LA QUÍMICA DEL ODIO, de Carme Chaparro

LA QUÍMICA DEL ODIO, de Carme Chaparro

¡Nosotros hemos envejecido, pero vaya cómo han envejecido los años ochenta!

¡Y cómo ha envejecido aquello que preconizaron en España los años ochenta (en realidad venía de la USA de la década de los sesenta) llamado “la cultura del enganche”!

Desde entonces todo (las novelas, las películas, los discos, las relaciones sentimentales, etc) tiene que enganchar; todo tiene que ser adictivo y estar enfocado a ser consumido a velocidad de vértigo…

¡Como si la cultura popular tuviera que ser siempre de usar y tirar! ¡Como si sólo hubiera academicismo o frivolidad ingeniosa sin nada en medio! ¡Como si no hubiera también lugar para una popular creatividad de género ideologizada y profunda que le pueda dar a nuestra vida no sólo entretenimiento, sino también verdad y sentido!

En este sentido –valga la redundancia- en Sangre a borbotones el gran Paco Camarasa explicaba la mala fortuna que tuvo el noir europeo con lo de que los lectores escogieran, como gran éxito comercial, a la ingeniosa e ideológicamente aséptica Agatha Christie, en vez de al atmosférico, hipnótico y social George Simenon con sus historias sobre el mal abrasivo, la desesperación, el odio letal y la venganza o justicia sanguinaria. Y es que,a su juicio,esto dio como resultado que los escritores en busca de la comercialidad se decantaran por la novela negra-enigma (en lo que tiene ésta de entretenedor juego de ingenio), en vez de por el hard-boiled (en lo que tiene éste de contundente realismo con concienciador y explícito toque social de fondo).

Así las cosas en la última novela negra española escrita por mujeres sí hay escritoras audaces que, más allá del repetitivo esquema de la novela-enigma (un crimen, una investigación, unos falsos culpables y un culpable), están haciendo aportaciones ideológicas importantes: por ejemplo Marta Sanz y Susana Hernández (que deconstruyen mediante sus personajes la masculinidad saturada estándar del personaje tipo de novela negra), o Cristina Fallarás (que mediante sus personajes siempre ideologizados incluye en sus novelas carga de alegato social o de memoria histórica) y
Noelia Lorenzo Pino (que sabe ponerle idiosincrasia vasca y punk a sus historias negras tan personales como potentes), etc…

Pero últimamente reina demasiado la mímesis en la novela negra, y de eso no se libra la novela negra escrita por mujeres.

Tanto es así que, por centrarnos en la novela negra de éxito publicada por mujeres durante el año pasado, si ponemos por ejemplo en paralelo la novela de Inés Plana Morir no es lo que más duele (Ed. Espasa), y la novela de Carmen Mola La novia gitana (Alfaguara) y la novela de Carme Chaparro La química del odio (Ed. Espasa), podría decirse que las tres tienen el mismo mundo narrativo, las mismas influencias, la misma intencionalidad ficcional, la misma veracidad previsiblemente sorprendente y la misma carpintería, de modo tal que las diferencias literarias esenciales entre las tres lo son sólo de matiz.

La nueva novela de Carme Chaparro, en concreto, es el segundo caso de esa inspectora con nombre que homenajea a una de las pensadoras más importantes del siglo XX (Ana Arén se llama tal inspectora que se quedó de baja tras el extenuante caso del libro anterior, y ahora, tras superar una depresión, su superior Rupérez la acaba de incorporar como jefa a homicidios), en el que tiene que empezar investigando la muerte de una famosa y mediática duquesa (¡qué morbo da el asesinato de una figura pública! ¡Se diría que todo el país lo siente y todo el país demanda de la policía justicia y/o venganza!), la cual lleva curiosamente como apellido el de uno de los filósofos más importantes, no sólo del siglo SVII, sino de toda la historia (Mónica Spinoza se llama)…

Pero eso es todo lo que hay de filosofía y pensamiento en La química del odio.

Y es que se trata una vez más de una novela enigma ambientada en Madrid cuya trama principal y las secundarias estriban juguetonamente (el juego de ingenio está salpimentado con nimios toques de psicologismo del odio y la venganza, y de pinceladas de historia del arte) en que hay que descubrir, con sucesión de pistas, sospechosos y mucha tecnología de por medio, quién ha matado a la famosísima duquesa: si sus hijastros, su larga lista de amantes o alguien inesperado.

Lo más interesante y estilísticamente audaz, sin embargo, de esta novela es la parte en la que el asesino toma voz y destila narrativamente su odio en primera persona mediante un curioso fluir de la conciencia, pero en el conjunto creemos no pasa de ser un efecto…

En efecto –valga la redundancia- es una novela adictiva. Y vertiginosa. Y que engancha… Pero al llegar a la última página nos quedamos como con la sensación de que esta novela ya la habíamos leído antes.

Sin embargo tiene su público, sin duda.

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