La prostitución sobrevive al covid en la calle Robadors

El Taquigrafo se ha desplazado hasta el último reducto de la prostitución diurna en pleno centro de Barcelona: la calle Robadors. Un oasis aparentemente libre de coronavirus donde confluyen la prostitución, el narcotráfico y la violencia

La prostitución sobrevive al covid en la calle Robadors
La mayor parte de las chicas que ejerce la prostitución en la calle Robadors son de origen extranjero | Google Street View

A escasos metros del famoso mosaico de Joan Miró de las Ramblas nace la pintoresca calle Hospital, una de las muchas que componen el laberinto del Raval. Como toda la Ciutat Vella de Barcelona, el Raval es un barrio lleno de vida, de infinitos colores, como lo son las culturas que lo componen, las lenguas de sus gentes y los estrafalarios negocios de la zona. Es un lugar de luz cálida, ropa tendida y plantas en los balcones.

En el trasiego de la calle Hospital pasa desapercibida la pequeña callejuela que da entrada a una de las realidades más sórdidas de la ciudad. Es la calle Robadors, puerta a un submundo en el corazón de la ciudad. Tan estrecha y abarrotada de ropas que cuelgan de los tendales que la luz del sol no consigue iluminarla. La oscuridad en la que está sumida la calle Robadors evita que los turistas curiosos que deambulan por la calle Hospital se atrevan a descubrir el sombrío negocio que se esconde detrás. 

En Robadors ya no quedan locales comerciales. Tres bares mal contados, aún más oscuros, caóticos y sucios que la calle en que se mantienen en pie. No hace falta conocer mucho la zona para observar que tiene un ambiente distinto al resto. Mujeres de todas las edades sentadas en la calle, algunas jovencísimas, y hombres vigilando los portales. Todos ellos protagonistas de una actividad casi frenética, en una zona que parece incrustada como un parche mal cosido en medio de una ciudad que se reconoce por su aire europeísta. Se trata del último reducto de prostitución diurna que sobrevive, incluso en plena pandemia, en la ciudad de Barcelona. 

La dura realidad de la calle Robadors 

Pronto nos damos cuenta de que, a pesar del caos que impera en la calle, no pasamos desapercibidas. Los corrillos de hombres se vuelven para mirarnos con desconfianza. Las mujeres, sentadas en sillas salpicadas en las aceras o que charlan distendidas con algún cliente, nos observan con recelo. No es muy habitual, por lo visto, que gente ajena a este negocio frecuente la zona. En pocos minutos, todo el barrio ha puesto sus ojos sobre nosotras. El clima, cada vez más tenso, refleja la dureza de la vida en la calle Robadors.

Algunos, sin embargo, aún no nos han visto. La Guardia Urbana trata de disuadir un altercado entre un grupo de mujeres. Discuten acaloradamente con los policías por un asunto de papeles. Y es que resulta complicado encontrar a alguien oriundo del barrio. La mayoría lo han abandonado debido a la prostitución y los narcopisos que cada vez comen más terreno a los vecinos de toda la vida. Las peleas a altas horas de la madrugada, el narcotráfico y la inseguridad que se ha instaurado en el barrio ha terminado por expulsar a los vecinos del Raval. 

Mujer sentada en uno de los locales comerciales vacíos de la calle Robadors | Google Street View

Eje: Robadors – Sant Rafael

Ajeno a la discusión, el que fue vecino de la calle Robadors, ahora un sintecho, se dirige a nosotras. Dispuesto a darnos todo tipo de detalles, nos explica que su antigua vivienda ahora se utiliza como piso para ejercer la prostitución. “Encima del Bar Coyote, el primer piso y el tercero, los usan las chicas para subir a sus clientes. Hay tres más en el pasaje de Bernardí Martorell que desemboca en la calle de Sant Rafael sobre el Caffeti”. Le preguntamos si los hombres que hemos visto vigilando los portales son los proxenetas. “Para ser tan jóvenes sabéis demasiado. Son los que abren la puerta a las chicas, sí, para subir con los clientes”. Añade que estos pisos se van cerrando y abriendo según la vigilancia policial. 

Los pisos en los que se ejerce la prostitución, algunos propiedad del ayuntamiento de Barcelona, suelen ser okupados y cambian con frecuencia para evitar los desalojos | Google Street View

Nos explica que hay muchas mujeres rumanas, otras tantas africanas y algunas magrebíes. “Hay muchas que son jovencísimas, no sé yo si tienen la mayoría de edad… dudo que estén aquí porque quieren ellas, porque vaya ¿quién querría eso a su edad?”. Nos acompaña a dar un paseo por Robadors y Sant Rafael. Dice que “damos demasiado el cante”. Sentada en un portal vemos a una mujer mayor. “Esa es la madame, la más vieja de todas”. 

