La sempiterna caspa y la ausencia de valor

Ricardo Gómez de Olarte

Nos las damos de modernos pero como decía el gran Ramón Yarritu (Antonio Resines en “Acción mutante”) “Hoy en día, el que no es gilipollas es moderno.” El ejemplo más claro lo tenemos en la política. Hay una obediencia ciega al líder y cualquiera voz disonante con el dictado de ese líder es apartada del partido. Así, aunque el jefe máximo diga burradas, todos aplauden las necedades.

Cocomocho es el máximo exponente. Da igual la forma que adopte el ostracismo o ese apartamiento, se le orilla y punto. Puede que sea a través de “consulta a las bases del partido” con las preguntas de esa consulta previamente cocinadas y sazonadas; cese fulminante del disidente, dimisión voluntaria forzada de antemano; conversión a cabeza de lista de un puesto que no ganará jamás; europarlamentario para una legislatura; etc…

Desgraciadamente, ese tipo de separaciones no obedecen nunca a errores –graves o no- del crítico. Tan solo es que el discurso de éste último no solo difiere, en poco o mucho, del argumentario del líder sino que el líder se siente amenazado por los argumentos del supuesto díscolo. Lo normal, lo que debería ser normal e incluso sano, sería que el líder adoptara esa parte de las tesis que pueda ser beneficiosa para el partido y, por ende, a lo que ese partido pretende para el país. Pero no, directamente es apartado.

Barrunto que esa separación obedece más a un enorme complejo de inferioridad que suelen arrastrar nuestros políticos. Me imagino a cualquier jefe de filas pensando para sí “la idea de Fulano es brillante y puede ser buena.»

«¿Cómo puedo hacer que esa idea aparezca como mía delante de la opinión pública? Ahora ya no puedo porque el crítico se ha apresurado a soltarlo delante de los medios, así que aplaudo y luego me lo cargo. Con patada hacia abajo o con patada hacia arriba, pero me lo cargo”. Y si es oposición frontal, me lo cargo a la brava: Errejón, Almunia, en su día Pedro Sánchez, Hernández Mancha, Roca Junyent, Nart (en cualquier partido por el que ha transitado), Carolina Bescansa, Javier Arenas, Acebes, etc… Es decir, triunfa el “aurea mediocritas”.

Ese triunfo de la mediocridad ¿es patrimonio de la política española? ¿o nace de la sociedad española? Examinemos otros sectores. En la universidad española, sea cual sea la parte del territorio nacional, se triunfa si se acatan a rajatabla los dogmas o consignas ya no del catedrático o director de tesis, sino de la Consejería Autonómica (caso de estar cedida) de Educación. Las voces discordantes son apartadas. Lo que debería ser la consagración del saber y la investigación, del cuestionamiento permanente como forma de avance, se ve mermada por los instintos políticos y el miedo a la duda de los mandos superiores.

En el mundo empresarial ocurre tres cuartos de lo mismo: no se trata de que aportes un valor añadido a la empresa. Si quieres triunfar, sé útil a tu jefe pero no a la empresa. Que tu jefe fuma, pues a compartir pitillo con él a la intemperie, aunque se te congelen los mocos en la calle. Que tu jefe bebe, pues a ponerse morado a gin tónics con él. Que tu jefe se cree un gourmet y te elige la cena o la comida, pues a darle las gracias por pedirte un plato de callos en la cena cuando los odias o estás a régimen o te sientan mal en la cena o no te apetecen.

No debemos olvidar al jefe gracioso a costa de los demás. Me explico: que hay uno que no quiere esos callos en la cena por el motivo que sea, pues el jefe se encargará de burlarse del que rechaza los callos para denigrarlo ante los demás, convirtiendo el apellido en insulto diciendo despectivamente “¿Vas a hacer un Gutiérrez rechazando los callos a las 10 de la noche para cenar?, Joder, cuanto marica queda todavía” Es la cultura del palillo en la boca, la palmada en la mesa, la borrachera sorda a las 4 de la tarde y la conversión del jefe en oráculo de Delfos a las 11 de la noche. Y éstos son los que deciden muchas de las grandes líneas maestras de empresas del Ibex 35.

No nos engañemos, caspa sigue habiendo a cascoporro. Ni siquiera es la picaresca del siglo de oro. Se les llena la boca diciendo que “Esto es una empresa del Ibex 35, señores, y hemos de responder como tal”. Pero olvidan que han convertido esa empresa en el patio de Monipodio. Donde antes eran recientes el cántaro, el jarrillo y la maceta, ahora son mesas compartidas donde se comparte ordenador y miserias. El banco y la estera, que tienen la superficie plana, servían de asientos y ahora son sillas supuestamente ergonómicas, pensadas para estar sentados 3 horas, pero no 14.

Los mismos cántaro y jarrillo que estaban desbocados y el “banco de tres pies al que le falta un pie” del patio de Monipodio de Cervantes han transmutado en un vaso de celulosa “chachi piruli con frase de “Mrs. Wonderful” y en una fila interminable de mesas y sillas corridas, calzadas con cartulina doblada. Eso es el actual y verdadero Ibex 35: mientras se identifique a la marca con algún logro deportivo del país o de lo políticamente correcto todo vale. La marca no identificada con algo próximo al cliente morirá.

Sin embargo, la realidad es más cutre, más casposa. Los directivos de esas empresas punteras, como nuestros políticos, se sostienen gracias a su propia mediocridad y a la de su corte de subordinados aduladores para rascar un bonus de cada empleado despedido en nombre del ahorro de personal. Los sindicatos, domesticados por compra de los sindicaleros, callan y miran para otro lado.

Los líderes políticos hablan de la paz social porque no hay bronca en la calle. Y no hay bronca en la calle porque hemos obtenido una mínima parcela de bienestar social. Cada vez vamos cediendo más derechos para no perder el fútbol de Movistar, la prejubilación, la palmadita del jefe y el creernos por un momento, que hemos hecho algo en esta vida.

Lo único que seguimos haciendo es el gilipollas de forma alevosa, premeditada y reiterada. Admitiendo a unos políticos y a sus amos que amaestran perros de presa para esos grandes directivos del Ibex 35, que viven de nosotros y no hacen nada por cambiar ese estado casposo en el que cada día nos adentramos más, hasta perder la conciencia de nuestra podredumbre moral.

Sigue triunfando el palillo en la boca, el puñetazo en la mesa, el compadreo y el peloteo al jefe para demostrarle que tú eres más mediocre que él y no le supones una amenaza. Cueste lo que cueste y a costa de la eficiencia y la meritocracia.

En resumen, vence el principio de Peter. Pero eso conlleva el olvido de la vergüenza torera.

(…) porque nadie tiene lo que quiere.
Porque nadie busca donde debe.
Canción del valor para caminar,
a donde quieras llegar,
mi canción del valor
y que de presa te hagas cazador.

Canción de valor
Igor Paskual
Loquillo

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