La muerte de Caperucita

Terror, suspense, investigación, drama y toda una maravillosa colección de detalles visuales hacen de El cebo una película imprescindible e inagotable, eso sí, cuidado con las pesadillas posteriores, Caperucitas

La muerte de Caperucita

Un viejo solitario pasea por un bosque y se encuentra con el cadáver de una niña asesinada. Tras huir aterrorizado y pasar por la cantina, denuncia el hecho y es acusado del crimen. Solo un policía creerá en su inocencia. Así arranca El cebo (Es geschah am hellichten Tag, 1958), del húngaro afincado en España Ladislao Vajda. Estamos ante una obra adulta, siniestra, oscura y que muchos no creerán que sea española, aunque en forma de coproducción con Suiza y Alemania Occidental.

La película nace del escritor suizo Friedrich Dürrenmatt, quien escribió el guion junto a Vajda y, cuando vio su plasmación en pantalla, decidió reescribirlo en forma de novela para cambiar el final… por uno más oscuro. Con su habitual gusto por la sátira macabra, Dürrenmatt sabía que los casos no siempre se resuelven en la vida real…

Dejando a un lado lo conveniente o no del final, la película tiene suficientes atractivos como para ser única. El policía Matthäi (Heinz Rühmann, aquel actor alemán de larguísima carrera y con cierto aire a Alan Ladd) está a punto de dejar la lluviosa Suiza para irse, nada menos, que a Oriente Medio. Sin embargo, será en el avión cuando tenga una revelación y comprenda que el caso debe reabrirse… aunque sea extraoficialmente. Ese punto de inflexión nos muestra cómo pasamos de una película policiaca expresionista (gabardinas, el bosque, la cantina, los interrogatorios) a otra película diferente con Matthäi trabajando de gasolinero para tender su trampa al verdadero asesino, intuyendo una vida familiar que nunca tendrá o una rutina monótona, quién sabe si anhelada.

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En la primera parte la referencia más evidente es la de Fritz Lang y su M (1931), otro asesino de niñas en la Alemania de entreguerras que se movía en las sombras de la ciudad. Sin embargo, uno de los hallazgos de El cebo es el juego con los cuentos tradicionales (por algo estamos en la vecindad de los Grimm). Caperucita se reinventa y la niña que iba a ver a su abuela es devorada por un lobo en un bosque de árboles de copas infinitas. El bucólico ambiente se ve manchado para siempre y el título en alemán resultaba aún más terrible y amenazador: “Ocurrió a plena luz del día”.

Pero se puede decir que esta historia tiene dos títulos más. Cuando Dürrenmatt la convirtió en novela la llamó La promesa (El juramento fue su adaptación al cine en 2001, dirigida por Sean Penn y con Jack Nicholson y Benicio del Toro. A pesar de estos nombres, inferior a la española). Esa promesa es la que hace Matthäi, con la boca pequeña, a una madre a la que acaba de decir que han hallado a su hija asesinada en el bosque. Es una de las mejores escenas de la película por lo brutal, lo elegante y lo contundente (cuando sale el policía, y de espaldas, es cuando oímos en off el grito desgarrador de los padres).

Y el otro título, claro, es El cebo. En la segunda parte de la película, Matthäi hará lo posible por capturar al verdadero asesino y contrata en la gasolinera a una madre soltera, porque su hija tiene la edad idónea… para hacer de cebo del asesino. La madrileña María Rosa Salgado es Frau Heller y se apunta a una relación sutil con el policía, la cual tendría que volar por los aires al conocer la verdad.

Pero queda otra pieza memorable. A pesar de solo aparecer una media hora, Gert Fröbe, como el verdadero asesino psicópata, cautiva y aterroriza por igual. Se dice que este papel le permitió convertirse en Goldfinger, uno de los villanos Bond más recordados, pero su viajante de negro, que pasea por el bosque con chocolatinas y marionetas, es uno de los más inquietantes criminales que hayamos visto en pantalla. Además, Vajda retrata su personalidad con síntesis y agudeza: ese diálogo con su tiránica esposa que le recuerda cuando era su chófer y por lo menos entonces valía para algo… sugiere más que una hora en el diván.

Las virtudes de la película no se agotan y hay que mencionar también el excelente retrato del mundo infantil, por ejemplo, en la escena del colegio. Ese dibujo de la niña difunta resulta ser tan esclarecedor como un retrato robot, pero con la desasosegante ingenuidad de los trazos torpes de unas manitas que ya no volverán a dibujar.

Un último detalle visual y macabro. No vemos cadáveres y apenas algo de sangre. Pero se nos dice que el asesino mata con una navaja de afeitar y, cuando Fröbe la coge, sentimos que algo se nos remueve por dentro, como desgarrado por esa navaja.

Terror, suspense, investigación, drama y toda una maravillosa colección de detalles visuales de Vajda hacen de El cebo una película imprescindible e inagotable. Eso sí, cuidado con las pesadillas posteriores, Caperucitas.

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