Las cuñadas

Ricardo Gómez de Olarte
Ricardo Gómez de Olarte

Aun sin saber definirlo muy bien, todos sabemos qué es “cuñao”. Su origen viene por ser ese hermano de tu cónyuge que sabe de todo, entiende de todo, sabe quién lo tiene o lo hace más barato, lo arregla todo en un periquete (o eso dice) y te da lecciones de todo.

El personaje acaba trasciendo del ámbito y cualquier hombre que actúa así se le acaba llamando “cuñao”. Da igual que sea cierto o no. Lo dice con tal naturalidad y aplomo que da la permanente sensación de que sus aseveraciones, conocimientos y cultura práctica son omniscientes y omnipotentes. Se te acaba haciendo odioso y principalmente muy pesado. Es el clásico “enterado” de toda la vida. ¿Quién no ha conocido algún vendedor de vehículos que adolezca de estos rasgos?

Sin embargo, nada se ha dicho nunca de las cuñadas. Espinoso tema en la época del “me too” donde cualquier acusación, aun sin prueba, es dogma de fe y si no lo es, como mínimo se exige que al respetable que la acusación tenga carácter de cosa juzgada. Como ya no me viene de granjearme más enemigos, abonaremos el campo de las enemigas.

La “cuñada” también es originariamente, la hermana de tu cónyuge (siempre referido a parejas heterosexuales y sin que ello signifique homofobia, Dios, San Pep Guardiola y el colectivo LGTBI me libren de discriminación). Suelen ser esas esposas perfectas, con amplia experiencia, aparentemente dulces, sosegadas, sensatas, de las que tienen las cosas muy claras y además las saben exponer muy pacífica y cariñosamente.

Aparentemente son empáticas, defienden el concepto de “familia moderna”, siempre es la “confidente” oficial o al menos se postulan como tal. Te avisan de que su familiar o amigo o lo que sea que la une a la cónyuge novata es un piernas y que para eso va a estar ella ahí, para ayudarte cuando el hermano, familiar o amigo empiece a dar a la ingenua nueva esposa la mala vida que la “cuñada” prevé que le va a dar. Da igual que el (¿réprobo?) marido sea su propio hermano. Con tal de aparentar ser la persona que todo lo sabe, que todo lo prevé, que todo lo conoce, echará pestes para hacerse la interesante. Atrapará a solas a la nueva esposa y en una especie de confidencia femenina cascará lo que le venga en gana. Su único objetivo es mantener el ascendiente sobre su nueva cuñada o/y su hermano.

Si la esposa no ha picado muy bien el anzuelo, más adelante, la cuñada trincará a su propio hermano por banda y le comentará pestes de la parienta: que si es muy joven, que si no es de tu categoría, que si no te merece, que si es una arpía, que si no trabaja, que si trabaja demasiado, que no la ve de madre de sus hijos, que si es una ambiciosa, que si es una pobre ingenua, que brilla demasiado en sociedad, que no tiene fuste para moverse en sociedad. Y así, ad infinitum. Todo para mantener el ascendiente. El veneno es vertido de manera muy suave, con cariño, algo de lástima, muy colaborativa, muy Lidia Bosch…

En el trabajo, especialmente en un entorno mayoritariamente femenino, nos encontramos con otro tipo de cuñadismo femenino. Seguro que más de una lectora ha notado con que al llegar nueva a una empresa o a un departamento de la misma, ha estado hablando con alguna compañera o algún grupo de compañeras y la que más y mejor le sonreía al llegar, poco más tarde ha sido la fuente del rumor que empieza a correr respecto de la nueva: que si va muy ceñida, que si tiene demasiado pecho, que si lleva demasiados tacones, que si se lo tiene muy creído, “no tiene ni idea de nada y mírala, qué aires se da”.

Para una compañera de trabajo, otra compañera solo puede ser muy “estilosa” si es extraordinariamente peor que la “cuñada”. Si en cualquier sentido es mejor quela “cuñada”, ésta dirá que o bien va muy clásica, que es muy “trendie” o que es una extravagante o una vulgar, que quiere llamar la atención, que es una cutre….

Las “cuñadas” son las que tienen controlado el cotarro y, aun siendo la novata una superior en el mando, le pueden arruinar la vida profesional a la mujer con más currículum del mundo. Las “cuñadas” laborales coinciden con los “cuñados” en que han visto la última película más de moda, la última novela de moda, conocen al último ejecutivo de moda, hacen el viaje de moda, conducen el coche más eco o van en bici a todas partes.

La pregunta que más temen es “¿Por qué te gusta ese libro/película/ejecutivo?”. Ese temor es porque no saben responder a esa pregunta más allá de lo que han oído o leído en algún titular o a su jefa/e. Son tan snobs como sus equivalentes masculinos. La diferencia con éstos es que cuando el hombre pone cara de conmiseración al conceder a los mortales sus explicaciones, la “cuñada” adopta un rictus estragado, una mezcla de paciencia, asco y desprecio infinitos y pasa a otro tema cuando se ve sorprendida en un renuncio. A partir de ese momento, la neófita se convertirá en el blanco de todas sus invectivas hasta el mismo día de la jubilación de la nueva. Porque las “cuñadas”, aún jubiladas, siempre ejercen su ministerio del mal.

Alguna vez, a una prudentísima distancia he observado como la “cuñada” sonreía explicando amigablemente algo a la nueva y en el momento de girarse ésta última hacia su puesto de trabajo, la cara de la “cuñada” cambiaba radicalmente en una especie de transformación Jekyll/Hide derivando a una expresión de odio africano. Hasta yo mismo me he llegado a asustar. Tan solo en una ocasión, tuve que disimular mi risa al comprobar como la nueva era mucho más lista, se giraba de golpe y sorprendía a la cuñada con esa cara de asesina. Las sonrisas, pérfidas en ambas, se helaron e intuí que la “cuñada” juraba odio eterno a la nueva por haberla sorprendido. Hice mutis por el foro para evitar convertirme en el “daño colateral”

Sí, es cierto. Y si no lo es cualquiera se atreve a desmentirlo: las mujeres son más listas que los hombres. Tanto que, desde ese “superior cuñadismo femenino” hasta entre ellas se odian

Decía Oscar Wilde: “Las mujeres aman a los hombres por sus defectos; si tienen bastantes, les perdonarán cualquier cosa, hasta una inteligencia gigantesca.”

En mi caso, como no soy tan listo como ninguna mujer, no subo en un ascensor con una de ellas a solas.Con ninguna.

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