La noche de los muertos en tránsito

nuria gonzalez

En esta semana en la que conviven flores, castañas y lápidas con calabazas dentudas, disfraces comprados en el chino y toda la parafernalia que conlleva esta recién asimilada fiesta yanqui de Halloween, hay una protagonista absoluta que es la Muerte.

Y la muerte la encontramos en el recogimiento de las visitas a los cementerios, para los más tradicionales, o en las películas de terror e historias de miedo que, por tele, radio y artículos como este, nos llueven sin que nada podamos hacer por evitarlo. Sin embargo, y más en lo que al paseo al otro barrio se refiere, la ansiedad que nos provocan las historias reales de muerte supera en mucho a la ficción.

Por ejemplo, seguramente en la noche entre el 21 y 22 de octubre, hace a penas una semana, el remolque de un camión cruzaba el Canal de la Mancha con los cadáveres de 39 personas dentro. Migrantes sin papeles, que habían muerto asfixiados en la oscuridad absoluta de ese cubículo, mientras intentaban llegar a Reino Unido para ser explotados como seres de inframundo, que es como el mercado trata a los desposeídos de todo.

Una nueva modalidad de zombies, muertos que se mueven, en la ya habitual ruta entre el sudeste asiático y Reino Unido, con parada obligada en Bélgica. Sin ir más lejos, la policía de ese país encontró esta semana el día 30, otro camión repleto de cuerpos, 12 personas, 11 sirios y un sudanés. Esta vez, para suerte de los polizones, fueron descubiertos antes de transmutar a muertos en tránsito.

Pero no es la única historia de zombies que dejaron este mundo de los vivos, al menos en alma pero no en cuerpo, en busca de una lugar en el mundo donde ser pasto de la precariedad laboral. La frontera entre México y Estados Unidos es un lugar habitual donde los traslados entre un país y el otro acaban siéndolo hacia el hoyo definitivo. Y son muertes en traslado literalmente, ya que muchos migrantes son abandonados por los traficantes de personas, los coyotes, en los maleteros de los coches donde los ocultan para intentar pasar la frontera. Si la cosa se pone fea, el conductor no duda ni un segundo en dejar el vehículo en medio del desierto con la llave del maletero echada. Sólo en 2018 se contabilizaron casi 400 cuerpos justo como les acabo de explicar.

Pero no hace falta irse tan lejos para encontrar muertos en tránsito. Aquí, en casi todas nuestras ciudades podemos encontrar a un colectivo especialmente susceptible de acabar falleciendo en movimiento y en precario, ya que trabajan en movimiento y muy en precario.

Me refiero a los riders, esa generación de repartidores 2.0 que te llevan a tu casa cualquier cosa a cualquier hora volando encima de sus bicicletas. Uno de los últimos en dejarse la piel el acto de servicio fue un chico nepalí, sin papeles claro está, al que un camión arroyó y mató en Barcelona a finales del pasado mes de mayo. Llevaba en España escasas tres semanas, pero ya le había dado tiempo a ser “subcontratado” por otro rider subcontratado, que le pagaba a 3 euros la entrega. El pobre aprovechándose del aún más pobre. El sueño del sr. Ford.

Y sin embargo, tampoco son todas historias cuyos protagonistas son personas venidas de lejos, que prefieren arriesgarse a morir de la manera más horrible pero tener una oportunidad para sobrevivir como los parias del capitalismo, que seguir en sus lugares de origen y quizás morir igual de horriblemente. Es cierto que son muchos los migrantes que han muerto en condiciones similares, concretamente, 32.000 desde 2014 en todo el mundo. Y que 1.022 personas han muerto intentando cruzar el estrecho de Gibraltar para llegar a España sólo en 2018, de los cuales, 800 siguen sin,ni siquiera, ser identificados según la ONG Caminando Fronteras. Pero, como decía, en casa también tenemos nuestros propios muertos en tránsito nacionales.

Por ejemplo, Antonio, un hombre de 42 años que trabajaba en una empresa de montaje en Chiclana en julio de 2018, sin contrato y sin seguridad social, que sufrió un accidente laboral con maquinaria que, por supuesto, nadie le enseñó a manejar, y que acabó aplastándole la aorta y provocándole la muerte ipso facto. Según las investigaciones judiciales, en el tránsito de Antonio hacia el centro de salud, los 4 empresarios que habían tenido a bien ponerlo a trabajar sin contrato y sin las más mínimas medidas de seguridad, fueron rapidísimos para quitarle el mono de trabajo que llevaba el nombre de la empresa y ponerle una mortaja de ropa de calle antes de que lo viera nadie, para evitarse posibles problemas por el pequeño detalle de ni siquiera haber dado de alta al en la seguridad social al pobre Antonio.

Como veis, no hace falta que vengan los gringos a asustarnos con sus calabacitas y sus disfraces cutres, que nosotros ya tenemos nuestros propios zombies precarios.

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