Las cosas del transporte

Ricardo Gómez de Olarte

07.30 AM, una calle cualquiera de una ciudad cualquiera en nuestro país. De tres carriles, incluyendo el del bus, estrechada porque un autobús se para en su carril ya que tiene solicitada la parada. En el carril del otro extremo de la vía, una furgoneta o camión ha decido que lo de los chaflanes de carga y descarga no están pensados para él. Para su conductor, es mejor aparcar en la puerta de mercancías del establecimiento para, así, no perder tiempo y, lo más importante, esfuerzo en la entrega de la mercancía a su receptor. De hecho, para abreviar, invade el carril bici. Los ciclistas, sin inmutarse, invaden el único carril libre y se organiza el correspondiente atasco.

A la altura de la caja de la furgoneta o camión de reparto, el conductor de un vehículo particular hace notar al transportista el tamaño de sus genitales al aparcar así. El chófer de reparto, joven, pelo rapado en los lados de la cabeza y un poco más largo en la parte superior, pendiente «orejero» y cejas hechas (lo que se conoce como un «neng» o un «cani»), contesta muy airado:

—¡Estoy trabajando! ¡A ver si tienes un poco de paciencia y respeto a los que curramos!

El particular que, naturalmente, no trabaja nunca y que ha cogido el coche a esas horas de la mañana con el único propósito de discutir con el «neng» sobre el código de circulación, la paciencia y lo que sufren los «nengs» de este mundo al tener que trabajar, respira profundo, resopla y arranca muy triste porque no puede hacer otra cosa que dejar al «cani» sin una aclaración de su parecer más inmediato acerca de la familia —viva y muerta— del repartidor.

Cuando el transportista termina de soltar a cualquier otro conductor quejoso su letanía del «estoy-trabajando-más-paciencia-y-respeto-para-los-que-curramos», cierra la caja de la «fregoneta» provocando la interrupción del único carril y, sin esperar a que el vehículo que se encuentre a su derecha pueda pasar, arranca como si fuera un fugado de la Justicia.

09.00 AM, el mismo «cani», con la misma furgoneta/camión pequeño, absolutamente ajeno al volumen de su vehículo, se impacienta y, creyendo que va a lomos de un ciclomotor, corriendo como si no hubiera un mañana, empieza a zigzaguear entre los coches para ir arañando segundos al reloj. Los demás conductores le pitan ignorantes de que nuestro «neng» «¡ESTÁ TRABAJANDO!». Uno de ellos, hasta le saca la mano para mostrarle una peineta, con tal mala fortuna que en el siguiente semáforo coinciden ambos. Nuestro «lolailo» héroe, con cara de hastío y de pocos amigos, baja la ventanilla, le hace gestos al otro conductor para que haga lo mismo y le espeta:

—Tú eres tonto, pero «mu toooontooooo», ¿no? ¿No has visto que estoy trabajando, payaso?

El particular, calla y no dice nada. Resulta que esa mañana es la primera de las que está en el paro. Resulta que ya ha dejado a sus hijos en el colegio. Resulta que esa mañana, su esposa ya le ha montado dos broncas, una en directo y otra telefónica. Y resulta que ese día no tiene nada más que hacer. Así que calla, deja que arranque el choni y lo empieza a seguir.

Va comprobando como aparca donde quiere, zigzaguea, corre, insulta y, en definitiva, perdona la vida a todo el mundo. En una de las entregas, aprovecha un sitio libre para aparcar, se baja y sigue al conductor a pie hasta el oscuro zaguán de un portal. Muy educadamente le cede el paso diciendo al currela que «pase antes, ya que va cargado y está trabajando». Cuando lo tiene delante, lo agarra por la nunca desde atrás y comienza a estampar la cara del «neng» contra la pared mientras le dice silabeando:

—¡YO-TAM-BIÉN-ES-TA-BA-TRA-BA-JAN-DO-GI-LI-PO-LLAS!

Quien diga que no ha soñado en alguna ocasión con una situación así, miente y lo sabe. En mi caso, debo reconocer que lo he imaginado más de una vez. Pero soñar es gratis y la furia no. Según Isaac Asimov, «la violencia es el último recurso del incompetente»; por eso, los «nengs» de este mundo siempre serán unos incompetentes.

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