La maldición del suicidio

Lentamente, el rendimiento escolar disminuyó y el chico perdió el interés, progresivamente, por sus aficiones: abandonó el atletismo, donde, además, había bajado en su efectividad y fue dejando de lado a sus amigos, alejándose, en parte, con excusas sin grandes argumentos.

Dr. Josep Tomàs i Vilaltell

Hace ya tiempo, bajando por la Rambla de Barcelona, me encontré con la Sra. Eugenia, madre de dos hijos, un adolescente, de 17 años, con una hermana de ocho. Había atendido a la madre, años atrás, por problemas de ansiedad y ambos agradecimos el tropiezo. Tras conversar unos minutos de cosas diversas, me expresó la existencia de una preocupación progresiva sobre su hijo mayor.

Me contó que el muchacho había sido un atleta, eficaz y entusiasta, con un círculo de amigos cordiales y atentos. Además, era un buen estudiante, sin problema alguno en su evolución formativa. Cabe destacar que, según me conto la madre, el padre, como yo ya sabía por la atención de años atrás, era una persona muy exigente y poco expresiva desde un punto de vista emocional; la relación entre padre e hijo era escasa y, muy a menudo, la tensión se desencadenaba entre ambos.

La madre me contó que, desde hacía meses, su hijo, lentamente, empezó a presentar cambios de humor inesperados, a veces, sin explicación alguna y acompañados, más tarde, por irritabilidad. Progresivamente, el muchacho fue acumulando determinadas desilusiones que le llevaron a practicar un cierto desdén, con reducción de interés, asociado a algunas autolesiones en el brazo o en la muñeca, de poca gravedad, con pequeñas manifestaciones airadas y tendencia, al mismo tiempo, al abatimiento.

Por aquel entonces, le indiqué la posibilidad de cierto riesgo y que, frente a tal expectativa, debía plantearse una valoración de su estado, a fin de reorientar el padecimiento que me expresaba y evitar la posibilidad de complicación o agravación de mayor trastorno.

El muchacho no quiso acudir a mi gabinete, según me expresó la madre, y, por otra parte, el padre estuvo más encima del chico intentando, con su disciplina, que corrigiera la conducta que manifestaba.

Lentamente, el rendimiento escolar disminuyó y el chico perdió el interés, progresivamente, por sus aficiones: abandonó el atletismo, donde, además, había bajado en su efectividad y fue dejando de lado a sus amigos, alejándose, en parte, con excusas sin grandes argumentos.

Su lenguaje, normalmente, era poco expresivo y la relación con otras personas se fue convirtiendo en relaciones inestables, desde un punto de vista interpersonal

Entre los antecedentes familiares, se encontraba la existencia, por parte de padre, de un tío carnal con padecimientos depresivos y rasgos de ansiedad, y el suicidio de un abuelo, en tiempo de Guerra. Por parte de su madre, ella padecía de ansiedad —controlada en aquel entonces— y una prima suya padecía de ansiedad crónica. El ambiente familiar, era en cierto aspecto, normal, pero la conducta relacional entre ambos esposos se fue construyendo en una mentalidad de catastrofismo, con impulsividad verbal y una mayor discordia familiar con progresiva situación de estrés entre ellos.

Un acto suicida es aquel en el que la persona se causa una lesión sin saber por qué y sin intención de muerte. Cuando el acto suicida es de carácter tentativo, viene a remediarse en su proceso y se resuelve con ayuda y atención, lo cual exigirá una modificación relacional y la corrección de aquellas circunstancias que han desarrollado tal decisión. Cuando existe en la persona una actitud de planes y/o pensamientos persistentes de suicidio, el riesgo de tener éxito es muy elevado.

En el suicida se aprecia la existencia, generalmente, de un cierto aislamiento social, dificultades interpersonales intensas, baja autoestima y desconfianza hacia los demás, con escasa tolerancia a la frustración e impulsividad.

En España, se desconoce cual es la incidencia de tal alteración. Por otra parte, cabe destacar que el uso de antidepresivos frente a los cuadros clínicos de depresión o de depresión-ansiedad evolucionan satisfactoriamente.

Son síntomas que deben tenerse en cuentas para evitar conflictos de este tipo y, entre otros, los siguientes:

  1. Cambios en el dormir y el comer, retraimiento con amistades, familiares y actividades habituales.
  2. Consumo de drogas y alcohol.
  3. Actuaciones violentas, comportamiento rebelde o fugas de hogar.
  4. Cambios bruscos de personalidad.

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