La piratería

Una de las aficiones de Su Señoría era piratear películas –sin ánimo de lucro y para su solaz- ya que en esa época hacerlo así, no constituía delito

Ricardo Gómez de Olarte

A mediados de la pasada década hubo un auge de la piratería de películas y música. Se veían a pakistaníes y chinos –perdón: ciudadanos con origen en estados asiáticos, concretamente situados al Norte del Subcontinente indio y en China- con bolsas repletas de mercancía y en la mano fotografías de las películas de moda.

Entraban en restaurantes y bares de medio pelo ofreciendo el producto. Su precio era ostensiblemente inferior al de los videoclubs. Para aquellos lectores más jóvenes baste indicar que los videoclubes eran locales que alquilaban películas de origen legal y en ocasiones videojuegos también bajo las disposiciones legales.

Sin embargo, en aquellas épocas proliferó ese tipo de negocio paralelo, en el que por 2 ó 3 euros te hacías con una copia –ilegal, obviamente- de la película que todavía estaba en los cines.

Normalmente la autoría de esa copia correspondía a un señor que grababa con una cámara directamente de la pantalla del cine. Su nombre en inglés era, es, “screener” y en español más prosaico “pantallazo”. La versión “screener” se volcaba en un ordenador que tenía todas las “tostadoras” (grabadoras de CD) que pudiera soportar.

Se iban haciendo copias a voluntad. La calidad del pantallazo oscilaba entre mala y peor, ya que a la mala definición se sumaban las toses, comentarios, gente que pasaba por delante, etc…

Por otra parte, algunos videoclubes decidieron ampliar el negocio y en la trastienda tenían el mismo producto callejero de lo que se estaba proyectando y aún estaba en cartel e incluso copias de las propias películas que alquilaban.

La calidad de estas últimas era mucho mejor, ya que estaban fusiladas del original que poseía el videoclub. Su negocio radicaba en pedir poca cantidad de cualquier película y vender, a precio más barato, evidentemente, copias de media calidad de las adquiridas para alquiler. Le sacaban un máximo beneficio pagando un mínimo a la distribuidora.

En una de las redadas que se efectuaron, trincaron al dueño de un videoclub. Pernoctó en el calabozo de la comisaría y al día siguiente pasó a disposición judicial.

El juez que tocó en suerte al empresario de la imagen –podremos llamarlo Hermenegildo, Herme para los amigos- resultó ser un de los personajes más conocidos y peculiares de la judicatura de su ciudad. Una de las aficiones de Su Señoría era piratear películas –sin ánimo de lucro y para su solaz- ya que en esa época hacerlo así, no constituía delito.

El letrado de Herme, antiguo profesor del magistrado en la descarga de películas, solicitó hablar con Su Señoría para intentar minimizar el asunto.

La voz cascada y cavernosa de D. Rodolfo (así se llamaba el juez) le indicó que pasara. Reconoció al abogado y éste le expuso que Herme hacía lo mismo que el propio magistrado e, incluso, que el mismo abogado. D. Rodolfo tronó:

Pero con beneficio, rapaz, con beneficio! Y no es lo mismo.

El letrado opto por el clásico “de perdidos al río” y le dijo que lo que le sucedía a su cliente era una pulsión irrefrenable por tangar a las grandes distribuidoras.

Como sea que a D. Rodolfo le sucedía algo parecido, hizo traer de los calabozos a Herme y le dijo que se callara, que dijera “amén Jesús a las sabias palabras de su abogado y que, insistió, por encima de todo se callara”. D. Rodolfo hizo pasar al oficial y comenzó a dictar la declaración de Hemenegildo. Éste protestó porque ni siquiera había declarado.

El abogado le ordenó que se callara inmediatamente y que confiara. El detenido, aún chilló más porque pensó que el abogado estaba en su contra y aliado al magistrado. D. Rodolfo interrumpió “la declaración” de Herme y le dijo que si además de idiota era sordo y que obedeciera a su abogado. El detenido, seguía erre que erre, quejándose como una folclórica recién enviudada. El magistrado, que estuvo magistral, dijo:

-Mire, evidentemente Vd. sufre un claro caso de minusvalía mental rayana en la idiocia y eso es evidente aún sin forense. Así que puede elegir, o firma lo que yo he oído que ha declarado y duerme en su casa o lo mando a prisión preventiva para ser ingresado en una institución mental apropiada.

El abogado tuvo que fingir un ataque de tos para poder disimular la risa. Herme se calló y continuó escuchando los que se supone que había declarado. D. Rodolfo dijo que “el detenido había hecho acopio de películas porque tenía muchos amigos y las distribuía gratis entre ellos, ya que la cantidad de dinero intervenida en la redada era la normal para la marcha de un videoclub de barrio. Y que las 5 ó 6 “tostadoras” eran para poder hacer copias de seguridad de sus archivos”.

La carita que se le puso Herme iba de la incredulidad a la estupefacción. No entendía nada. El abogado se despidió de su cliente y volvió al despacho para agradecer al magistrado su actuación. Y éste le dijo:

Rapaz, casi mando a tu cliente pa’dentro. No porque no sea culpable, que lo es. Sino por idiota, que lo es más. Me debes una en el “Ideal”

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