La soledad —y más— del confinamiento

Debemos dejar claro que el ser humano es un animal social y, como tal, necesita estar con otros individuos de su misma especie y no sólo con aquellos con los que está en compenetración, como es el caso de la pareja.

La soledad —y más— del confinamiento
el ser humano es social y, como tal, necesita estar con otros individuos

Sin duda, cabe destacar la afectación del confinamiento. No ha sido igual en pueblo que en ciudad, como tampoco en un barrio que en otro, o según la situación familiar: matrimonial, filiar y/o económica. Y ha tenido una mayor o menor incidencia en función de la situación. La respuesta ha sido múltiple y variada, y las consecuencias se verán más tarde.

No deja de ser peculiar el hecho de la respuesta unánime de la población frente al confinamiento absoluto. Situación anómala, pero acatada radicalmente con cantidad de respuestas, ya sean personales, familiares, infantiles o las de personas mayores. Basándonos en un único parámetro, vemos miedo, desconcierto, inseguridad, temor y angustia frente a la situación. Todo esto, evidentemente, en función de la personalidad de cada cual, las distintas reacciones frente a las diferentes situaciones de la vida y la respectiva formación.

Generalizando las condiciones que el confinamiento ha provocado, debemos tener en cuenta, sobre todo, la soledad. Incluso cuando no hay malestar o fracaso en la relación de pareja, se experimenta soledad… pero la inmensa mayoría de la gente vive en familia. Familias que están en sus casas y están confinadas; y el verdadero problema es decir ¿qué pasa?

Necesidad de socializar

Y lo que sucede, es que, en principio, tenemos un problema, que no es otro que la manera en que se vive esta situación. Y, ¿cómo se vive? Debemos dejar claro que el ser humano es un animal social y, como tal, necesita estar con otros individuos de su misma especie y no sólo con aquellos con los que está en compenetración, como es el caso de la pareja.

Esta necesidad de estar con otros se ve afectada por el confinamiento, al no tener la posibilidad de conversación —que no de discusión—. Y, ¿en qué consiste la conversación? Sencillamente, en decir «oiga, a mi me parece que pasará esto» o «pues mire, yo no lo veo claro» o “¡Ah!, pues muy bien”. Esta posibilidad de conversación desaparece y, ¿por qué desaparece? Porque, a la hora de la verdad, hombre y mujer tienen dos formas distintas de enfocar el tema —evidentemente, en una situación donde hay una relación emocional— porque, de no ser así, normalmente se ponen de acuerdo rápidamente ya que no les afecta directamente.

Pero, cuando hay un problema, surge la discrepancia, al ponerse de manifiesto algo conocido como ‘competencia’. Y ésta la hacen el hombre a la mujer y ésta, al hombre, lo cual impide que los mecanismos de realización se lleven a cabo. Si, además, como ocurre en la actualidad, la mujer trabaja en un ámbito distinto al del hombre y cada uno vive por y para su trabajo, el diálogo vuelve a colocarse en una situación difícil, porque a cada uno de ellos solo le interesa lo suyo y esto conduce a que se hable poco.

Encastillamiento

¿Qué sucede con todo esto? Pues que tanto el uno como la otra entran en un mecanismo de inamovilidad respecto con su forma de pensar y de disponer de cierta elasticidad en ceder, y van elaborando una progresiva reafirmación sobre lo que piensan y quieren, creando un criterio de carácter más intenso respecto a ello. Sin embargo, no se plantea la posibilidad de que esto sea un error, y debido a este ‘no planteamiento’ se enrarece mucho más todo aquello que conlleva el sentimiento primario ligado a la situación de «me hacen estar en casa sin poder salir» y, entonces, se deriva en la sensación, no de sentimiento de ansiedad, sino de estar inmerso en un proceso de frustración y angustia.

Evidentemente, si esto se produce y la angustia multiplica la posible ansiedad, ambos comportarán que el individuo inicie determinados mecanismos de reafirmación de sus propias ideas, al mismo tiempo que ponga en marcha una disminución de su identidad, su seguridad y de su progreso, y entre en procesos muy fijos y rígidos que disminuyan su capacidad para poder dialogar.

Todo ello da paso a un estado que va derivando en incremento de ansiedad y en componentes de tipo depresivo que, de alguna forma, van minando su seguridad, sus mecanismos respecto al sentido de la vida, de quién le espera y por qué, de quién le quiere y quién no…, que conllevan un desgaste de la persona en esta situación determinada.

¡Y, además, con niños!

Con todo esto, debo añadir que, además, puede existir la presencia de niños que también deben permanecer en casa a causa del confinamiento provocado por el virus y que demandan compartir juegos. Esta petición no se satisface e incluso incomoda a los padres, porque no han tenido el hábito de hacerlo a causa de sus trabajos, por la interferencia de las escuelas, de campos de deportes, de juegos y de determinadas situaciones que han provocado que no hayan aprendido a jugar con sus hijos. En esta situación, los progenitores no tienen los recursos que los deberían disponer y esto incrementa el conflicto, que puede acrecentarse aun más, en el caso de convivir con algún otro familiar, sea un tío, una tía o algún abuelo.

Y es entonces cuando utilizan la radio o la televisión, donde aparece una serie de gente —buena gente— que, con más voluntad que conocimiento, explica y trata de imponer unos criterios concretos, Y estas personas, sin tener conocimientos de medicina y sanidad, son quienes nos hablan con más seguridad de la medicina, la sanidad y del coronavirus, sin dar una información veraz.

Hay otras personas —buenas personas— que, con su mejor voluntad, han salido a cantar al balcón, creyendo que estaban ayudando al resto, pero no ha sido así, porqué debemos tener presente —insisto, sin quitar importancia al esfuerzo realizado— que, a quien lo le gusta, no le apetece e incluso molestan el canto o la música, se han visto sometidas a una actividad, para ellas, innecesaria. A mi criterio, la decisión de decretar el confinamiento absoluto, teniendo en cuenta el espíritu mediterráneo, no se ha realizado con el rigor que se debe exigir a quienes han tenido la responsabilidad de resolverlo y de controlarlo.

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