La maldad, la “Brimo” y la hipocresía

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? La policía en todos los estados sociales y democráticos de derecho dispone de unidades antidisturbios. Y me pregunto, ¿hay policías antidisturbios porque hay disturbios o hay disturbios porque hay policía? Creo que es por lo primero.

La maldad, la “Brimo” y la hipocresía
La Brigada Móvil es la unidad de los Mossos d'Esquadra especializada en el mantenimiento del orden público | EFE

Esta sociedad nuestra en la que vivimos y morimos es una sociedad que, en su propio devenir y desarrollo, fabrica maldad. En cuotas reducidas (según se mire), pero son cuotas de maldad inequívocas e inevitables, incluso diría que consustanciales. Pensar lo contrario es no vivir con los pies en la realidad. La maldad ocupa un espacio de nuestra vida, tanto en nuestra esencia como en nuestra existencia.

Ante la maldad interior, el alcohol, los psiquiatras, los libros de autoayuda, las cárceles y las tentativas de suicidio, son soluciones de choque, reactivas, y no necesariamente inútiles para sobrellevar sus efectos. Pero sobre la maldad exterior, la que nos rodea, esa que apelmaza, aturde, mediatiza y acojona, ¿qué podemos hacer? ¿A quién podemos recurrir?

¿Qué es la maldad?

Definamos maldad. La maldad puede ser premeditada o intrínseca. Puede ser subjetiva u objetiva. Puede ser soportable o inasumible. Pero, para establecer un marco de análisis acotado y comprensible sobre el que centrar el debate, digamos, aún a riesgo de ser excluyentes o reduccionistas, que la maldad es todo aquello que alguien compendió y articuló en un documento que otros bautizaron como Código Penal. Por lo tanto, según esta acepción, fuera de la ley está la maldad. Dando por bueno este hilo argumental diríase que, en consecuencia, la ley nos protege de la maldad. Y yendo aún mucho más allá, podemos llegar a la conclusión de que a los malvados no les importa otra cosa que el ejercicio de su antisocial conducta con independencia de la secuelas o consecuencias que provoquen. 

Así, la violencia legítima, término que repiten como un mantra los antisistema, es una milonga soez, turbia y mezquina que algunos portavoces de aquellos colectivos  que abominan de la ley utilizan para justificar sus estentóreas y bravuconas arengas antisistema. Quería pensar, por ser bien pensado, que en el fondo del recoveco intelectual de estos antisistema, reside la creencia de que conviene derribarlo todo para construir un nuevo mundo. Por lo tanto, los tirachinas, las barricadas, los contenedores, los adoquines desconchados y las botellas de gasolina, son herramientas para la construcción de ese nuevo mundo. Pero en el mundo nuevo (al que, como vemos, se pretende acceder usando la maldad), ¿no habrá maldad? ¿Seguro…?

La maldad es humana

Seguro que sí porque la maldad, los hombres y las mujeres, sobre todo en sociedad, la llevamos puesta. Y, por cierto, en ese mundo nuevo, ¿quién nos defenderá de los atropellos de los malvados? La policía no, dicen los antisistema. ¿Entonces quién? No me gusta especialmente el mundo en el que vivo y crecen mis hijos pero, al menos, sé a quién recurrir y qué artículo penal invocar si me roban, me violan o me estafan o si los disturbios injustificados me impiden desarrollar mi vida con normalidad. 

Ese lugar al que asirse se llama policía. Policía democrática, aunque a algunos líderes antisistema (pero con representación en el sistema), se les atragante la saliva en la glotis el tener que reconocerlo. Concibo a la poli como servidores públicos. Formados, preparados, facultados, tutelados, escrutados constantemente y otorgados del amparado legal suficiente para ponerse del lado del indefenso ante el mal. 

La revolución tiene sentido derecho y cabida -como escribió Benedetti-, ante las pesadillas, pero la revolución de postal, de pose, vacua, es un agravio a los revolucionarios de verdad, aquellos que se dejaron la piel por la igualdad, la democracia, la libertad y no procedían, mayoritariamente, de familias pudientes, cómodamente aposentadas e integradas en el status quo contra el que lucharon. 

Por eso, yo que soy un demócrata convencido, proclamo que cuando la policía navegue fuera de la ley, llamemos a la policía. Y si no vienen, pues sí, entonces a las barricadas porque esa, y no otra, es la maldad que no podemos consentir. 

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