La ley de la cárcel

«Tomé consciencia de que eso de que la cárcel es una ciudad dentro de la ciudad, era una realidad. Ya entonces, abrigué la profunda convicción de que lo que se cuece ahí dentro, se queda ahí dentro».

La ley de la cárcel
Exterior de la cárcel de Wad-Ras | SANTMARTI.INFO

«La cárcel es una ciudad dentro de la ciudad. Es un espacio en el que se reproducen las mismas sinergias, desigualdades, jerarquías y tropelías que se viven en libertad. Lo mismo que se puede encontrar fuera, se puede encontrar dentro».

Esta reflexión corresponde a quien fuera Fiscal Jefe del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, José María Mena. Debía de ser a mediados de los 90. Le entrevisté entonces para la cadena SER, en relación a un operativo de los Mossos d’Esquadra en la cárcel de mujeres de Wad-Ras, en Barcelona: una partida descontrolada de heroína turca que fue bautizada por el hampa autóctona como brown sugar, por su color oscuro, causó varias muertes por sobredosis en ese centro penitenciario.

—¿Cómo es posible que entre droga en una cárcel?, le pregunté, ingenuo, al fiscal (entonces, especial antidroga).

—De la misma forma que entra droga en tu barrio, en tu escuela o en tu casa, me respondió.

—¿Los funcionarios?.

—Claro —respondió—. Los funcionarios; y la mafia; y la laxitud de la ley; y los abogados defensores que, entre papel y papel, esconden las papelinas; y la falta de aparatos de rayos X para controlar los paquetes que entran en presidio; y lo que entran en su cuerpo los que participan en los vis a vis; y el criminal que, no olvides —me recordó el fiscal como rubricando su respuesta—, siempre va un paso por delante de nosotros.

Tomé consciencia de que eso de que la cárcel es una ciudad dentro de la ciudad, era una realidad.

Ya entonces, abrigué la profunda convicción de que lo que se cuece ahí dentro, se queda ahí dentro. 

Funcionarios, no carceleros

Los funcionarios de prisiones son trabajadores públicos, bien formados, sometidos a la ley sectorial y global y, en no pocos casos, esforzados trabajadores que tratan a los internos o internas como lo que son, ni más ni menos: personas.

Sin embargo, y a pesar de que los operadores han cambiado como lo han hecho los tiempos, no logra desvanecerse esa neblina de oscurantismo que envuelve lo que ocurre de paredes de talego para adentro. Es como si no nos hubiéramos esforzado lo suficiente en inocular de democracia nuestras cárceles; como si nos diera igual; como si ya nos fuera bien poner muros alrededor del vertedero. 

Voz a los sin voz

Sí, el choro/a miente más que habla. Miren si es así, que incluso la ley les permite no declarar en su contra. Mienten de forma compulsiva. Tras 30 años de información judicial y policial, créanme que lo sé bien. A veces, de forma torpe; otras, de forma más elaborada; pero mienten, sí… aunque no siempre.

El preso tiene la capacidad de mentir, pero no la capacidad de ser escuchado. Y digo yo que los presos o presas de una cárcel, en la medida que son el principal ingrediente del guiso, deberían de tener su voz.

Lo del coronavirus ha pillado a esta sociedad con el pie cambiado, con cara de tonta. Algunos aguantamos el envite con una confianza (quien sabe si injustificada) en el futuro, mientras otros, ni si quiera tienen opción a desconfiar. Son los presos y presas. «La socialización de la mierda», en palabras del superprogresista fiscal, José María Mena, según me dijo un día el nada progresista juez de instrucción, número 1, de Barcelona, Joaquín Aguirre.

Justas reivindicaciones

Se ha privado a los presos de sus derechos. No se pueden comunicar, no pueden progresar de grado, no pueden acceder a permisos y, si lo denuncian, la bruma de la omertà carcelaria se cierne sobre ellos/as, como una manta que lo cubre y lo aplaca todo.

No, señor Mena, la cárcel no es una ciudad dentro de la ciudad. Es un hoyo tan profundo, que sus alaridos no trascienden. No existen. La presas que han tenido el coraje de denunciar que los funcionarios no estaban dotados de medidas profilácticas contra el virus han salido escaldadas. Y recuerdo que lo único de lo que los tribunales las han privado es de su libertad, no de ningún otro derecho. 

Sindicatos del patrón

Hace una semana, las presas de Wad-Ras protagonizaron un plante, un conato de motín, como así lo calificó este medio. Eltaquigrafo.com lo difundió. Y los sindicatos penitenciarios, de común acuerdo y en un comunicado no poco grosero y que no parecía de los trabajadores, sino de la Dirección General, nos pusieron a parir.

Las reclusas que, según sospechas de la dirección de prisiones, lideraron la protesta, están siendo represaliadas: traslados, celdas de aislamiento, amenazas, vejaciones… Ellas están en el fondo del hoyo, donde todo pasa y nada se oye. Eltaquigrafo.com, no.

Estamos aquí y el coronavirus, aún no ha limitado nuestra capacidad pulmonar de seguir gritando los atropellos a los/as sin voz. Nuestra única preocupación es distinguir entre la mentira y la verdad, y entre los funcionarios entregados al servicio público y los pelotas de la Dirección General.

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