La Semana Negra de Gijón (II): Humor y novela negra con Julio Rodríguez y Paco Gómez Escribano

Luis Artigue

El humor, que junto con la poesía lírica es lo más difícil de hacer en literatura, en la tradición literaria española tiene su gran precedente en el Arcipreste de Hita, la picaresca, Cervantes y Quevedo, pero, en narrativa, en puridad es algo que no se ha dado mucho entre nosotros hasta los años treinta del pasado siglo (por contraste con lo que ocurre en Inglaterra donde la teoría de la literatura dice que nace el humor casi dos siglos antes, y enseguida pasa al continente)…

Sin embargo yo soy de la opinión de que los ingleses no tienen sentido del humor: es que son así y nos hacen gracia.

Igualmente los ingleses son los creadores de la novela-enigma con más cerebro que humor (Holmes, Christie), pero hay que llegar hasta Chesterton para encontrar cierto humor tan sutil como efectivo. Bien decimos: cierto humor.

El humor no es lo grotesco, que viene de gruta, ni lo chistoso ni lo gracioso ni lo ingenioso ni nada de eso. Quizá hay más asomo de humor en Cervantes que en Quevedo, pero Cervantes abusa, en su novela, del humor traumático, de los golpes que le dan al personaje molinos y yangüeses. El humor traumático no es humor. España, como Inglaterra, ha sido el país del chiste más que del humor porque nuestros autores tenían demasiadas ojeras de tragedia (véase Larra) como para hacer humorismo, sino, como mucho, parodia.

El humorismo de verdad uno no lo encuentra en España en toda la literatura graciosa y festiva de principios del siglo XX anterior a la guerra, pues florece, flor rara el humor, en la revista La Ametralladora de Miguel Mihura, base del humorismo señero de Wesceslao Fernández Flórez, Jardiel Poncela y Gómez de la Serna, aunque es todavía un humor con proliferación de golpes, traumas, leñazos, sorpresas y tropezones de la vida con la vida.

El humor español se estropea siempre por nuestra tendencia a lo trágico: es como si no supiéramos compatibilizar la ironía con el mal. Tuvo que llegar la revista La Codorniz y Francisco García Pavón para apoyarse en nuestro humor y también en nuestra tragedia para fundar aquí lo que nos ocupa, el humor y la novela negra, de Tomelloso al cielo. Lean La novela número trece y verán.

Y es que no es cierto que la novela negra, que siempre ha puesto su carga en lo social y lo criminal, en las zonas de sombra, sea enemiga del humor, sino más bien el humor es un potenciador genial del noir. Así lo han entendido en América autores clave de nuestro tiempo como Donald E. Westlake, que, aunque es autor de novela negra pura (las del delincuente Parker), tiene otra serie de novelas negras repletas de humor brutal (las del gánster John Dortmunder) que han influido mucho en grandes genios de la novela negra española actual entre hard-boiled y crook storie como lo es Paco Gómez Escribano, el novelista quinqui que está retratando más que sublimando su barrio madrileño de Canillejas novela tras novelas (todas sus novelas son atmosféricas, contundentes, ingeniosas y rezuman un prodigioso oído para los diálogos del idiolecto underground y una mano literaria excelente para la recreación de ambientes y situaciones, pero, a la espera de que el año que viene llegue a las librerías su nueva obra 5 Jotas, su novela que yo prefiero es Prohibido fijar cárteles (Ed. Milenio).

Paco Gómez Escribano, por su modo de mezclar el hard-boiled de Jim Thompson, el cine quinqui de Fermín Cabal y Eloy de la Iglesia, el realismo sucio de Bukowski y Carver y el humorismo hispánico de La Codorniz es nuestro Donald E. Westlake, pero superando al original.

Apoyado en todo este legado, pero sobre todo en el cine quinqui, en la obra de Paco Gómez Escribano, y en el humorismo de La Codorniz el novelista asturiano Julio Rodríguez ha construido, oscilando entre lo chusco y lo genial, una novela lúcida, divertida, desmontadora de tópicos desde dentro y paródica hasta la extenuación, una de las grandes novelas del año que se acaba de publicar: El Gran Pirelli (ed. Pez de Plata).

Con los mimbres del humorista superado Wesceslao Fernández Flórez y el humorista insuperable Miguel Mihura, más el gamberrismo narrativo quinqui de Paco Gómez Escribano y familia pero pasado por la cocina paródica de David Foster Wallace y del experimentalismo revisionista de la teoría de la deconstrucción de Jacques Derrida, ha escrito el asturiano Julio Rodríguez esta novela ágil, inteligente, loca, fácil de entender y difícil de olvidar.

En esta novela negra no exenta de crítica social y/o humor político como las viñetas de El Roto, el comisario Armando Torres, un abnegado policía con trayectoria y pedigrí, se encuentra encarcelado acusado del asesinato del abogado Antonio Bódalo (un crimen que él asegura que no ha cometido). Y a tal efecto no ve más salida que contactar con el que ha sido durante muchos años tanto delincuente reincidente como confidente suyo: a esa joya de tipo el policía convicto por matar al abogado le encargará una investigación negro-criminal que esclarezca los hechos acaecidos y dé con el verdadero culpable… Pura parodia deconstructiva, entre Cervantes y Derrida, el argumento… Es como el dragón que por fin salva al príncipe de ser devorado por una princesa.

Pero el encarcelado Torres no solo le ha encargado el caso al delincuente Pirelli, sino que además le ha dado a tal efecto su tarjeta de crédito: así, empieza Pirelli su andadura como investigador, la cual lo llevará a recorrerse los fondos madrileños y a cruzar medio país para conseguir su cometido. En su primera inspección en la casa del comisario conocerá a Laura, que jugará un papel importante en esta historia, y empezará a recopilar algunas pistas desde las que tirar del hilo. Pero no crean que esto es una novela-enigma, no. De hecho Pirelli no estará solo en la resolución de este caso que tanto tiene de chanza: aún contando él con una dilatada experiencia en el mundo de la delincuencia, en la calle, con las drogas, y, sobre todo, como huésped itinerante por toda la ristra de cárceles del país, le ayudarán en esta empresa algunos conocidos: Muza, Maguiver, el reverendo Brown y demás personajes selectos del Madrid quinqui… ¡Si Pirelli ya es un desastre de la vida él solo, hay que verlo en compañía de los suyos!

He aquí una novela divertida, lúcida, social y moral con banda sonora que oscila entre Camilo Sexto. Leño y Los Chunguitos y la cual, tras hacernos reír un montón, a la postre nos demuestra sin pretenderlo que la calle, la cárcel y las drogas están entre las universidades que ofrece la vida… Amén.

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