidas especiales de control del aforo para garantizar la distancia de seguridad necesaria:

  • Es necesario informarse del calendario de los posibles servicios.
  • Hay que conocer las diferentes playas, su ubicación, equipamientos y servicios disponibles, a fin de poder escoger la playa más adecuada para cada ocasión.
  • Se debe consultar la normativa de acceso a las playas con animales de compañía y la información del área para ciudadanos con perros en la playa de Llevant.
  • En la playa, evitar los envases de un solo uso y utilizar siempre las papeleras.

Hace muy poco, leí una terrible desgracia con muertos en la Barceloneta: una vivienda de planta baja se incendió (conflictos de electricidad) y, desgraciadamente, tres de sus siete ocupantes, todos, de origen pakistaní, fallecieron.

Imaginé a esos hombres trabajando en un entorno repleto de dificultades. Los vi vendiendo latas, refrescos, helados, figuritas de madera y otros artículos que pudieran agradar a cualquier persona. Al mismo tiempo, además del sufrimiento de su trabajo, apenaba enormemente la desgracia que habían sufrido. Todos ellos sobrevivían gracias al trabajo que, fuera como fuera, realizaban alrededor de la playa de Barcelona.

Chocaba con ello, que nuestros conciudadanos de la capital catalana hubieran llenado de gente las playas de la ciudad y, a pesar de la desescalada por el coronavirus, se repitiera a diario, con clara evidencia de falta de conciencia, acudir por la mañana a darse un baño —no estando permitida tal conducta en su momento— para simular, cuando alguna autoridad aparecía, que se estaba practicando gimnasia; como niños juguetones. Cuando llegaba la Policía, se ponían a hacer flexiones, incluso sin guardar las distancias recomendadas de dos metros.

Reviví, frente a tal conducta, el infantilismo y la estupidez con que unos amigos y yo mismo, cuando contábamos con 13 años, retamos a uno de la pandilla a que tuviera la osadía de lanzarse al residuo de agua de la fuente de Montjuïc y diera la vuelta nadando, por cinco pesetas. Nos pillaron y un agente de la Guardia Urbana nos dio una inacabable paliza verbal.

Han tenido que cerrar seis playas de la ciudad para evitar que no aumente la concentración de personas, con la finalidad de evitar los contagios. En una primera fase, la Policía intentó dejar entrar a unos, a medida que otros salían, con la finalidad de preservar la distancia de seguridad, pero tal voluntad resultó, en todos los casos, del todo, hecho que condujo al cierre de la playa. Y para muestra, un botón: cierto fin de semana, se tuvo que cerrar una de las playas por una ocupación superior al 80%, afectando, además, a las playas de la Mar Bella, Nova Icaria, Bogatell y Llevant.

Por otra parte, demasiados grupos de jóvenes se obstinan en celebrar un botellón tras otro —parece que el riesgo de contraer la COVID-19 les es totalmente indiferente y no valoran su trascendencia en absoluto—, sin mascarillas, compartiendo latas y sin respetar las distancias de seguridad. Curiosamente, es estos casos no se aprecia la acción policial, con multas, como se había manifestado por orden de la Generalitat, pero, por otro lado, sí que la misma policía vigila e impone sanción a los locales nocturnos que osan saltarse la prohibición.

Si comparamos la «invasión» actual de las playas, el dato choca con la ocupación de las mismas playas en 2017, cuando, por ejemplo, las de Sant Sebastià, Hotel W y la Barceloneta estaban «saturadas» con un 45% de ocupación y, entre abril y septiembre, la ocupación total fue de 4,5 millones de usuarios.

Desde hace bien poco —por fin—, las playas tan concurridas no se llenan por la mañana y lo hacen por la tarde. Con mensajes, megafonía y carteles, se recuerda a los ciudadanos cómo llevar a cabo las medidas de seguridad. Pero, a pesar de ello, se hace difícil discernir aquellos grupos que no guardan las distancias entre sí, del resto.

Pero volvamos a los protagonistas de la triste noticia del principio, las personas que trabajan de forma aparentemente ilegal y lo hacen, además, sin descanso alguno. Nos son, sin duda alguna, imprescindibles; yendo y viniendo, refrescándonos y, a veces, además, regalándonos conocimientos y experiencias que enriquecen nuestro existir.

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