Durante el paseo nos lleva a hablar con una de las chicas. Dice que la conoce bastante, que es de confianza. Está plantada justo enfrente del bar Caffeti, acompañada de otra compañera. No logramos saber ni su nombre, ni su nacionalidad, ni cuánto tiempo llevaba ejerciendo. Nos fijamos en que hay varios hombres deambulando por la zona, todos ellos siguen nuestra ruta, desde la distancia, pero con especial interés… De hecho, uno de ellos nos grita algo ininteligible que interpretamos como una invitación a abandonar la calle. Sin embargo, haciendo caso omiso, proseguimos con nuestra pequeña aventura con nuestro guía particular. Cuando nos acercamos a la mujer, abre los ojos y en voz baja, como si con ella no fuese la cosa, y sin dejarnos formular pregunta alguna se adelanta para frenar nuestras intenciones: “Ahora no, ahora no, por favor, me estoy ganando la vida”. 

La calle Robadors, frente a la Filmoteca, es el último reducto de prostitución diurna del centro de Barcelona | Google Street View

Un oasis libre de coronavirus 

Aunque la clientela haya descendido en la zona, según nos dicen los comerciantes y vecinos del barrio, la miseria de la calle Robadors impide a las chicas, que se ven forzadas a seguir ejerciendo la prostitución, protegerse del Covid-19. La manzana que se levanta en torno a la Filmoteca parece un oasis libre de virus. Aquí no se ven mascarillas, ni desinfectante de manos ni se guarda la distancia social. Al contrario. No sabemos si las chicas están preocupadas por infectarse, pero lo que sí parece evidente es que a los hombres que siguen contratando sus servicios, no les importa. 

Lo que sí sabemos es que, desde el inicio de la pandemia, para el alivio de los hosteleros, la prostitución ha dejado de ejercerse en plena calle y se ha trasladado a pisos, algunos propiedad del ayuntamiento de Barcelona. Aquí el toque de queda no se respeta. El negocio sigue en los pisos, incontrolables de puertas para adentro. La dueña del restaurante Can Culleretes, en la calle d’en Quintana, nos dice aliviada que desde hace unos meses ya no tiene que recoger preservativos a diario en la puerta de su negocio. “Lo hacían ahí mismo, en la entrada”, nos dice molesta, “Venían desde las Ramblas a estas callejuelas más recogidas, pero ya no…”. 

Una huida precipitada

La oscuridad se ha extendido al resto del barrio. El sol ha caído ya. Nos despedimos de nuestro guía y nos disponemos a dar una última vuelta. Ya en la calle Hospital, la que a primera hora de la tarde nos había parecido un lugar seguro y pintoresco, cruzamos la mirada con uno de los hombres que, estando minutos antes en los aledaños del bar Caffeti, se había percatado de nuestra presencia. En cuanto nos ve se dirige a nosotras y, sin mediar palabra, comienza a perseguirnos por las callejuelas del Raval. Hemos perturbado su jornada con nuestras preguntas y él, presuntamente, se dispone a perturbar la nuestra. La presencia de una pareja de la Guardia Urbana lo disuade y finalmente termina sobrepasándonos y perdiéndose entre la muchedumbre. El mensaje, sin embargo, está claro: vuestra curiosidad no es bienvenida. 

A paso ligero, deshacemos el camino inicial por la calle Hospital y nos plantamos de nuevo en Las Ramblas. Nos sentimos a salvo en territorio conocido. ¿Cómo puede ser que en pocos metros la misma ciudad presente dos realidades tan diferentes? Y es que las Ramblas, el muro imaginario que se erige entre el Gòtic y el Raval, marca la frontera entre las oportunidades y el abandono. El abandono por parte de la administración pública que ha permitido que las mafias se apoderen de estas calles en las que las jeringuillas, las peleas, la prostitución y el narcotráfico se han convertido en la imagen habitual. La permisividad del ayuntamiento parece haber condenando, aún más si cabe, a unas mujeres que, mayoritariamente explotadas por las redes de trata, no conocen nada más allá del muro imaginario, pero infranqueable, de Las Ramblas. 

Mañana el sol volverá a salir en el resto de la ciudad pero la calle Robadors seguirá inmersa en la oscuridad perpetua.

3 Comentarios

  1. Hasta hace poco unos tres años la prensa proxeneta del PAÍS, se lucrava de este negocio y a nadie engañaban llamándolos «contactos»hoy el negocio vuelve con más fuerza por WhatsApp, Tinder, Facebook, Instagram, Snapchat, e incluso aplicaciones de alojamiento como Airbnb, son usadas para la prostitución.
    Lo que se ve y a lo que se trata de poner una pared, no son distintos, o sí.

  2. Hasta hace poco el Periodico EL PAÍS era el proxeneta que apoyaba la trata de personas, se lucrava de el sufrimiento de estas mujeres y solo después de una presión dejo de hacerlo después de décadas de lucha.
    ¿Tendrían que pagar estos panfletos del Ibex 35 una compensación a estas mujeres del Raval por su incitación a la prostitución,durante medio siglo?

    • Estamos convencidos que las reporteras que decían que se sentían a salvó después de salir del Raval y llegar a la Rambla, no dudaran en presentarse el las oficinas del PAÍS, para preguntar el porque tardaron tanto el dejar de apoyar la prostitución en la sección de contactos que ya fue retirada.

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