La pericial

Ricardo Gómez de Olarte

Tuve un cliente, yonqui él, que como muchos en sus desgraciadas circunstancias afanaba lo que podía para sobrevivir. Especialmente para “picarse” (inyectarse heroína). Se colaba en viviendas cercanas a Barcelona, entonces segundas residencias y que ahora se han visto reconvertidas en primera y única.

Eustaquio (vamos a llamarlo así), sin ser de origen aristocrático ni rico, era de una familia acomodada que se había ganado lo que tenía en base a mucho esfuerzo y trabajo. Vivían bien, sin grandes alharacas pero sin penurias. El caso es que a Eustaquio, como a muchos de su época, le dio por el “jaco”. En aquellas épocas, la adicción a la heroína fue terrible y tras la destrucción del individuo también se destruyeron muchas familias.

Los padres de Eustaquio no le dieron ni un céntimo más para su vicio y se largó de casa, “a buscarse la vida”. En una de las veces que lo asistí en comisaria me lo encontré “puesto hasta arriba de caballo”. La poli me explicó que lo habían trincado en una casa abandonada cercana a la avenida del Tibidado, con su novia -también puesta- los restos de un jamón y dos botellas vacías de Rioja reserva.

También me explicaron que de un conocido restaurante de esa misma avenida habían denunciado el descerrajamiento de una puerta y la desaparición precisamente de dos botellas de Rioja reserva y un jamón pata negra.

Eustaquio, que ya se conocía el procedimiento mejor que la propia policía, se negó a declarar y cuando nos dejaron solos para poder hablar, me insistió en que al día siguiente en el Juzgado lo iba a negar todo y que ya vería yo la forma de sacarlo.

A pesar de estar muy “colgado”, le insistí para que intentara centrarse, aceptara que lo habían pillado y que usáramos la eximente de drogadicción.

Él se empecinó y no hubo forma de moverlo de su negativa. Opté por esperar al día siguiente a ver si, con él más despejado, conseguía convencerlo y que se aviniera a razones. No sucedió así: en su declaración judicial lo negó todo. Dada la poca envergadura del robo, lo dejaron libre con cargos. Como no tenía nada urgente que hacer, lo esperé fuera y me insistió en que ya se me ocurriría algo para sacarlo.

Llegado el momento de efectuar la “cali” (el escrito de calificación provisional de los hechos, en este caso, de defensa), desesperado por no encontrar argumentos de defensa, opté por lo que hacemos todos los abogados cuando tenemos en contra el fondo de la cuestión. Esto es, optar por la forma para que incida sobre el fondo.

Así pues, partí de cero y descubrí que el restaurante no había aportado a la causa, las facturas de compra del jamón ni del vino. En los autos tampoco estaba aportada certificación alguna de que fuera de pata negra. Siendo que las botellas estaban vacías, solo me quedaba por demostrar que el jamón era del país, con lo que el precio estaba por debajo del límite que marcaba la diferencia entre un delito o una falta de robo.

Si lo conseguía dejar en una falta, sería un éxito –profesional, pero éxito al fin y al cabo- ya que Eustaquio no entraría en prisión.

En consecuencia, en mi escrito de defensa solicité que se efectuara una prueba pericial del jamón para dictaminar si era jamón del país o ibérico o de bellota, etc… Además, contaba con un factor que la judicatura no suele tener en cuenta: el tiempo.

Al cabo de un mes, recibí el auto del Juzgado de la Penal por el que se admitían las pruebas propuestas y, para sorpresa mía, me admitieron la pericial del jamón. El juicio, como suele ser habitual desde Cervantes, se señaló para un año desde la resolución sobre la admisión de las pruebas.

El día del juicio y antes de sentarse, el magistrado nos preguntó al fiscal y a mi que quién había solicitado la pericial del jamón. Al fiscal, muy metido en su papel de “acusica”, le faltó tiempo para señalarme y decirle que el autor de tamaño disparate había sido yo. Este letrado, muy consciente de las consecuencias de sus actos, sacó pecho y le admitió a Su Señoría:

-He sido yo quien ha pedido la pericial del jamón y Vd. quien la ha admitido.

El magistrado me contestó:

-¿Ha traído Vd. vino y unos picos de pan? ¿No pretenderá celebrar esta pericial a palo seco?

Miré triunfante al fiscal, reconocí ante el juez mi olvido y Su Señoría me propuso renunciar a la prueba. Yo insistí en que se practicara y que, al menos, trajeran el cuerpo del delito a la sala de vistas. De hecho, esa era mi pretensión inicial.

Subieron un viejo jamón mohoso y que en modo alguno podía saber a jamón del caro, ni siquiera a jamón. Renuncié a la pericial por impracticable y ante la evidente duda del valor del jamón, el asunto pasó a juicio de faltas y no hubo condena de prisión.

Eustaquio, que había asistido en estado de ausencia a la vista oral en perfecto estado de drogadicción, no se enteró de nada. Al salir me preguntó si había ido bien. Afirmé y, con la voz pastosa de los colgados de heroína, me soltó:

-¿Lo ves? Ya sabía que iría bien…

«Qué buen vasallo sería, si tuviese buen señor»
Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid

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