La revolución francesa

Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960), para la historia del cine queda la revolución de un cine libre y anárquico, la juventud e insolencia de un mito como Jean-Paul Belmondo y la belleza de pelo corto de Jean Seberg

La revolución francesa
Al final de la escapada

Vaya por delante que Jean Luc Godard no está entre mis directores favoritos precisamente, pero Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960) no puede cuestionarse como una obra fundamental e histórica de obligada visión para todo cinéfilo. Y, también, claro está, nos sirve para recordar al gran Jean-Paul Belmondo.

Es muy pertinente hablar de esta película en el taquígrafo pues no solo Godard dedica la película a la Monogram Pictures, pequeña productora de los 30 y 40 especializada en serie B y en la acción y la aventura, sino que precisamente el argumento de esta escapada se resume como muchos de aquellos títulos del pasado: un delincuente habitual roba en París un coche y asesina a un policía que trata de impedirlo. Perseguido, trata de convencer a una joven americana de que huya con él a Italia. El final tiene que ser fatal, como mandaban los cánones de la serie negra. Eso es todo. ¿Eso es todo? A partir de ahí comienza otro cine.

Godard y sus compañeros críticos de Cahiers du Cinéma rompieron con el cine europeo, demasiado literario y canónico, y reivindicaron con valentía a “autores” totales como Hitchcock, Hawks, Ford, Lang o Ray. Esa admiración crítica daría lugar al nacimiento de la Nouvelle Vague o Nueva Ola cinematográfica, la cual, paradójicamente, iba a romper no solo con el cine europeo sino que también iba a revolucionar el cine americano con sus innovaciones. Temas existenciales, diálogos entrecortados e improvisados, planos secuencia junto a planos muy cortos, montaje acelerado, sentido del humor, guiños a la cultura popular americana, personajes que se salen del papel… Todo esto está en Al final de la escapada y, todavía hoy, sigue siendo vanguardista, moderno y referencia para muchos nuevos directores.

Algunos ejemplos: la muerte del policía se rueda con apenas tres planos y un disparo y entendemos perfectamente lo que ha pasado. En la cama, Belmondo habla con Jean Seberg y tocan todo tipo de temas, improvisan con las manos, con los diálogos… Planos secuencia en los Campos Elíseos se rodaban sin trávelin, pero con la cámara subida en una silla de ruedas: la gente que pasa se queda mirando… y, por supuesto, salen en la película mirando al objetivo. Tanto él como ella imitan a Bogart y su gesto con el pulgar sobre el labio. Belmondo le pide al taxi en el que va que pare y se acerca a una chica que pasa por la calle para levantarle la falda: ¿improvisación o actriz? Que cada uno saque su conclusión.

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Probablemente muchas de estas características técnicas surgieron obligadas por la falta de dinero: puesto que no podemos acercarnos al tamaño de las superproducciones americanas y, a pesar de admirar a Ford o a Hitchcock, convirtámonos en “autores” sin dinero pero originales y revolucionarios. La sensación de cierta anarquía y de libertad es total. La juventud y belleza de los protagonistas también contribuye a rejuvenecernos: Belmondo hace lo que le da la gana y Seberg subraya varias veces que no lleva sujetador. Sus conversaciones sobre sexo parece que solo podrían tenerse en el París de los sesenta. Y así sucesivamente.

Ahora bien, esa espontaneidad de la calle contrasta con la “magia del cine”. Personalmente prefiero el vestuario, el maquillaje, la música, los decorados, es decir, toda esa gran mentira que es el cine y que por eso nos encanta. La Nueva Ola (como el neorrealismo, por ejemplo) parecía apostar por la muerte del artificio o el escapismo y por la puesta en escena de la política, la filosofía, la cultura, el sexo o la juventud, todo ello mezclado y sin montaje. Una revolución, pero no para todos los gustos.

François Truffaut había estrenado el año anterior Los cuatrocientos golpes y participó en el guion de Al final de la escapada. Curiosamente su éxito sí le llevaría a películas con mayor presupuesto, adaptaciones literarias y homenajes directos a Hitchcock (todo ello, por cierto, mucho más interesante que el cine de Godard). Godard, por el contrario, consiguió meter a Fritz Lang en una de sus películas (El desprecio, 1963) y creó escenas clásicas de gran influencia (el mítico madison de Banda aparte, 1964, película que da nombre a la productora de Quentin Tarantino, quien también rodaría otro baile que guiña al anterior…), pero sus bandazos ideológicos y su particular cabeza le han llevado a rodar cortos, documentales… y poco cine más para la historia.

Para la historia del cine queda, sí, la revolución de un cine libre y anárquico. La juventud e insolencia de un mito como Jean-Paul Belmondo. La belleza de pelo corto de Jean Seberg y esa camiseta del New York Herald Tribune). Y, por supuesto, los Campos Elíseos. En los sesenta el mundo perdió la inocencia para siempre. Esta película y sus descendientes tuvieron algo que ver.

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